18 de mayo de 2013
«Nicole se tumbó en la cama con los brazos extendidos y se puso a mirar el techo; los polvos que llevaba se habían humedecido y formaban una capa lechosa. Le gustaba aquella habitación desnuda, el sonido de la mosca que navegaba por encima de su cabeza. Tommy acercó la silla a la cama y quitó las ropas que había en ella para sentarse. A Nicole le gustó la simplicidad de que se mezclaran en el suelo su ligerísimo vestido y sus alpargatas con el traje de dril de Tommy.
Tommy examinó el torso blanco y alargado al que se juntaban abruptamente la cabeza y los miembros bronceados y dijo, con una risa grave:
–Pareces recién hecha, como un bebé» (Francis Scott Fitzgerald, Suave es la noche).
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15 de mayo de 2013
«¿Sabes lo que he leído, creo que en el Nouvel Obs? Que es extraño que a Politkóvskaia se la carguen, como por casualidad, el día del cumpleaños de Putin. ¡Como por casualidad! ¿Te das cuenta del grado de gilipollez al que hay que llegar para escribir con todas las letras eso de como por casualidad? ¿Te imaginas la escena? Reunión de crisis en el FSB. El jefe dice: chicos, habrá que devanarse los sesos. Pronto será el cumpleaños de Vladímir Vladímirovich, hay que encontrar un regalo que le guste. ¿Alguien tiene alguna idea? La gente se exprime el coco, una voz se alza: ¿y si le lleváramos la cabeza de Anna Politkóvskaia, esa mosca cojonera que no hace más que criticarle? Murmullos de aprobación entre los presentes» (Emmanuel Carrére, Limónov).
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13 de mayo de 2013
«Mosca. Monstruo del aire que le debe lealtad a Belcebú. La mosca doméstica común (Musca maledicta) es la especie más extendida del mundo. Es la criatura que, en realidad, con visión general contempla a la humanidad de China hasta Perú. Con respecto al espacio, oscurece el mundo como una nube y el sol nunca se pone sobre ella; en cuanto al tiempo, pasa de eternidad en eternidad. Alejandro luchó contra ella en Persia sin llegar a someterla; la mosca derrotó a César en la Galia, incordió a Magallanes en Patagonia y fastidió el alegre disfrute de las comidas de Greeley en cabo Sabina. Está en todas partes y siempre es la misma. Se posa con la misma imparcialidad en la cumbre del Olimpo y en la calva de un diácono adormilado. La tierra, debilitada con la edad, se renueva. Los mares cubren los continentes y el hielo polar invade los trópicos extinguiendo imperios, civilizaciones y razas. Donde se levantaban ciudades populosas entra furtivamente el chacal por las arenas yermas o cae abatido por la flecha del salvaje, él mismo acosado por el pionero intruso. Religiones y filosofías perecen junto con las lenguas en las que se expresaron y el chiste del juglar por fin da paso a un sucesor. Los acantilados se deshacen en polvo, la cabra pierde el apetito, y hasta, por fin, muere el funcionario…, pero la mosca doméstica siempre está a mano, como el salmón que salta en el río. Por las ilustres ramas de su árbol genealógico nos relacionamos con el pasado y el futuro: jugueteó en las pestañas de nuestros padres; se deslizará sobre las coronillas brillantes de nuestros hijos. Es la reina, el jefe, el supremo. Yo la saludo» (Ambroce Bierce, El diccionario del diablo) [Hallazgo de Josean Blanco, alias Perroantonio].
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11 de mayo de 2013
«Zacarías San José, a causa de un chirlo que le rajaba la cara, era más conocido por Zacarías el Cruzado: Tenía el chozo en un vasto charcal de juncos y médanos, allí donde dicen Campo del Perulero: En los bordes cenagosos picoteaban grandes cuervos, auras en los llanos andinos y zopilotes en el Seno de México. Algunos caballos mordían la hierba a lo largo de las acequias. Zacarías trabajaba el barro, estilizando las fúnebres bichas de chiromayos y chiromecas. La vastedad de juncos y médanos flotaba en nieblas de amanecida. Hozaban los marranos en el cenagal, a espaldas del chozo, y el alfarero, sentado, sobre los talones, la chupalla en la cabeza, por todo vestido un camisote, decoraba con prolijas pinturas jícaras y güejas. Taciturno bajo una nube de moscas, miraba de largo en largo al bejucal donde había un caballo muerto. El Cruzado no estaba libre de recelos: Aquel zopilote que se había metido en el techado, azotándole ron negro aleteo, era un mal presagio. Otro signo funesto, las pinturas vertidas: El amarillo, que presupone hieles, y el negro, que es cárcel, cuando no llama muerte, juntaban sus regueros. Y recordó súbitamente que la chinita, la noche pasada, al apagar la lumbre, tenía descubierta una salamandra bajo el metate de las tortillas… El alfarero movía los pinceles con lenta minucia, cautivo en un dual contradictorio de acciones y pensamientos» (Valle-Inclán, Tirano Banderas).
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10 de mayo de 2013
«En el principio fue la mosca» (Augusto Monterroso, Movimiento perpetuo).
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9 de mayo de 2013
«La salsa la inventó el duque de Richelieu como una nueva sensación para los paladares ahítos de la corte, y al principio se la conocía como mahonnaise, por Mahón, el principal puerto de Menorca, escenario de la discutible «victoria» del duque en 1756 sobre el desafortunado Almirante Byng. Básicamente, Richelieu era el proveedor de drogas y putas de Luis, pero también adquirió cierto renombre por sus recetas de opio ajustadas a cada ocasión, y se le atribuye la introducción en Francia de la cantárida o mosca española» (Thomas Pynchon, Contraluz).
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8 de mayo de 2013
«La mosca debe ser tomada como el símbolo de la impertinencia y la audacia; porque en tanto que los demás animales le huyen al hombre más que a otra cosa, y corren antes que él se les acerque, la mosca se posa sobre su nariz misma» (Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena).
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6 de mayo de 2013
«Podría admitir / que soy sólo una cobarde / lloriqueando yo yo yo / y no mencionar las moscas, las polillas, / obligadas por las circunstancias / a chupar de la bombilla. / Pero seguramente sabes que toda persona tiene una muerte, / su propia muerte, / esperándola. / Así que me iré ahora / sin la vejez o enfermedad, / salvaje pero acertadamente, / a sabiendas de mi mejor camino, / transportada por ese burro de juguete que monté todos estos años, / sin preguntar nunca, ‘”¿Dónde vamos?” / Íbamos (si lo hubiera sabido) / a esto» (Anne Sexton, Nota de suicidio).
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5 de mayo de 2013
«Cuando entré en la recámara encontré a la Chamuca desnuda, inclinada sobre la cama, quitando la colcha. Recuerdo que me excitó muchísimo y que empecé a acariciarle las nalgas, pero ella me rechazó.
–No –dijo–. Nos puede oír Evodio.
A mí no me hubiera importado, pero Evodio, en efecto, hubiera podido oírnos, porque la cabecera del diván estaba muy cerca del muro. Nos acostamos y apagué la luz. Dieron las tres en San Cosme. Me dormí inmediatamente.
