Si hay que matar a mamá, la matamos

Todo el mundo busca hacer algo grande. Grande, a veces, acaba en pequeño, pero eso es un efecto posterior. La vida sería algo demasiado feliz y triste sin fracasos y finales inesperados. Al principio, y esto es lo que importa, vamos en la búsqueda de lo nunca visto. Yo siento escalofríos cada vez que recuerdo cuando William Faulkner dijo que «el escritor de raza, si para escribir una cosa tiene que matar a su madre, pues que la mate». No creo que pensara eso sobre la conveniencia del parricidio, pero sí me temo que no podía hablar más en serio de la determinación que hace falta poner en las cosas en las que se tiene una fe oscura e invencible. Faulkner, y la ineluctable muerte de las madres, nos sirve como metáfora para entender sueños absurdos, como la Cidade da Cultura o el aeropuerto de Castellón o lo que a usted se le ocurra. No será por ejemplos. En todos ellos, alguien quiso dejar una huella en el tiempo y en el espacio. Sólo pensó en la huella, en el tiempo, en el espacio, en la misma medida que Faulkner sólo pensaba en el texto, en la posteridad, y algo menos en la familia. Naturalmente, no todo el mundo es Faulkner.

A veces hay que hacer algo pequeño para que acabe en grande. Bill Shankly fue jugador y entrenador del Liverpool. Tenía un estilo directo, alejado de ornamentos. En una sublimación de su metáfora futbolística, defendía que «si estás en el área y no estás seguro de qué hacer con el balón, mételo en la portería y después discutiremos las opciones». En el modelo Shankly no se trataba tanto de pensar en grande y asombrar al mundo, como pensar en escala y joder al rival. Sólo era fútbol. Una metáfora así, que pondera la importancia de hacer cosas que sirvan para algo con el menor desgaste, habría sido de gran utilidad cuando se conciben proyectos megalómanos.

Lamentablemente, arrastrábamos el síndrome del Guggenheim. Todo el mundo quería uno para dar que hablar. No aspiraba a un Guggenheim, en realidad, sino a un tema de conversación. En esas circunstancias, es decir, cuando te equivocas en el punto de partida, lo normal es no conseguir tu objetivo. Como en Perdición, de Billy Wilder, cuando Walter Neff se confiesa en las primeras escenas culpable de un asesinato: «Sí, lo maté yo. Lo maté por dinero y por una mujer. Bueno, no conseguí el dinero, ni tampoco a la mujer. Estupendo, ¿verdad?»

Foto: Perdición, de Billy Wilder.

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