La muerte es humor, y viceversa

Hace años que estudio cómo funciona el humor, por si existiese alguna fórmula, un patrón, algo. Ningún resultado. Nada más enigmático que el mecanismo que lo desencadena. Tal vez porque no hay mecanismo. Propiamente, el humor carece de funcionamiento, actúa sin pautas, gracias, en parte, a que no dispone de botones. El humor sucede. Es algo que no está contemplado, y pasa. Se presenta de imprevisto. Hay algo en ese modo de actuar, o de no actuar, que lo vincula con las calamidades, que llegan en mitad de un momento dulce e insospechado. Tampoco existe humor si su comparecencia no es accidental, inopinada. Nadie espera por el humor. Por eso aparece. Humor es desconcierto. Cuanto más inopinado, más repercusiones libera. Esa explosión que provoca desparrama a las víctimas aleatoriamente. Humor es putada. Porque el humor precisa lesionados. Es una desgracia, en efecto, pero es que si fuese así, si no dejase heridas, no sería humor.

Entre los múltiples factores que lo influyen, se encuentra el drama. No está bien decirlo, pero en las desgracias veo –indistintamente las propias y las ajenas– un campo fértil para el humor. El escenario ejemplar. Me pasa como a Milan Kundera. En una entrevista de 1982, le confesó a Philip Roth que aprendió la importancia del humor durante la época del terror estalinista. La suya no es una opinión aislada. Décadas atrás, Mark Twain sostenía que el humor proviene de la amargura. «En el Paraíso no hay humorismo». Poco a poco nos aproximamos a donde yo quería: la muerte. Este estado, aparentemente desolador y vano, acaso improductivo, es, en cambio, un abono idóneo para el humor. Pensemos que si la muerte se instituye como la desgracia perfecta, en la misma medida se reivindica como humorística. Repare en los entierros. ¿Hay algo más triste pero a la vez más cómico? No. Ayer estuve en uno y tuve que salir de la iglesia a consecuencia de un atroz ataque de risa. He ahí el cadáver, por ejemplo. Todo gran momento está vinculado, antes o después, a un entierro. En cambio, ¿qué podemos esperar de una fiesta? Con toda probabilidad, que culmine en un desastre. En 1975, a los 99 años de edad, moría Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor argentino. Durante el velatorio, una mujer se acercó al hijo de la difunta, y le comentó: «Pobre Leonor, morir así, tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poco más…» Borges, que sabía perfectamente que humor es muerte, respondió: «Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal». Quiero decir con esto que, pese a tanta puta mierda como nos rodea, no hay razones para ser pesimistas.

Foto: Jorge Luis Borges y Leonor Acevedo de Borges.

El síndrome de los Bankland

Todas las fiestas se acaban. Es un proceso conocido, notorio, que se repite, pero que ignoramos. Ya sabemos que el pasado nunca ofrece pistas de lo que ocurrió. El relato es simple: suena la música, bailamos como si la noche fuese eterna, y en mitad de la juerga se va la luz. Fin del relato y de la fiesta. Nadie, hasta ese instante en el que de pronto estamos arruinados, tenía idea de que siquiera algo marchase medio mal. Este descubrimiento sólo se consigue cuando la fiesta se acaba. No obstante, nos manejábamos perfectamente con los ojos cerrados, viviendo de oídas. Lo que iba bien, sin transición, ni pasillos, saltó a mal, y ahora, instalados en la cuerda floja, todo es susceptible de considerarse un lujo superfluo que puede precipitar el Gran Hostión.

Los gobernantes concluyen que la desbandada, dejando atrás todo gasto, es la única vía de escape. No precisan saber hacia dónde conviene ir. Basta con huir ligeros de equipaje. Lo importante es seguir, seguir, aunque no sepamos a que lugar. A esta dialéctica yo le llamo «síndrome de la familia Bankland». Los Bankland, escandalizados por los dispendios de sus vecinos, los Scott Fitzgerald, les explicaron una tarde cómo ellos tenían un presupuesto y se atenían a él en todo momento. Ya podía caerse el cielo. Nunca superaban esa cuantía. Era la única manera de vivir con sensatez. Compadecían a todo aquel que no siguiese ese sistema porque sería su ruina. Su ruina total. El fin. Admirados, los Fitzgerald le preguntaron a la señora Bankland cuánto llevaban ahorrado con este sistema. «¿Cuánto? Ah, aún no llegamos a eso. Es que empezamos ayer con el sistema», respondió.