Desperté creyendo que estaba sobrio, pero no me acordé de Evodio hasta que entré en la sala y lo encontré dormido en el diván. Estaba en camiseta, boca arriba, con una mosca parada en el labio. El cuarto olía a rayos. Abrí la ventana que daba al pozo de luz y entré en el baño. Las barbas, que me había dejado crecer hacía tres años y a las que estaba acostumbrado, me sobresaltaron. Después de bañarme asomé a la ventana. Un barrendero vestido de anaranjado pasó empujando un carrito, el dueño de la Casa Domínguez estaba levantando la cortina de acero, me sentí deprimido. Ojalá que Evodio se vaya pronto, pensé» (Jorge Ibargüengoitia, Dos crímenes).
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2 de mayo de 2013
«El 1 de diciembre se encontró el cadáver de una joven de entre dieciocho y veintidós años en el cauce de un arroyo seco, por los alrededores de Casas Negras. El hallazgo lo realizó Santiago Catalán, que se hallaba de cacería y que se extrañó de la conducta que en ese momento, al acercarse al arroyo, mostraron sus perros. De repente, según expresó el testigo, los perros se pusieron a temblar, como si hubieran olfateado un tigre o un oso. Pero como aquí no hay tigres ni osos, yo me imaginé que habían olfateado el fantasma de un tigre o un oso. Conozco a mis perros y sé que cuando se ponen a temblar y a gemir es por una causa justificada. Entonces me entró a mí la curiosidad, así que después de patear a los perros para que se comportaran como machos, me dirigí resueltamente al arroyo. Al meterse en el cauce seco, cuya profundidad no excedía los cincuenta centímetros, Santiago Catalán no vio ni olió nada y hasta los perros parecieron tranquilizarse. Pero al llegar al primer recodo oyó un ruido y los perros volvieron a ladrar y a temblar. Una nube de moscas envolvía el cadáver. Santiago Catalán quedó tan impresionado que soltó a los perros y disparó un perdigonazo al aire. Las moscas se retiraron por un momento y pudo darse cuenta de que el cuerpo era el de una mujer. Recordó, asimismo, que por aquella zona ya se habían encontrado cuerpos de mujeres jóvenes asesinadas» (Roberto Bolaño, 2666).
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1 de mayo de 2013
«Cuando el grupo de Frank Sinatra hizo su ingreso, Don Rickles no cabía de contento. Señalando a Jilly, Rickles le gritó: «¿Cómo se siente ser el tractor de Sinatra?… Sí, Jilly camina delante de Frank despejándole la vía». Luego, señalando con un gesto a Durocher, Rickles dijo: “Ponte de pie, Leo, muéstrale a Frank cómo te resbalas”. A continuación se dedicó a Sinatra, sin pasar por alto a Mia Farrow, ni el peluquín que llevaba puesto, ni dejar de decirle que estaba acabado como cantante; y cuando Sinatra se rió, todos rieron; y Rickles señaló a Bishop: “Joey Bishop mira todo el tiempo a Frank para ver qué es gracioso”.
Al rato, cuando Rickles se echó sus cuantos chistes de judíos, Dean Martin se puso de pie y le gritó: “Eh, siempre hablas de los judíos, nunca de los italianos”, y Rickles lo interrumpió: “¿De qué nos sirven los italianos?… Como mucho para espantar las moscas del pescado”» (Gay Talese, Retratos y encuentros).
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29 de abril de 2013
«Monjes de edad imprecisable, ancianos con cestos en la cabeza descendiendo con artrítica parsimonia por el camino fangoso, niños correteando detrás de perros famélicos, una joven madre con una mano en el puchero, la otra meciendo al bebé en la cuna y alejándole las moscas azules, pobreza limpia de misión social, un Pozo del Tío Raimundo de Asia. El monje que salió al encuentro de Carvalho era el secretario del prior, llevaba un tatuaje barroco en el brazo y lanzó un salivazo largo, lánguido, rojo por el betel sobre una plantación de orquídeas alimentadas con el abono de las cortezas de coco. Era un hombre de edad tan indefinida como apacible en sus gestos ayunados. Estaba orgulloso de poder explicar a Carvalho lo que allí se hacía y empezó desde el principio, desde el momento en que llegan al monasterio seres prisioneros de la droga con deseos de curarse. Se desnudan, entregan cuanto llevan y reciben a cambio una tarjeta verde o rosa, según hayan llegado con o sin dinero. Es su carta de identidad. A partir de ese momento entran en un mundo donde no existe el dinero y donde rezarán, beberán infusiones de hierbas, vomitarán y lo que no pueda el asco lo podrá el consuelo de la oración» (Manuel Vázquez Montalbán, Los pájaros de Bangkok).
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27 de abril de 2013
«Las moscas transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigran a través de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros no nos atrevemos a conocer. Quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de la mosca…» (Augusto Monterroso, Movimiento perpetuo).
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26 de abril de 2013
«… y poquito a poco, Maga, vamos componiendo una figura absurda, dibujamos con nuestros movimientos una figura idéntica a la que dibujan las moscas cuando vuelan en una pieza, de aquí para allá, bruscamente dan media vuelta, de allá para aquí, eso es lo que se llama movimiento brownoideo, ¿ahora entendés?, un ángulo recto, una línea que sube, de aquí para allá, del fondo al frente, hacia arriba, hacia abajo, espasmódicamente, frenando en seco y arrancando en el mismo instante en otra dirección, y todo eso va tejiendo un dibujo, una figura, algo inexistente como vos y como yo, como los dos puntos perdidos en París que van de aquí para allá, de allá para aquí, haciendo su dibujo, danzando para nadie, ni siquiera para ellos mismos, una interminable figura sin sentido» (Julio Cortázar, Rayuela) [Hallazgo de Nickjournal3].
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25 de abril de 2013
«Me llegó el informe sobre arañas, e inventé entretanto un laberinto para moscas, muy económico. Se trataba de una simple botella de plástico, adaptada a un aparato eléctrico que recogía los golpeteos de la mosca al tratar de salir, hasta alcanzar la abertura destapada, y los traducía a unas gráficas parecidas a las del electroencefalograma, con las cuales comprobar luego por comparación de distintas experiencias si la mosca aprendía o no a salir de la botella» (Mario Levrero, Los laberintos).
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23 de abril de 2013
«Maigret cogió una copia de la ficha de Joseph Van Damme, nacido en Lieja, de padres flamencos, viajante de comercio, después director de una casa de comisión que llevaba su nombre. Tenía treinta y dos años y era soltero. Sólo hacía tres años que se había instalado en Brême, donde, después de un comienzo difícil, parecía hacer buenos negocios.
El comisario volvió a la habitación de su hotel, y se quedó sentado durante largo tiempo al borde de la cama, con las dos maletas de fibra delante suyo.
Había abierto la puerta de comunicación con la habitación vecina, donde todo estaba como la víspera. Y se estremeció por el poco desorden que había quedado del drama. En la pared, bajo una flor rosa de la tapicería, una pequeña mancha marrón: la única mancha de sangre. Sobre la mesa, los dos panecillos de salchichas aún envueltos en papel. Una mosca se había posado encima» (George Simenon, El ahorcado de Saint Pholien).
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15 de abril de 2013
«El hombre quiere ser pescado y pájaro, / la serpiente quisiera tener alas, / el perro es un león desorientado, / el ingeniero quiere ser poeta, / la mosca estudia para golondrina, / el poeta trata de imitar la mosca, / pero el gato / quiere ser sólo gato / y todo gato es gato / desde bigote a cola, / desde presentimiento a rata viva, / desde la noche hasta sus ojos de oro» (Pablo Neruda, Oda al gato).
