La lógica abstemia de la literatura actual

Ya nadie escribe borracho. El alcohol se ha vuelto una niebla insuperable, un tejido de hormigón incluso para la literatura, especialista en penetrar en cualquier rincón. No casan. Ocurre como cuando Karl Kraus decía que con gente que empleaba el término «efectivamente» no se trataba. Escritor y alcohol evitan coincidir en horas de oficina. No es que los escritores no beban. Ja ja ja. Claro que beben. Siempre beberán. Es bueno que beban.  No olvidemos que las grandes atrocidades de la historia fueron perpetradas por individuos sobrios y, principalmente, abstemios. Algunas de las cosas más encantadoras fueron ofertadas al mundo, en cambio, por personas que, en un momento dado, cambiaron el agua por el alcohol. Millôr Fernández, cuando lo invitaron a decir algo a favor del alcoholismo, afirmó que nunca había visto a cien mil borrachos de un país que quisiesen acabar con cien mil borrachos de otro país.

Hasta hace nada, los autores bebían y, como no había tiempo que perder, al mismo tiempo escribían. O al revés. Eso dependía de los gustos. Las cosas han cambiado. Ahora, cuando un novelista o un poeta bebe hasta emborracharse, tiene que dejar pasar las horas, sino los días, antes de regresar al texto. Esa es la gran diferencia. Quizás sólo es un pequeño cambio, pero la literatura está llena de pequeños cambios que la transformaron para siempre jamás.

La compatibilidad se ha vuelto imposible. O escribes, o bebes. Tal vez se trate del alcohol, cuya composición infame devora la lucidez del escritor desde el primer trago. Tal vez se trata de la literatura, cuyos ornamentos y vestiduras exigen sobriedad total. Lejos han quedado los tiempos en los que el discurso narrativo buscaba el abismo en el que se movían personajes superados por la realidad. Al cambiar de objetivos, se han modificado los métodos. Tal vez se trate de las dos cosas. Tal vez, incluso, se trate de la tercera y la cuarta, que habrá que buscar, porque no sé cuáles son. Entretanto, tenemos escritores que no beben mientras trabajan. Tarde o temprano, tendremos autores que tampoco beben después de escribir. Tiempo al tiempo.

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La utopía del puticlub

No soy un hombre de casinos, ni siquiera de prostíbulos, pero esta novela de intriga que escribe lentamente Sheldon Adelson, me hace feliz porque me recuerda a Onetti. Esta utopía ridícula que inspira Mr. Adelson, está perfectamente escrita en Juntacadáveres, donde el escritor uruguayo relata los intentos desesperados de Junta Larsen por instalar un prostíbulo en la ciudad de Santa María, que modifique la dialéctica monótona del lugar. Juntacadáveres resultó finalista del premio Rómulo Gallegos en 1967. Sólo cedió ante La casa verde de Vargas Llosa, otra novela sobre burdeles. Onetti aceptó la derrota, y en última instancia, y con humor, la achacó a que el prostíbulo de Mario Vargas Llosa era mejor. Hasta tenía una orquesta. El puticlub de Larsen, como el imperio que Sheldon Adelson quiere emplazar en España, era más un espacio utópico, como el falansterio de Fourier, desde el que crear una unidad que allanase la felicidad humana, que un lugar para follar o hacer una apuesta. El burdel, en Juntacadáveres, celebra el antivalor y se postula como la alternativa natural al poder y los valores de la Iglesia. De hecho, Junta Larsen halla antagonista en el padre Bergner, el párroco que se encargará de «poner el cielo al derecho», promoviendo la expulsión del proxeneta. No sé qué nos deparará la novela de Sheldon Adelson al final, pero su capacidad evocativa promete. Y nos recuerda que la realidad no es sino un pronóstico de los grandes escritores.

Foto: Juan Carlos Onetti.