Nosotros, más allá de decir que es obligatoria, tampoco sabemos en qué medida funcionará la locura por recortar. De momento llegamos a esa fase en la que, en caso de duda o ignorancia, también hay que recortar. Lejos queda aquella sentencia de Al Pacino en Esencia de mujer, cuando su personaje recomendaba: «Ante la duda… folla». Grande fue la desidia que debió producirnos la idea de abandonar la fiesta antes de que acabase y todo se quedara a oscuras. Saqueamos la nevera, y cuando no quedaba nada, nos sorprendimos de que estuviese vacía. Cegados por el brillo de los recortes no tenemos tiempo para averiguar por qué los lujos que ahora resultan innecesarios antes eran irremprazables. Quizás la cuestión no es por qué ahora no, sino por qué antes sí. Por qué, en mitad de la fiesta, nadie vio la superficialidad, y ahora nos sobran los medicamentos, la salud, las guarderías, los funcionarios, la educación, los derechos… Y, ya que todo sobra, quizás los presidentes.

Foto: Esencia de mujer, de Martin Brest.

(Publicado en La Voz de Galicia)

Los pueblos necesitan su enfermedad

Somos fieles a nuestras enfermedades. No es una catástrofe. En el fondo, los pueblos también necesitan malestares, una lacra que perturbe su destino durante un largo tiempo, incluso todo el tiempo. En el lado contrario, la historia está llena de civilizaciones inmunes, saludables, dominantes, que iban a someter el mundo pero de la frescura pasaron a la miseria, y de la miseria a la desaparición. En cambio, sociedad enferma, sociedad eterna. La felicidad no tiene futuro. Las molestias crónicas, incurables de los ourensanos, garantizan nuestra continuidad. Raro, pero verídico. ¿Qué mejor aval de longevidad que la artrosis que nos acompaña desde hace décadas? Caciqueamos, nos empobrecemos, nos despoblamos, emigramos. Y vuelta a empezar. Ese es el ciclo de nuestra existencia, descontados aquellos períodos en los que el éxito nos persiguió como una maldición. Digamos que disponemos de una enfermedad de hierro, incurable, llamada a durar siempre.

Vivimos en la brecha, como si no pudiésemos, o no quisiéramos, substraernos al vértigo de la fiebre. Un pueblo que tose es un pueblo que se regenera. Está visto que sólo podemos sobrevivir en condiciones tremendas. El éxito sería nuestra ruina. Dentro de nosotros late la sospecha de que la felicidad nos haría inmensamente infelices. Tampoco es tan extraño. Hay ser que, siguiendo esta dialéctica, sólo encuentran en la basura las condiciones para su perdurabilidad. Los ourensanos precisamos certezas, saber que el futuro se parecerá al pasado. Por eso cuando, cansados de todo, hartos de estos y de aquellos, nos marchamos de Ourense –porque huir forma parte del ciclo–, sabemos que, en el momento del regreso, todo seguirá decrépito, en el sitio exacto que ocupaba en la hora de la huida. Recuerde a Wakefield, el protagonista del relato homónimo de Hawthorne, cuando se despide de su mujer porque se ausenta durante algunos días, y no regresa hasta después de veinte años. Entonces, vuelve al hogar y saluda a la esposa como si no existiese una interrupción de la convivencia de dos décadas. Tal vez llegue el día que, empujados todos a emigrar, o incluso a morir, la provincia se quede sola, vacía, pero como ya estará acostumbrada a vivir con poco, seguirá existiendo, cadavérica pero viva. Total, para lo que come.

Foto: Nathaniel Hawthorne.

(Publicado en La Voz de Galicia)

Sólo me duele cuando respiro

Hay muchas formas de apagar un incendio, entre las que está, curiosamente, permitir que avance. Bajo esta idea fluyen las posiciones de algunos teóricos de los conflictos que defienden que los problemas se resuelven solos. No importa qué naturaleza posean, si son domésticos, internacionales, económicos o forestales. Lo importante es que anden a su aire, libres de intervenciones ajenas. Éstas sólo contribuirían a agravar los efectos. Cualquier clase de problema, en la misma medida que reverdece, cansa, y, llegada a hora, se arregla sólo, por su propio peso. De alguna manera se asfixia a sí mismo y se extingue. Nada es bastante grave. Esta modalidad de ontología ultraliberal considera que las dificultades fertilizan sobre la posibilidad de una solución. No hay problema, en cierto modo, si al mismo tiempo no existe una vía para llegar a un desenlace feliz. Antes o después, el conflicto regresa a su sitio por inercia, en un movimiento natural hacia paz original a partir de la cual comenzó a agravarse.