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13 de abril de 2013
«Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid» (Ernest Hemingway, Colinas como elefantes blancos).
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12 de abril de 2013
«Murmullo: ruido de moscas en una tulipa» (Ramón Gómez de la Serna, Greguerías).
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11 de abril de 2013
«–No quise emocionarlo –dijo el oficial–, ya sé que actualmente es imposible dar una idea de lo que eran esos tiempos. De todos modos, la máquina todavía funciona, y se basta a sí misma. Se basta a sí misma, aunque se encuentra muy solitaria en este valle. Y al terminar, el cadáver cae como antaño dentro del hoyo, con un movimiento incomprensiblemente suave, aunque ya no se apiñan las muchedumbres como moscas en torno de la sepultura, como en otros tiempos. Antaño teníamos que colocar una sólida baranda en torno de la sepultura, pero hace mucho que la arrancamos» (Franz Kafka, La colonia penitenciaria).
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10 de abril de 2013
«Pululando de culto, Claudio, amigo, / minotaurista soy desde mañana; / derelinquo la frasi castellana, / vayan las solitúdines conmigo. / Por precursora, desde hoy más me obligo / a la Aurora llamar Bautista o Juana; / chamelote la mar, la ronca rana / mosca de agua, y sarna de oro al trigo. / Mal afecto de mí, con tedio y murrio, / cáligas diré ya, que no griguiescos, / como en el tiempo del pastor Bandurrio. / Estos versos, ¿son turcos o tudescos? / Tú, lector Garibay, si eres gongurrio, / apláudelos, pues son polifemescos» (Lope de Vega, La Dorotea).
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8 de abril de 2013
«Cuando le encontré contemplaba absorto1 el maravilloso espectáculo de la ría de Arosa desde una roca de Punta Cabreira, en la isla encantada de La Toja.
–He venido a curarme a Pontevedra –me dijo.
–¡Ah! –contesté distraídamente–. Se baña usted en esas aguas.
–No; no vengo en busca de ninguna clase de aguas.
Tiró una piederecita al mar. Luego, agregó, sencillamente:
–Vengo por las moscas.
–¿Por las moscas?
–Sí.
Le miré un instante.
–Temo, en verdad, que esté usted muy enfermo.
–Hace un mes estaba peor. Gracias a estas moscas… ¡Oh, estas moscas! Ustedes no saben la riqueza que tienen con ellas en Galicia.
Fruncí el ceño. ¡Qué diablo! Yo bien sé que en Galicia hay una terrible cantidad de moscas extraordinariamente molestas; pero no me gusta que un forastero me lo reproche.
–Bien –repliqué–, ¿y qué tenemos con eso? Son moscas gallegas, nacidas de moscas gallegas; pican en lo suyo. Si a usted le parece mal, no haber venido.
¡Cómo! ¡No haber venido!.. Pero si yo les debo la vida y las amo como nadie las sabe amar. Yo estoy sometido aquí a una cura de moscas. Ustedes son los que desconocen la importancia de estos insectos maravillosos. En todo el mundo no hay una mosca igual a las moscas de la provincia de Pontevedra. Todas las moscas pican; éstas muerden. Todas las moscas tiene tenacidad; pero éstas no conocen la fatiga. Una mosca inglesa no vuelve nunca al sitio de donde fue arrojada. Una mosca madrileña vuelve seis veces. Una mosca africana vuelve quince. La mosca pontevedresa vuelve siempre mientras haya vigor en sus alas. La calva de un amigo mío fue atacada por una mosca de Salvatierra. Esta mosca sorteó millares de manotazos, acompañando a mi amigo por toda la provincia durante un mes. Le esperaba a la orilla del mar, cuando se bañaba, y a los pies de la cama, cuando dormía. Hoy he recibido un telegrama de mi amigo desde Orense. “Maruxa se quedó en Salvatierra”, me dice. Había puesto nombre a la mosca, como se le pone a un perro o a un gato. Tengo la seguridad de que está triste. Le tenía cariño ya. Y es natural. ¿No le parece?» (Wenceslao Fernández Flórez, La cura de moscas) [Hallazgo de Carmen Garcés].
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6 de abril de 2013
«Me quedé inmóvil, clamé a las montañas, y al cabo me volví camino de la casa, pareciéndome que pisaba en el aire. ¿De modo que ella me despedía, pero bastaba que yo pronunciara su nombre para que cayera en mis brazos? ¡Debilidad de muchacha, a que ella misma, tan superior a su sexo, no era extraña! ¿Irme yo? ¡No, yo no, Olalla; no, yo no, Olalla, Olalla mía! Un pájaro cantaba en el campo: los pájaros eran raros en aquella estación. Sin duda era un buen agüero, sí. Y de nuevo todas las fuerzas de la naturaleza, desde las ponderosas y sólidas montañas hasta la hoja leve y la más diminuta mosca que flota en la penumbra del bosque, empezaron a girar en mi derredor con alegre fiesta. El sol cayó sobre las colinas tan pesado como un martillo sobre el yunque, y las colinas vacilaron. La tierra, con la insolación, exhaló profundos aromas. Los bosques humeaban al sol. Sentí circular por el mundo la vibración de la alegría y el trabajo» (Robert Louis Stevenson, Olalla).
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4 de abril de 2013
«La mosca no es el más pequeño de los volátiles, al menos comparada con los mosquitos, los cínifes y otros seres aún más diminutos, sino que los aventaja en tamaño tanto como ella misma dista de la abeja. No está dotada de plumas como las aves*1, que tienen algunas de plumaje cubriendo su cuerpo y utilizan las más largas para volar, sino que, como los saltamontes, las cigarras y las abejas, tiene alas membranosas y más delicadas que éstos, como el vestido indio es más sutil y delicado que el griego; y, asimismo, ofrece el colorido floral de los pavos reales, si la miramos fijamente cuando abre sus alas en vuelo hacia el sol.
Su vuelo no es, como en los murciélagos, un continuo remar; ni va, como en los saltamontes, acompañado de saltos, ni , como en las avispas, con zumbido, sino que describe una curva perfecta hasta el punto del aire al que se dirige. Además tiene la cualidad de volar, no en silencio, sino con cántico nada desagradable, como cínifes y mosquitos, ni con el grave zumbido de las abejas, o el terrible y amenazador de las avispas; es mucho más melodiosa, como las flautas son más dulces que la trompeta y los címbalos» (Luciano, Encomio de la mosca).
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3 de abril de 2013
«Mientras el profesor explica las fórmulas algebraicas en el pizarrón su mano se busca en el bolsillo y se encuentra listo y basta un roce, un roce pequeño secreto, la mirada fija en el cogote blanco de Linares en el banco de adelante a falta de otra carne, y el pensamiento saltando hasta Isabel en la piscina, sus ojos cerrados, tendida, una mosca zumbándole cerca de los párpados, insistiendo en su boca, Isabel tendida así con una pierna doblada de modo que él ve sin que ella lo sepa, y los brazos de la Violeta en la casa sola y el olor a empanadas que ya estarán poniéndose doradas como su piel. Como su piel: un poquito sudadas. Sí, dicen que la masa de las empanadas suda en el horno justo antes de dorarse, y así están los brazos de la Violeta, un poco húmedos… No. No se va a meter en el baño. Se va a meter en su cama para que la Violeta le pase la bandeja con el desayuno, y él, entonces, le verá el revés de los brazos apenas dorados, apenas húmedos al pasarle la bandeja y ponérsela encima de sus piernas cubiertas sólo por la sábana y la mano de la Violeta, entonces, tan cerca, tan cerca…» (José Donoso, Este domingo).