Domina Perú, avanza Perú, ay Perú… gol de Chile

A veces, como esta tarde, aparece algún conocido al que hace tiempo que no ves y te cuenta que su vida es maravillosa. El trabajo maravilloso. La pareja maravillosa. Los hijos –los dos– maravillosos. El coche maravilloso. La salud maravillosa. Desconfías, obviamente, porque tú y las personas con las que te relacionas a menudo, no levantáis cabeza. Siempre a la cuarta pregunta. Esta gente continuamente feliz resulta deprimente. Apesta. No está bien decirlo, pero merecen todo tipo de mala suerte. En el fondo, la vida radiante que llevan sólo les está preparando el camino hacia una desventura sin fin. Acabará por ocurrirles como en aquella retransmisión radiofónica de un partido de la selección peruana, que cuenta Bryce Echenique: «Domina el juego Perú, avanza Perú, ataca Perú, ay Perú… gol de Chile». Tanta felicidad sólo puede traer calamidades. En cambio, los individuos que se arrastran por los días, y llevan consigo promesas de desgracias infinitas, son los que están en mejores condiciones para prosperar. Por esa razón, cuando el conocido acaba de enumerar los apartados en los que es inmensamente afortunado, tú no titubeas y afirmas: «Soy un hijo de puta fracasado. No tengo trabajo, ni pareja, solo un blog. Bebo más de la cuenta, tengo un coche que consume un 14, se me ha muerto el perro. Pero aparte de eso, todo maravilloso, igual que tú». En ese momento, el fulano no sabe qué decir ni cómo ponerse. Con suerte ya le has jodido el día. Tal vez se invierta la tendencia. Para ser feliz también hace falta ser un desgraciado.

Foto: Bryce Echenique.

Una aguda punzada en el escroto

Cada vez que veo a alguien con una americana cruzada me pongo malo. Vértigos, irritación, arcadas. Es insoportable. No me pasa con ninguna otra prenda. Ni siquiera con la falda-pantalón o con la falda plisada. Se trata de una modalidad de alergia muy delicada, como cuando te asomas a la muerte después de comer marisco. Sólo soporto la chaqueta cruzada en el cine, cuando se combina con una ametralladora Thompson de tambor. En ese caso, sienta relativamente bien. Si el protagonista del film no lleva armas de repetición, pero se llama Hamphrey Bogart, también hago la vista gorda. Fuera de ahí, no hay excepciones. Me vuelvo loco cuando veo una. Esas solapas en pico, esos botones dorados, ese tubo que se forma alrededor de la cintura, son pequeños crímenes. Me es imposible simpatizar con alguien que usa americana cruzada. Definitivo. Prefiero que use sotana. En esas circunstancias, que también serían horribles, habría por lo menos una remota posibilidad de confraternizar. No creo que me costase mucho matar a alguien con chaqueta cruzada. En serio.

No se puede hacer nada contra una alergia así. No tiene cura. Tal vez sea uno de esos raros especímenes que, cuando llega el momento, mueren de un ataque de chaqueta cruzada, de la misma manera que se puede morir de una subida de azúcar, de un corte de digestión o de una embolia. Estos días, leyendo a John Cheveer, sentí mucho consuelo al descubrir que él tenía un problema insuperable –alcohol aparte– con los puentes. Cada vez que se acercaba en su coche a uno sentía «una aguda punzada en el escroto, sobre todo en el testículo izquierdo, y un encogimiento doloroso del miembro viril». A medida que se metía en el puente, «la respiración se volvía penosa, los jadeos violentos. Tras la dificultad para respirar sobrevenía una debilidad en las piernas y una descoordinación tal, que cabía preguntar si podría pisar el freno en caso de necesidad». Para casos de máxima angustia, llevaba una petaca de whisky en la guantera, y si preveía un ataque más violento que de costumbre, detenía el vehículo y soplaba dos tragos. Este misterioso síntoma queda bien plasmado en su relato «El ángel del puente». El mío, tal vez quede recogido un día en una crónica de sucesos. Tiempo al tiempo.