La idea de que también los incendios pueden apagarse solos es poderosa pero controvertida. No cualquier vale para dejar que el problema fluya. Se precisa una capacidad asombrosa para minimizar las dificultades por principio. Hace falta un optimismo a ultranza. Sólo creyendo que no hay conflictos graves, menos aún irresolubles, es posible dejarlos a su aire para que se arreglen. Hay que tener, de hecho, una confianza extrema en la desregulación de la gravedad. Y unos cojones importantes. Tal vez usted recuerde esa escena de Chinatown en la que un agente de policía, al ver magullado a Jack Nicholson en el papel del detective personal Jake Gittes, le pregunta: «¿Dios mío, que le pasó en la nariz?». «Me corté mientras me afeitaba», responde Gittes. «Debe dolerle mucho», pronostica el agente, a lo que replica el protagonista: «Sólo cuando respiro». Esta manera con la que Nicholson minimiza el hecho de que respira permanentemente, y que por tanto el dolor es continuo, ayuda muy bien a entender cómo se resta gravedad a un conflicto asfixiante. Aquellos hombres felices que no ven en los problemas sino un instante liviano de un proceso que acaba bien, saben que ningún incendio dura más allá en el tiempo que lo que tarda en agotarse el material combustible. Estemos tranquilos. El vacío no arde.

Foto: Chinatown, de Roman Polanski.

(Publicado en La Voz de Galicia)

Es hora de suicidarse, señores

Todos somos sospechosos. Ya no hay nadie del que podamos fiarnos. Lentamente, y no tan lentamente, acabamos por desconfiar de todo. Dimos por hecha la podredumbre total, hasta que no quedó nada en pie, excepto la bazofia. Ni los alcaldes. Hubo un tiempo en el que, desesperados, los vecinos podían acudir a ese individuo con el que hablaban de una alcantarilla o un punto del alumbrado que no alumbraba. Ese tipo, ahora, también oculta algo oscuro. No es necesario saber qué. Basta con que nosotros tengamos la desazón de que, a lo mejor, es así. Hace tiempo que superamos ese límite en el que ni los políticos saben qué decir para justificar la dignidad e importancia de su papel. Se rindieron a la idea de que no es la basura lo que apesta, sino la política misma. En algún momento, algún representante público debería estar dispuesto a reivindicar la trascendencia de su trabajo, como contraposición a la bazofia, y arder en el intento. Creo que es la hora de inmolarse. Necesitamos suicidios políticos, gente dispuesta a dispararse en el pie para restaurar el prestigio de su trabajo.

Tal vez conozcan la historia de Rodolfo Braceli, periodista, poeta y narrador argentino. Nadie amó tanto al Racing Club de Avellaneda. Pero en la temporada 1967, después de cubrir varios partidos de la Copa Libertadores, denunció en las páginas de Los Andes de Mendoza que entre los jugadores suplentes del Racing –primer club argentino en ganar la Intercontinental– se advertía la presencia, con atuendo oficial, de un boxeador en activo. Se trataba de Ubaldino Escobar. No era el único. En las cercanías de la línea de banda, vestidos de paisano, había más púgiles –alguno incluso retirado– que según Braceli estaban contratados por el club para «colaborar» en las tanganas contra los jugadores de los equipos rivales. Naturalmente, después de denunciar esta mezcla extraña de fútbol y boxeo, los directivos del equipo visitaron la redacción del diario, alegaron traición a los colores de Racing, y Braceli fue despedido. Braceli sabía que se suicidaba desnudando a los boxeadores, pero en ese instante lo que convenía precisamente era suicidarse.

Foto: Bioy Casares y Rodolfo Braceli.