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1 de abril de 2013
«Jasselin dirigió una mirada hacia la puerta de la casa, abierta de par en par. Una nube de moscas se había amontonado en las cercanías, volaban por allí zumbando, como si aguardasen su turno. Desde el punto de vista de una mosca, un cadáver humano es carne, pura y simplemente carne; nuevos efluvios descendieron hacia ellos, el hedor era verdaderamente atroz. Jasselin era plenamente consciente de que para soportar la visión del lugar del crimen tendría que adoptar el punto de vista de una mosca; la notable objetividad de la mosca, Musca domestica. Cada hembra de esa especie puede incubar hasta quinientos huevos, y en ocasiones mil. Los huevos son blancos y miden alrededor de 1,2 milímetros. Las larvas (cresas) eclosionan al cabo de un solo día; viven y se alimentan de la materia orgánica (generalmente muerta y en vías de descomposición avanzada, como un cadáver, detritos o excrementos). Las cresas son de un blanco pálido y una longitud de 3 a 9 milímetros. Son más final en la región bucal y no tienen patas. Al final de la tercera muda, reptan hacia un lugar fresco y seco y se transforman en pupas, de color rojizo.
Las moscas adultas viven de dos semanas a un mes en la naturaleza, o un lapso más largo en las condiciones de laboratorio. Tras haber emergido de la pupa, las moscas dejan de crecer. Las moscas pequeñas no son moscas jóvenes, sino moscas que no se han nutrido suficientemente en su estadio larvario.
Aproximadamente 36 horas después de emerger de la pupa, la hembra es receptiva para el apareamiento. El macho la monta por la espalda para inyectarle esperma. Normalmente la hembra sólo se aparea una vez y almacena el esperma a fin de reutilizarlo para varias puestas de huevos. Los machos son territoriales: defienden un determinado territorio y tratan de montar a cualquier hembra que entre en su feudo» (Michel Houellebecq, El mapa y el territorio).
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29 de marzo de 2013
«Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas (…)». (Jorge Luis Borges, El idioma analítico de John Wilkins).
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27 de marzo de 2013
«Borges: ‘Yo no sé cómo decirle a Susana Bombal que, ya que escribe sus cuentos de un modo en que todo es visible y muy lento (como en Virginia Woolf), debería poner cosas lindas: cosas que, sin ser fade, no fueran feas como gordos y papadas. ¿Por qué pone una mosca en la nariz de Júpiter? Mejor hubiera sido poner una hormiga en la cara del dios. Hormiga y dios estarían bien. Pero es una persona a la que no puede uno explicarle la diferencia entre nariz y mosca y cara y hormiga. Sin embargo, siempre está poniendo narices y moscas’. Bioy: ‘Un instinto la dirige’. Borges: ‘Nariz y mosca sólo sugieren incomodidad’» (Adolfo Bioy Casares, Borges).
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25 de marzo de 2013
«El choque fue excepcionalmente brutal. Los dos automóviles iban a más de cien por hora y se estrellaron de frente. Resultado: nueve muertos en total.
Tardaron más de una hora en sacar el primer cadáver de los restos de hierro. El único sobreviviente aprovechó para salir de allí e irse volando.
Era una mosca.
–Mierda –pensó–, es la última vez que me subo a un auto para viajar» (Jacques Sternberg, Contes glacés).
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23 de marzo de 2013
«Lo logró. Se quedó tirada de costado en el arcén de Motton Road, inmóvil bajo un sol y una calima más propios del mes de julio. Little Walter se despertó y empezó a llorar. Intentó salir de la mochila pero no pudo; Sammy lo había sujetado con mucho cuidado y estaba inmovilizado. Lloró con más fuerza. Una mosca se posó en su cabeza, probó la deliciosa sangre que rezumaba entre imágenes de dibujos animados de Bob Esponja y Patricio, y se fue volando. Posiblemente para informar de aquél banquete en el cuartel general de las moscas y pedir refuerzos.
Las cigarras chirriaban en la hierba.
Sonó la sirena del pueblo.
Little Walter, atrapado con su madre inconsciente, lloró un rato más bajo el calor, luego calló y permaneció en silencio, mirando a su alrededor con apatía, mientras los goterones de sudor le corrían por el pelo» (Stephen King, La cúpula) [Hallazgo de Luis García Foronda].
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21 de marzo de 2013
«El piso de la calle del Hospital tenía vigas de madera carcomida, cordones de la luz que reptaban por el techo, muebles a los que habían hecho la trepanación, lámparas color marfil con cuya observación se hubiese podido escribir una Historia Natural de la Mosca. Debía de ser el rincón sentimental del señor Soler, su primer consultorio de la juventud, lleno de clientes con ladillas, chancros hasta la lengua y cirrosis hasta en las uñas, pero también un consultorio lleno entonces de esperanzas. Al viejo Méndez, los hombres que conservan el testimonio de lo que fueron le inspiraban confianza, aunque viendo al médico había que sospechar que los clientes le debían haber ido dejando poco a poco pus de sus chancros, vestigios de sus cirrosis y hasta algunas de sus ladillas más veteranas. Parapetado detrás de su mesa, el doctor Soler era la viva imagen del médico al que mantiene en pie la certidumbre de que los clientes morirán antes que él» (Francisco González Ledesma, Crónica sentimental en rojo).
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20 de marzo de 2013
«Iván Ilich era le phenix de la famille, como decía la gente. No era tan frío y estirado como el hermano mayor ni tan frenético como el menor, sino un término medio entre ambos: listo, vivaz, agradable y discreto. Había estudiado en la Facultad de Derecho con su hermano menor, pero éste no había acabado la carrera por haber sido expulsado en el quinto año. Iván Ilich, al contrario, había concluido bien sus estudios. Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal. No había sido servil ni de muchacho ni de hombre, pero desde sus años mozos se había sentido atraído, como la mosca a la luz, por las gentes de elevada posición social, apropiándose sus modos de obrar y su filosofía de la vida y trabando con ellos relaciones amistosas» (Leon Tolstoi, La muerte de Iván Ilich).
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18 de marzo de 2013
«Entró en el dormitorio para buscar el pantalón de baño; una mosca zumbaba sobre su espalda mientras revolvía en el cajón del ropero. El pantalón no estaba allí; de pie, examinó, sin comprender, la sombra de la estera en la ventana del dormitorio. Guiado por el perfume de Ana María fue hasta la cama y se dejó caer; con las manos sobre el pecho, quiso hundirse en el recuerdo de la noche, bajar hacia él y aplastarlo. Siempre el prólogo del sueño prometía reconciliaciones, acuerdos en que nada necesitaba ser explicado, una comprensión definitiva y tácita. La mosca revoloteó buscando la abertura de la camisa. Marcos se levantó, arrastrando con los hombros, como hilachas que se desprendieran enseguida, el olor de las sábanas, el de Ana María» (Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres).