Foto: Scarface, de Howard Hawks.

Tocarse los huevos

Hace tres años me presentaron a una escritora brasileña de la que había leído un par de libros, uno muy bueno, y otro simplemente bueno. Intercambiamos varias simplezas, como si fuésemos dos novelistas de éxito. Cuando me quedé sin temas, le pregunté qué estaba escribiendo últimamente. Ella quedó en silencio durante un insoportable segundo, que pensé que no acabaría nunca, y sólo después respondió que hacía seis años que trabajaba en una novela. Lamentablemente, no podía decirme nada más. Se trataba de un proyecto secreto. Esta vez fui yo el que cayó en un silencioso segundo, y ella la que lo interrumpió diciendo que no es que fuese supersticiosa y creyese que por hablar de la novela que escribía el proyecto fuese a fracasar. No. Sigue leyendo

Al final juegan los mismos once cabrones

Existe un tipo de bancarrota –más emocional que económica– de especial aplicación a este territorio, que también es más un espacio sentimental que físico. En inglés el término que define esa quiebra es crack-up. Nadie reflexionó con tanta precisión sobre el crack-up como Scott Fitzgerald, que habla de dos tipos de golpes. El golpe que viene de fuera, y resulta visible en el momento, y la hostia que procede de dentro, que no se siente hasta que ya es tarde para tomar medidas. Ocurre mientras parece que no ocurre gran cosa. Este estacazo es lo que golpea en este país. Aquí nunca pasa nada, pero silenciosamente, por debajo, la estructura se debilita a diario. Galicia es, en tener fitzgeraldianos, un proceso de demolición que nadie detiene. Sólo le buscan nombres nuevos, como «deberes hechos» o «solvencia financiera», que después de semanas, minutos, son superados por la silenciosa realidad del crack-up. Esta carácter inevitable del mal lo definía con mucha gracia el ex entrenador del Madrid John Toshack: «Los lunes siempre pienso en cambiar a diez jugadores, los martes a siete u ocho, los jueves a cuatro, el viernes a dos, y el sábado ya pienso que tienen que jugar los mismos cabrones».

Hay gente con nervios templados que dice que sólo vivimos una mala época, que siempre vivimos una mala época, seguramente, pero que hay esperanzas. Admiro a esa gente. Es la clase de gente que más necesita el país, es decir, gente –como afirmaba Fitzgerald– con la «capacidad de sostener en la mente dos ideas contrarias al mismo tiempo sin que haya un desgaste en su funcionamiento». En la teoría de este especialista del fracaso, uno debería ser quien de entender que algo es irremediable, imposible, inviable y, sin embargo, decidirse a cambiarlo. Naturalmente, nada de esto tiene sentido si, a las lesiones que ya acusa el país, añadimos la destrucción del sistema educativo, que nos hace ser mejor de lo que somos. Es cierto que la educación nunca está en crisis. Sólo quiebra la fe de algunos en la educación. La educación, como tal, es un plan infalible. Eso lo sabía incluso Michael Corleone, que decía no necesitar matones, sino abogados. Tal vez exista esperanza, sí. Porque para acabar con las ansias de superar el crack-up que tienen los ciudadanos el Gobierno va a necesitar algo más contundente que su Plan de Demolición.

Foto: John Benjamin Toshack.

Este país necesita una buena orgía

Nunca encuentro una buena razón para hablar de la orgía de Eyes wide shut, de Stanley Kubrick. Pienso en ella a menudo, en el sentido que pienso habitualmente en las novelas de Onetti, en algún poema de Carlos Oroza u Olga Novo, en una figura de Giacometti. Pero después de pensar, nada. Silencio, vacío. Cero. No es un tema que fluya naturalmente, o como complemento perfecto a un tema anterior, parecido. Nada se parece a esa escena. La gente ocupa los huecos para hablar de otra cosa. Aunque piense en orgías, precisamente. Puedes llevar años esperando a tratar la cuestión de Eyes wide shut, que difícilmente se darán las condiciones para pasearla. ¿A qué viene a hablar de esos veinte minutos de orgía brutal, opresiva, tensa? Nunca viene a cuento, nunca es el momento, pero ya me he cansado. Y como me he cansado, ya viene a cuento.