(Publicado en La Voz de Galicia)

Nombre, dos puntos, insulto

El domingo recibí un mail en el que su autora venía a exponer más o menos que sólo escribo mamarrachadas, y que mi tono desesperanzado me empujaría un día de estos al suicidio. En realidad, lo decía textualmente. Pero yo no me di por aludido. En rigor, no decía «Juan Tallón: escribes mamarrachadas y etcétera». Yo le concedo mucha importancia al estilo directo. Me cuesta darme por enterado si no es leyendo mi nombre, dos puntos, mamarracho y etcétera. El nombre es importantísimo. Y los dos puntos. Sin ellos, aunque puedas sentir que te hablan a ti, siempre cabe pensar que el mensaje, si bien enfilado en tu dirección, en realidad busca otro destino. Acuso ciertas dificultades para la sugerencia indirecta. En el rodeo, no sé por qué, me pierdo. Además, me aburre. Todo esto halla su explicación –sin entrar en Freud, la infancia y mis órganos genitales– en una mala paliza que me proporcionaron una noche inolvidable, en Verín. La recibí por error. No era para mí, aunque por desgracia me la quedé enterita. En ese momento, yo trabajaba detrás de la barra. Sólo fue un pequeño intervalo en una vida caracterizada, curiosamente, por trabajar delante de ella. En un segundo de lucidez, preví que se aproximaba una reyerta. Salí a apaciguar los ánimos. Cuando bebía, yo siempre había sido un orador. Pero los «ánimos» me apaciguaron a mí. Fueron en realidad dos ánimos, uno en la cara y otro en la nuca. Todo fue un error, me confesó después el púgil, al que premonitoriamente apodaban El Tractor. Desde entonces, para sentirme realmente concernido ante un ataque, o una crítica, necesito que pronuncien mi nombre completo, dos puntos, etcétera. Nunca negocio este extremo.

Foto: Hampa dorada, de Mervyn LeRoy.

Las erratas se sigilosan

No tengo ningún problema con las erratas. En el fondo, creo que conspiran a favor del libro. Acabo de leer una crónica boxística de Normal Mailer, en una viejísima edición cubana, que no es tanto un homenaje a Mohamed Alí y Joe Frazier como a las cagadas del tipógrafo. Me creería si me dijesen que Mailer encargó el asesinato de ese individuo, incluso que se ocupó él personalmente, aunque eso no evita que aquel disparatado trabajo editorial me resulte simpático. Esto no es ningún sentir general. Hay quienes sienten mareos si descubren una errata en un texto. No digamos si ese texto es suyo. A Cortázar le molestaban por encima de su salud. Eso lo convirtió en un insigne teórico de la errata.

En Papeles inesperados –esa familia de libros que, cuanto estás muerto, descubren en un baúl tus herederos– se incluyen varios episodios inéditos de Un tal Lucas, personaje alter ego del autor. En uno de ellos, se muestra como un tipo obsesionado con las erratas. Está convencido de que éstas degeneran en ratas y encarga a un miniaturista japonés la elaboración de una ratera para erradicarlas. «Las erratas se sigilosan», sostiene Cortázar, «viven una vida propia y es precisamente esa idiosincrasia la que lleva a estudiarlas con lupa en mano y a preguntarse una noche de iluminación si el misterio de su sigilosancia no está en eso, en que no son palabras como las otras, sino algo que invade ciertas palabras, un virus de la lengua, la CIA del idioma, la transnacional de la semántica…».

La literatura está plagada de millones de erratas, algunas célebres. Si tiene curiosidad, búsquelas por su cuenta. Confieso que si me he puesto a escribir es porque un amigo me han prometido un gintónic. Personalmente, tengo devoción por Arroz y tartana, de Blasco Ibáñez, que en su primera edición decía: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». Feliz error. No quiero imaginar Arroz y tartana, o cualquier otro texto de Ibáñez, y tener que leer una sosería como «ceño fruncido». En la misma onda dichosa se halla este verso de Garcilaso: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas [por puntillas]».

El aborrecimiento de Cortázar hacia la errata se transforma en pasión con Borges. Enrique Krause cuenta que en una ocasión, estando Borges en México, acudió con Isabel Turrent a entrevistarlo. De paso, le llevaron el último número de Vuelta, revista a la que el argentino contribuía con un poema. «Dígame, ¿salió con alguna errata?». Todo indicaba que no. «Lástima, ya mi única esperanza son las erratas. Cuando Alfonso Reyes publicó un libro de poemas en el que abundaban, Enrique Díaz comentó que Reyes había publicado un libro de erratas con algunos versos. Las erratas, cuando se las descubre, son como picadoras de mosquito, pero le importan sólo al autor. El lector sabe con resignación que de todos modos leerá una insensatez», les manifestó Borges.