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16 de marzo de 2013 (II)
«Yo estaba con Juliano en la vanguardia. Él no llevaba armadura. Su servidor todavía no había reparado sus cuerdas de cuero. ‘Tanto da’, dijo. Como todos nosotros, estaba empapado por el sudor, aun al alba. Las moscas se posaban en nuestros labios y en nuestros ojos. La mayoría sufría de disentería. Sin embargo, pese al calor y a la incomodidad, Juliano estaba de excelente humor; por una razón: finalmente había interpretado el sueño a su gusto. ‘El Genio de Roma me abandonó. Eso es innegable. Pero se fue por la puerta de la tienda, que daba a Occidente. Esto significa que esta campaña ha terminado, y que debemos volver a nuestra patria hacia Occidente’» (Gore Vidal, Juliano el Apóstata).
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16 de marzo de 2013 (I)
«Sobre la pantalla de transparentes que casi tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía muy cerca, se vino a posar una mosca de muy triste aspecto, porque tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y de color… de ala de mosca; faltábale alguna de las extremidades, y parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el zumbido y esta vez ya sonaba más a palabras; la mosca decía algo, aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más a la mesa la mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla oí que la mosca, sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz, que para sí quisieran muchos actores de fama:
‘Sucedió en la suprema monarquía/ de la Mosquea un rey que, aunque valiente, / la suma de riquezas que tenía / su pecho afeminaron fácilmente’.
–¿Quién anda ahí? ¿Hospes, quis es? –gritó la mosquita estremecida, interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba declamando; y fue que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad que le consentía la cojera. –Dispense usted, caballero –continuó reportándose–, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había notado su presencia.
Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar a aquella mosca que hablaba con tanta corrección y propiedad y recitaba versos clásicos» (Leopoldo Alas ‘Clarín’, La mosca sabia).
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14 de marzo de 2013
«Me pregunto cuándo empieza realmente la Historia, el momento en que el relato de los hechos deja de abrir heridas en las que hay huevos de mosca justo antes de eclosionar.
Cuando se publicó Amarillo, mi anterior libro, habían transcurrido dieciséis años desde el momento de los hechos, el suicidio de Chusé Izuel, e hizo que eclosionaran miles de moscas.
Todavía las estoy espantando.
Sin mucho éxito.
Han pasado dieciséis años desde que María Isabel fue asesinada». (Felix Romeo, Noche de los enamorados).
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13 de marzo de 2013
«Sara me redujo a quince centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar a la gente por los agujeritos de ventilación que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor: aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos. Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía música y decía:
–¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila! ¡Baila, baila!
En fin, yo ya no podía siquiera recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio mientras ella batía palmas y reía.
Las arañas me aterraban y las moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba, cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron almorranas. De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba fuera de mi alcance» (Charles Bukowski, Quince centímetros).
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11 de marzo de 2013
«Nada más apagar el motor, rezó una breve oración, le puso la mano caliente y rechoncha en la rodilla a Lenora y le dijo exactamente lo que ella quería oír. Joder, si es que todas querían oír más o menos lo mismo, hasta las fanáticas de Jesucristo. Habría deseado que se resistiera un poco más, pero todo resultó muy fácil para el predicador, tal como había predicho. Aun así, pese a las muchas veces que había hecho aquello, durante todo el tiempo que la estuvo desnudando pudo oír hasta el último pájaro, el último insecto y el ultimo animal que se movía en el bosque en varios kilómetros a la redonda. Siempre era así la primera vez que lo hacía con una chica nueva.
Al terminar, Preston alargó el brazo para recoger las bragas grises y sucias que habían quedado tiradas en el suelo de madera. Las usó para limpiarse la sangre y se las devolvió. Apartó de un manotazo una mosca que le zumbaba en la entrepierna; a continuación se subió los pantalones de color marrón y se abotonó la camisa blanca mientras miraba cómo ella se volvía a poner torpemente su vestido largo» (Donald Ray Pollock, El diablo a todas horas).
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7 de marzo de 2013
«Nos desnudamos y caímos en la cama de hierro, con hambre sexual de seis semanas. Nos lanzamos al asunto como un par de luchadores que se hubieran quedado a desenredarse en un ruedo vacío después de que se hubieran apagado las luces y de que la muchedumbre se hubiese dispersado. Mara luchaba frenéticamente para llegar a un orgasmo. En cierto modo había quedado separada de su aparato sexual; era de noche y estaba perdida en la oscuridad; sus movimientos eran los de un durmiente luchando con desesperación por volver a entrar en el cuerpo que había empezado a ceder. Me levanté para lavármela, para refrescarme con un poco de agua fría. No había lavabo en la habitación. A la luz mortecina de una bombilla casi extinta, me vi en un espejo resquebrajado, tenía la expresión de un Jack el destripador buscando un sombrero de paja en un orinal. Mara yacía boca abajo en la cama, jadeando y sudando, tenía el aspecto de una odalisca apaleada compuesta de pedazos de mica mellados. Me puse los pantalones, y anduve vacilante por el pasillo semejante a un túnel, en busca del lavabo, un hombre calvo, desnudo de cintura para arriba, se encontraba ante una pila de mármol, lavándose el torso y los sobacos. Esperé que terminara, resoplaba como una mosca mientras realizaba sus abluciones, cuando hubo acabado, abrió un bote de polvos de talco y se espolvoreó generosamente el torso, que estaba arrugado y encostrado como la piel de un elefante. Cuando regresé encontré a Mara fumando un cigarrillo y acariciándose. Se consumía de deseo. Volvimos al asunto, probando como los perros esta vez, pero no había forma. La habitación empezó acombarse e hincharse, las paredes rezumaban, el colchón, que era de paja, casi tocaba el suelo. La sesión empezó a adquirir todos los aspectos y proporciones de un mal sueño. Desde el extremo del pasillo, llegaba el resuello entrecortado de un asmático; sonaba como las notas finales de un huracán silbando por una ratonera arrugada» (Henry Miller, Sexus).
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6 de marzo de 2013
«El soldado Willard Russell había estado bebiendo en la parte de atrás del autobús con dos marineros de Georgia, pero uno de ellos había perdido el conocimiento y el otro había vomitado dentro de su última botella. Willard no paraba de pensar que si conseguía llegar a su casa en Coal Creek, Virginia Occidental, ya no volvería a marcharse jamás. Durante su infancia en las montañas había visto cosas feas, pero no eran nada comparado con lo que había visto en el Pacífico Sur. En una de las islas Salomón, él y otros dos hombres de su unidad se habían encontrado a un marine desollado vivo por los japoneses y clavado a una cruz hecha con dos palmeras. El cuerpo descarnado y ensangrentado estaba cubierto de moscas negras. Tenía las placas identificativas colgadas de los restos de uno de los dedos gordos del pie: sargento de artillería Miller Jones. Incapaz de ofrecer nada más que un poco de piedad, Willard le había pegado un tiro al marine detrás de la oreja, y luego lo había descolgado y cubierto de rocas al pie de la cruz. Desde entonces, el interior de la cabeza de Willard no había vuelto a ser el mismo» (Donald Ray Pollock, El diablo a todas horas).