En realidad, Kubrick rodó esa ceremonia sexual más allá del sexo. En este minuto tengo en la cabeza las orgías futuristas de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, incluso la orgía de alta velocidad que el propio Kubrick incluyó en La naranja mecánica. Pero nada de eso se parece a Eyes wide shut. Esta orgía es tanto un paseo como un gran concierto de sexo y metempsicosis. Es un castillo en el aire. Es una invitación a moverse entre los cientos de cuerpos que follan en una hermosísima y a la vez misteriosa armonía, como si estuvieras dentro de una obra de Richard Serra. Es un poema, una continuación del Renacimiento por otros métodos. Yo me conformaría con deambular con las manos a la espalda entre toda esa gente que copula con estrategia sacerdotal, en la que los cuerpos, cada maniobra que ejecutan, parecen poseer un papel en el destino de la Humanidad. Hay algo de misa en tanto mete-saca, como acostumbraban a referirse al sexo los violentos protagonistas de La naranja mecánica. De hecho, la música que envuelve los momentos culminantes es Un mandamiento nuevo, de Jocelyn Pook.

En momentos de delirio, pienso que este país necesita una orgía dirigida por Terrence Malick. No sería más una orgía que un pacto de Estado, como en 1977. Una orgía de concentración nacional para superar esta mala racha. Los grandes problemas, a veces, sólo precisan el cambio de un insignificante tornillo. Recordemos cuando Thomas Marshall, el vicepresidente de los Estados Unidos con Woodrow Wilson, después de escuchar en el Senado un discurso soporífero sobre lo que necesitaba el país, dijo que «lo que necesita América es un buen cigarro de cinco centavos». Tal vez los mercados confiasen más en un país que folla en una sola habitación.

Foto: Eyes wide shut, Stanley Kubrick.

Preferiría matarte, la verdad

En atención al público es habitual que trabaje un tipo de pocas palabras. Normalmente, mira de soslayo, usa silencios –cortos, medios, eternos– y suspiros profundos. Muy profundos y oscuros. Evocan ciertas formas rotundas de la naturaleza, como un martillo, la bomba de napalm o un staffordshire bull terrier. Ostenta un repertorio amplio de gestos. En ocasiones especiales, límites, escupe. Si tiene que decir «sí», se limita a asentir con la cabeza, como si negase, en realidad. En cambio, si tiene que decir «no», prefiere decir «imposible», para abreviar. Tal vez tenga facilidad de palabra, pero nunca hace uso de ella, por seguridad. Su punto fuerte es la mímica. No hay que meter una frase, según su filosofía, donde cabe un gesto. Esto sólo es –le recordamos a todos los lectores– atención al público.

Nunca has visto a alguien que farfulle de modo tan atroz. «Pff», «buurrr», «ufff», «grr» son algunas de las expresiones más comunes. Da por hecho que entiendes ese idioma, con el que te dice, siguiendo el hastío de Marlene Dietrich, «si pudieras marcharte ahora y volver hace diez años…». En realidad, le da igual todo, tú, el que vino antes que tú, el que vendrá a continuación… porque os odia. Es como el protagonista de Chicago, año 30, donde el abogado Thomas Farrell pone sus servicios a disposición de Rico Angelo, el gánster más poderoso de la ciudad. En un momento dado, el letrado le espeta a su cliente: «Me ocupo de tus negocios, Angelo. Incluso defiendo a tus hombres, pero me niego a comer contigo. Me das asco». En atención al público no son tan explícitos. Para eso tendrían que hablar, y antes que eso preferirían matarte.

Foto: Marlene Dietrich.