Foto: Norman Mailer.

Patillas contra bigotes

Nunca he matado a nadie de una forma directa, expresa, pero haber estado a punto de acabar con Alberto Juantorena es una de las cosas más grandes que me han pasado. Ocurrió hace tres años. Yo estaba en Cuba, de vacaciones, gastándome una indemnización del seguro. Había pasado el día en Bahía de Cochinos y a última hora, anocheciendo, callejeaba de nuevo por La Habana en mi Hyundai Atos de alquiler. Sólo ese día había pinchado dos veces, de modo que estaba deseando parar y beber cuatro mojitos de una asentada, para recuperar el pulso. Llevaba de acompañante a un funcionario del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente cubano, pariente lejano de una amiga de Lugo, que cumplía las funciones de guía. De pronto, en un giro a la derecha con poca visibilidad, en pleno corazón del barrio de Miramar, apareció él. Primero arreció su sombra, que cubrió todo el vehículo, como un rascacielos, y después él. Emergió de la nada, de la no materia, y lo ocupó todo. Yo clavé el pie en el pedal del freno. Hostia, lo maté, recuerdo que pensé. Ni siquiera podría decir, como Galeano, que iba derecho al desastre, pero joder en qué coche. Me vi, en ese instante, en una cárcel cubana diez años. Ignacio se bajó disparado, yo algo más lentamente, secuestrado por la conmoción. «¿Estás bien, compadre?», inquirió mi acompañante. Aquel tipo alto y fornido se había apoyado en el capó del vehículo, afectado no tanto por el golpe como por la taquicardia del susto, y apenas asintió con la cabeza. «¿Seguro?», tercié yo, todavía persuadido de que lo había matado. «Seguro», respondió con media sonrisa. En ese instante, Ignacio lo reconoció. «Pero si tú eres Alberto Juantorena».

El nombre me sentó como una inyección de adrenalina. Me recuperé de golpe y me ofrecí a llevarlo a un hospital, a su casa, a su barrio, a Montreal 76. Incluso al Parnaso. Al fin y al cabo, Juantorena era un pez gordo de la Historia. Había hecho algo que ningún ser humano más había conseguido. Cuando rechazó todos mis ofrecimientos, porque no había sufrido ni un rasguño, salvo el sobresalto, me pareció oportuno solicitarle un autógrafo. No tenía un papel a mano y le ofrecí la documentación del Hyundai Atos. Entretanto, escuchó con paciencia cómo le declarábamos nuestra admiración, y en un momento dado alegó que tenía algo de prisa, porque era el cumpleaños de una de sus hijas. Nos despedimos con un abrazo. Me pareció que se alejaba a nado, precedido de su sombra, con la misma elegancia que había exhibido en las pistas de atletismo de todo el mundo.

Ese movimiento sutil e ingrávido, como pompas de jabón, con el que se adentró en la noche el memorable Alberto Juantorena Danger, procedía, en el fondo, del mismo árbol que el minuto y cuarenta y tres segundos que empleó en la final de los 800 metros de los Juegos Olímpicos de Montreal. Vi esa carrera en vídeo hace quince años por vez primera, y desde entonces he vuelto a verla unas cien veces más. No es tanto una carrera como un vals mezclado con boxeo. Narrada en inglés, como aparece en todos los vídeos de Youtube, es posible que sólo te emociones con la elegancia de la zancada de Juantorena, aunque no entiendas nada, pero si escuchas la voz del periodista cubano Héctor Rodríguez Alamaral, quieres morirte. Te resquebraja. Cuando el atleta, como si estuviese llegando al final de un soneto, enfila la última recta, donde se deja llevar por la sinfonía de su zancada, el narrador cubano estremece a su país describiendo los metros finales: «Ahí viene Juantorena con el corazón, viene Juantorena de Cuba, Juantorena con el corazón, Juantorena con el corazón, Juantorena con el corazón… ¡Y medalla de oro para Alberto Juantorena de Cuba!».

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