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4 de marzo de 2013
«Todo cuanto me dices es tan sabido que puede estar en el habla de cualquier charlatán que mastique moscas en los muelles. Pero yo sigo gritando mi pregunta, Epistemo. Contéstala de una vez: ¿por qué, entre todos los sacerdotes de este o cualquier otro culto, he sido yo el elegido para formar al príncipe…?» (Terenxi Moix, No digas que fue un sueño).
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2 de marzo de 2013
«El presente ya pasó y todo lo que nos queda es lo que un día no pasó; el pasado tampoco es lo que fue, sino lo que no fue; sólo el futuro, lo que nos queda, es lo que ya ha sido; en esa última cocina habitada por una heroína de anteayer –incluso las moscas la han abandonado– sólo las manecillas de un reloj barato se mueven para señalar una hora equivocada, no tanto para medir ese tiempo inmensurable y gratuito que el jugador nos ha legado con infinita largueza como para materializar con su interminable movimiento circular la naturaleza del vacío que nos envuelve…» (Juan Benet, Volverás a Región).
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28 de febrero de 2013
«–Imaginemos la clase media alta de Uzbekistán –dijo el doctor Roth–. Una familia tiene el mismo Ford Stomper que tenemos nosotros. De hecho, la única diferencia entre nuestra clase media alta y su clase media alta es que en Uzbekistán no hay ninguna familia, ni siquiera la más rica del pueblo, que tenga instalación sanitaria interior.
–Soy consciente –dijo el señor Söderblad– que mi condición de no lector me hace inferior a todos los ciudadanos noruegos. Lo reconozco.
–Moscas como alrededor de algo que lleva cuatro días muerto. Un cubo de cenizas para espolvorear en el agujero. Lo poquito que se ve hacia abajo ya es más de lo que le apetece a uno ver. Y un Ford Stomper resplandeciente aparcado delante de la casa. Y nos graban en vídeo mientras nosotros los grabamos a ellos en vídeo» (Jonathan Franzen, Las correcciones).
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27 de febrero de 2013
«Adriano IV (de nombre Nicolás Breakspeare, 1100-1159 ). Papa número 169 de la Iglesia católica, de 1154 a 1159. Nicolás Breakspeare, el único papa de nacionalidad inglesa de la historia, se traslada en su juventud a Francia para seguir sus estudios, tomando el hábito agustino e ingresando en el monasterio de San Rufus (Avignon), donde en 1137 se convirtió en su abad. En 1146 es nombrado, por Eugenio III, cardenal obispo de St Albans, y en 1152 legado pontificio en Escandinavia, donde estableció, en Trondheim, la sede arzobispal de Noruega y en Upsala la sede arzobispal de Suecia. A su vuelta a Roma en 1154 recibe el apelativo de “apóstol del Norte”, y tras la muerte de Anastasio IV fue elegido por unanimidad su sucesor, siendo consagrado el 18 de junio de 1155. […] El 1 de septiembre de 1159, el papa, que se encontraba en Anagni, se acercó a la fuente de la plaza del pueblo para beber agua, pero insólitamente una mosca entró en su garganta, y al no poder extraérsele, el papa falleció de asfixia» (Wikipedia) [Hallazgo de Jordi Mestre].
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25 de febrero de 2013
«–Bien sé firmar mi nombre –respondió Sancho–, que cuando fui prioste en mi lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que decía mi nombre; cuanto más, que fingiré que tengo tullida la mano derecha, y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto más, que el que tiene el padre alcalde… Y, siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; y, siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado» (Miguel de Cervantes, El Quijote).
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23 de febrero de 2013
«En cuanto una empresa adquiere un poco de envergadura, ¡se encuentra expuesta ipso facto a mil intrigas hostiles, solapadas, sutiles, incansables!… ¡No se puede negar!… La fatalidad trágica penetra en sus propias filas… vulnera poco a poco la trama, tan íntimamente, que para escapar al desastre, no acabar malparados, los capitanes más astutos, los conquistadores más chulánganos no pueden ni deben contar, en definitiva, sino con un raro milagro… Tal es la naturaleza y la antigua y verídica conclusión de los progresos más admirables… ¡Nada que rascar en las cartas!… el genio humano no tiene potra… ¿La catástrofe de Panamá?… ¡Es la lección universal!… ¡debe inspirar arrepentimiento a los más caraduras!… ¡hacerlos reflexionar con ganas sobre la ignonimia de la suerte!… ¡las turbias primicias de la mala pata! ¡Huah! Las maldades contingentes… El destino se jala las oraciones como el sapo las moscas… ¡Salta por ellas! ¡Las aplasta! ¡Se las cepilla! ¡Se las traga! Se relame, le repiten en bolitas minúsculas, exvotos para la señora casadera» (Louis-Ferdinand Céline, Muerte a crédito) [Hallazgo de Luis García Foronda].
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21 de febrero de 2013
«Desde la mañana se cerraban los postigos y las ventanas y, en esas cuatro pequeñas habitaciones oscuras, los Karín vivían hasta la noche, sin salir, asombrados por los ruidos de París, y respiraban con desazón los malos olores de los fregaderos, de las cocinas, que subían del patio. Iban, venían, de una tarde a otra, silenciosos, como vuelan las moscas de otoño cuando el calor, la luz y el verano han pasado penosamente, cansadas, irritadas, arrastrando sus alas muertas contra los vidrios» (Irene Nemirovsky, Las moscas del otoño) [Hallazgo de Pilar Cabello].
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20 de febrero de 2013
«Más grosera es la metáfora que sobrevive aún en los cursos de sanidad pública, donde habitualmente se describe la enfermedad como una invasora de la sociedad, y a los esfuerzos por reducir la mortalidad de una determinada enfermedad se lo denomina pelea, lucha, guerra. Las metáforas militares cobraron auge a principios del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial y, después de la guerra, contra la tuberculosis. Un ejemplo de la campaña italiana contra la tuberculosis de los años veinte, es un póster titulado “Guerre alle Mosche” (Guerra a las moscas), que ilustra los efectos letales de las enfermedades transmitidas por las moscas. Las moscas aparecen como aviones enemigos que arrojan bombas mortíferas sobre la población inocente. Cada bomba lleva un texto» (Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas).
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19 de febrero de 2013
«No basta con llevar quepis para mandar, también hay que tener tropas. Bajo el clima de Fort-Gono, los mandos europeos se derretían más deprisa que la mantequilla. Allí un batallón era algo así como un terrón de azúcar en el café: cuanto más mirabas, menos lo veías. La mayoría del contingente estaba siempre en el hospital, durmiendo la mona del paludismo, atiborrado de parásitos por todos los pelos y todos los pliegues, escuadrones enteros tendidos entre pitillos y moscas, masturbándose sobre las sábanas enmohecidas, inventando trolas infinitas, de fiebre en accesos, escrupulosamente provocados y mimados. Las pasaban putas, aquellos pobres tunelas, pléyade vergonzosa, en la dulce penumbra de los postigos verdes, chusqueros pronto desencantados, mezclados –el hospital era mixto– con los modestos dependientes de comercio, que huían, unos y otros, acosados, de la selva y los patronos» (Louis Ferdinand-Céline, Viaje al fin de la noche) [Hallazgo de Cumbres sin ecos].
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16 de febrero de 2013
«Querida:
Me siento muy orgulloso de que cumplas con tus obligaciones. ¿Me puedes dar un poco más de detalles acerca de tus lecturas en francés? Me da gusto que te encuentres feliz pero nunca he creído mucho en la felicidad. Nunca creí tampoco en la miseria. Esas son cosas que ves en el escenario o en la pantalla o en las páginas impresas, no suceden realmente en la vida.
Lo que sí creo en la vida son las recompensas por la virtud (de acuerdo con tus talentos) y los castigos por no cumplir con tu deber, que son doblemente costosos. Si hay un volumen en la librería del campamento, pregunta a la Sra. Tyson que te deje buscar por un soneto de Shakespeare que contiene las líneas: “Lillies that fester smell far worse than weeds”.
No he tenido pensamientos hoy; la vida parece tratarse de componer una historia para el correo del sábado. Pienso en ti, y siempre con cariño.
Arreglaré la cuenta del campamento.
Tontamente, concluyo.
Cosas de qué preocuparse: Preocúpate por el valor. Preocúpate por la limpieza. Preocúpate por la eficiencia. Preocúpate por la equitación. Preocúpate por…
Cosas para no preocuparse: No te preocupes por la opinión popular. No te preocupes por las muñecas. No te preocupes por el pasado. No te preocupes por el futuro. No te preocupes por crecer. No te preocupes porque alguien te aventaje. No te preocupes por el triunfo. No te preocupes por el fracaso a menos que sea tu propia culpa. No te preocupes por los mosquitos. No te preocupes por las moscas. No te preocupes por los insectos en general. No te preocupes por los padres. No te preocupes por los niños. No te preocupes por las decepciones. No te preocupes por los placeres. No te preocupes por las satisfacciones.
Cosas qué pensar: ¿Qué estoy buscando realmente? ¿Qué tan buena soy en comparación con mis contemporáneos en cuanto a…? (a) erudición, (b) ¿realmente entiendo a las personas y soy capaz de llevarme bien con ellas? (c) ¿estoy tratando de hacer de mi cuerpo un instrumento útil o lo estoy desperdiciando?
Con el amor más cariñoso, papá» (Francis Scott Fitzgerald, carta del 8 de agosto de 1933 a su hija Scottie).
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15 de febrero de 2013
«Laura había visto acrecentarse en las últimas semanas su número de paseos por la orilla del río o por el dédalo húmedo de Santa Cruz, por donde Belaval pululaba escoltado por sus moscas de la guarda, por nubes de centinelas roncas, entretenido en dialoga con ellas, en discutir minucias sobre la historia pretérita y porvenir del mundo, sobre la mosca coja que velaba la almohada de Alejandro de Macedonia y que le acompañó a Persia y que se poso sobre su cabeza el mismo día que lo coronaron dios en el borde del Nilo; hablaban de la mosca dócil y laboriosa que era la única compañía de Kierkegaard y que él miraba a la luz fluctuante de una bujía en las tardes angustiosas en que no estaba seguro de saber interpretar las Escrituras; de la mosca traviesa que rebozaba el vientre sobre el tintero de Shakespeare y luego manchaba con su vuelo intermitente el manuscrito de Hamlet; de la mosca asesina que ofuscó la visión de T.E. Lawrence y le hizo pulverizar su vida contra una cuneta; de la mosca que visitaba el anillo cardenalicio de César Borgia; de la mosca resignada que sepultaron en el mismo ataúd de Virginia Woolf y que ocupó el orificio derecho de su nariz; de la mosca que vio Lord Byron cruzar la luna arenosa de Grecia; de la mosca que supervisó el ejercicio amatorio del que Napoleón Bonaparte fue engendrado; de las cinco moscas que asintieron a la planificación del homicidio de César; de la mosca que rozó la uña meñique de Aristóteles un instante antes de que concibiera la sutil distinción entre acto y potencia; de la mosca que Lao-Tse acabó reencarnado; de la mosca que enjugó la última gota de sudor de Mozart antes de que la fiebre lo estrangulara» (Luis Manuel Ruiz, El criterio de las moscas).
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13 de febrero de 2013
«–Vergüenza asimismo de deber su futuro amor a mi despreciable encumbrada posición, adquirida merced a la astucia y despiadado aplastamiento. Ex ministro, sub-bufón general, comendador de ya no sé qué, sí, sí sé de qué, fue por la belleza de la cosa. Una pizca comediante –sonrió simpático–. Sí, héteme a mí, Solal decimocuarto de los Solal, encanallado subsecretario general de la Sociedad de Naciones, lamentable importante de la colmena bordoneante y sin miel, colmena de los zánganos, sub-zángano general, sub-mosca general de inútiles aleteos. Dígame qué hago yo en medio de estos maniquíes políticos, ministros y embajadores, desalmados todos, todos imbéciles y astutos, todos dinámicos y estériles» (Albert Cohen, Bella del Señor) [Hallazgo de El baúl la Piquer].
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11 de febrero de 2013
«–Háblame antes de amor, dime algo bonito.
Yo la miraba abrumado, sin saber qué decir.
–¿No te inspiro entonces ninguna frase, nada?
–Pues, no sé…
–Mira alrededor: el mundo está lleno de cosas y cada cosa esun mundo. Háblame del sol, de mis ojos, del aire, de las moscas. Para los enamorados, todos los temas son interesantes. Pero, si quieres, nos callamos» (Luis Landero, El guitarrista).
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9 de febrero de 2013
«–Pero ahora estamos precisamente en el mundo espiritual –prosiguió Stephen–. El deseo y la repulsión excitados por medios no puramente estéticos no son emociones estéticas, no sólo por su carácter cinético, sino también por su naturaleza simplemente física. Nuestra carne retrocede ante lo que le espanta y responde al estímulo de lo que desea por una simple acción refleja del sistema nervioso. Nuestros párpados se cierran antes de que tengamos conciencia de que una mosca está a punto de entrarnos en el ojo» (James Joyce, Retrato del artista adolescente).
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8 de febrero de 2013
«Su cuerpo funcionaba como un fuelle y el aire le silbaba en los ollares, y como el saco que Eulo dio a Ulises, parecía estar lleno de tempestades. Se sacudió las moscas de la cabeza y tiró del arado unos cuantos metros» (John Cheever, Granjero de verano).
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6 de febrero de 2013
«Desde pequeña Carmen Morales tuvo la misma habilidad manual que la caracterizó el resto de su vida, cualquier objeto entre sus dedos perdía la forma original y se transformaba. Podía fabricar collares con fideos de sopa, soldados con tubos de papel higiénico, juguetes con carretes de hilo y cajas de fósforo. Un día, jugando con tres manzanas, descubrió que podía mantenerlas todas en el aire sin ninguna dificultad, pronto hacía malabarismo con cinco huevos y de eso pasó naturalmente a objetos más exóticos.
–Lustrando zapatos se suda mucho y se gana poco, Greg. Aprende alguna gracia y trabajamos juntos. Yo necesito un socio –le ofreció a su amigo. Después de innumerables huevos reventados quedó en evidencia la torpeza de Gregory. No logró dominar ningún truco interesante, fuera de mover las orejas y comer moscas vivas, pero tocaba la armónica con buen oído. Oliver resultó más talentoso, le enseñaron a caminar en dos patas con un sombrero en el hocico y a sacar papeles de una caja. Al comienzo se los tragaba, pero después aprendió a pasarlos con delicadeza al cliente» (Isabel Allende, El plan infinito) [Hallazgo de Carmen Garcés].
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5 de febrero de 2013
«Mi padre había dejado algunas deudas, y carecía de dinero, y ella, desde el primer día, hizo muchas amistades, empezó a presumir y a jugar a las cartas, y tuve que hipotecar la hacienda. Se conducía muy mal, y eres tú, entre todos mis vecinos, el único que no ha sido su amante. Al cabo de dos años, para que me dejase, le di todo cuanto entonces tenía, y se fue a la ciudad. Sí… Y ahora le paso dos mil rublos al año. ¡Es una mujer horrible! Es una mosca que pone su larva en la espalda de la araña de tal modo, que ésta no se la puede sacudir; la larva se agarra a la araña y le chupa la sangre del corazón. Lo mismo hace esta mujer: se ha agarrado a mí y me chupa la sangre. Me odia y me desprecia porque cometí la estupidez de casarme con ella» (Anton Chejov, Vecinos).
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2 de febrero de 2013
«MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.
EL PRESO: No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo!
MAX: ¡Barcelona es cara a mi corazón!
EL PRESO: ¡Yo también la recuerdo!
MAX: Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días, un patrono muerto, algunas veces, dos… Eso consuela.
EL PRESO: No cuenta usted los obreros que caen…
MAX: Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva» (Valle-Inclán, Luces de bohemia).
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31 de enero de 2013
«Una noche, cuando regresaba a casa, en la alameda me entró una mosca en el ojo. Me detuve bajo una farola, me bajé el párpado sobre el ojo y lo sostuve firmemente por las pestañas. Luego me soné. Mi abuelo aprendió esta receta en el campo de internamiento. Y dio buen resultado, al sonarme empujé a la mosca hasta el rabillo del ojo, y de allí me la quité con la mano. El ojo empezó a lagrimear, necesitaba un pañuelo. Y entonces me percaté de que mi bolso se había quedado en el autobús. Papá sólo tiene en mente su motor, seguro que no volverá. Y di media vuelta» (Herta Müller, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma).
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30 de enero de 2013
«Siempre que recuerdo cómo era el New York Daily News en los tiempos en que empecé a trabajar allí, las primeras imágenes que me vienen a la cabeza son las tiras de cómic a color que aparecían en el suplemento de los domingos. Dick Tracy era una de ellas. Todos recordamos, espero, a Dick con su mandíbula en ángulo recto, su sombrero amarillo y su radio de pulsera; el detective de una extraña ciudad en la que los policías siguen llevando leguis bien entrados en la década de los cincuenta. Las coloridas fuerzas policiales están perpetuamente envueltas en una turbia batalla contra bandas de grotescos criminales mutantes. El detective Tracy es duro pero justo. Quizás la tragedia de sus propios rasgos brutalmente geométricos le ayudaba a comprender la desesperada rebelión de aquellos deformes bandidos autóctonos.
Solo Dios sabe hasta qué punto la vida debía de ser un martirio para Flattop –llamado así, “cabeza plana”, por el contorno de ésta, no por su peinado– o para Poet, que sufría una compulsión neurológica que lo llevaba a resumir su situación en ripios: “Así son las cosas con mastuerzos, a balazos destruyen tus esfuerzos”. Y más triste todavía era la cruz que llevaba su jefe, Flyface, “cara de mosca”, de cuya cara, por decirlo sin rodeos, nacían moscas» (Robert Stone, Recordando los sesenta).
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29 de enero de 2013
«–Los ingleses son muy estúpidos –dijo Poirot–. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
–Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton –exclamó Harrison–. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.
Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.
–¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.
–La vida de una mosca no es asunto mío –repuso Poirot plácidamente–. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas» (Agatha Christie, Nido de avispas) [Hallazgo de Carmen Garcés].
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26 de enero de 2013
«A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul; vocales / contaré algún día vuestro latente nacimiento: / A negro corsé velludo de brillantes moscas / que pululan en torno a crueles hedores, / golfos de sombra: / E, candor de los vapores y los toldos, / lanzas de altivos glaciares, reyes blancos, temblor de umbelas; / I, púrpuras, sangre escupida, risa de hermosos labios / en la cólera o en las borracheras penitentes; / U, ciclos, vibraciones divinas de mares verdosos, / paz de las dehesas sembradas de animales, paz de las arrugas / que la alquimia imprime en las anchas frentes estudiosas; / O, supremo clarín de estridores extraños, / silencios atravesados por mundos y ángeles: / -O, la Omega, rayo violeta de sus ojos» (Arthur Rimbaud, Vocales).
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25 de enero de 2013
«A finales de junio se inauguró la exposición de Bertrand Bredane, a quien yo había apoyado desde el principio con obstinación; para gran sorpresa de Marie-Jeanne, que se había acostumbrado a mi indiferente docilidad, y a quien le repugnaban las obras de ese género. No se trataba exactamente de un artista joven, ya tenía cuarenta y tres años, y físicamente estaba más bien consumido; recordaba bastante al personaje del poeta alcohólico de El gendarme de Saint–Tropez. Se había dado a conocer, sobre todo, dejando pudrirse pedazos de carne en las bragas de mujeres jóvenes, o criando moscas en sus propios excrementos, que luego soltaba en las salas de exposición. Nunca había tenido mucho éxito, no pertenecía a las redes adecuadas, y se empeñaba en una vena trash un poco pasada» (Michel Houellebecq, Plataforma).
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23 de enero de 2013
«Lo que el doliente Gately recuerda balbuceando bajo el sopor del sueño es el modo especial y acertado con que el PM trataba a las moscas que entraban en la cocina. No utilizaba matamoscas ni periódicos enrollados. Tenía manos rápidas el PM, gruesas, blancas y rápidas. Las atrapaba en cuanto se posaban en la mesa. A las moscas. Pero de un modo controlado. No lo suficiente para matarlas. Era muy controlado y atento al respecto. Les daba como para atontarlas. Entonces las cogía con suma precisión y les arrancaba un ala o una pata, algo importante para la mosca. Echaba el ala o la pata en el cubo de basura abriendo muy deliberadamente la tapa con el pedal y depositaba la minúscula alita o patita en el cubo doblando la cintura. El recuerdo es involuntario y claro. El PM se lavaba las manos en el fregadero con un detergente verde. Hacía caso omiso a la mosca mutilada y la dejaba dar círculos enloquecidos sobre la mesa hasta que quedaba pegada en algún sitio pringoso de cerveza o se caía al suelo de la cocina. La conversación con el PM que Gately vuelve a experimentar en detalle minucioso y onírico era que el PM, al cabo de cinco Heinekens, le explicaba que incapacitar una mosca era mucho más eficaz que matarla. Una mosca se había atascado en un sitio pegajoso de Heineken y agitaba las alas mientras el PM explicaba que una mosca bien lisiada emitía pequeños sonidos de dolor y miedo. Los seres humanos no podían oír los chillidos aterrados de una mosca amputada, pero podías apostarte el culo a que las demás moscas los oían y esos chillidos de las colegas cercenadas las mantenían lo mas lejos posible» (David Foster Wallace, La broma infinita).
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22 de enero de 2013
«Se despertó tarde y no bajó a la ciudad hasta después de comer. Le cosió malgastar la tarde paseando por el viejo barrio gremial que rodea el Borne. Las viejas callejas tejen un laberinto a veces umbrío, a veces bañado por un sol filtradizo y cariñoso con las piedras grises. Los bordes gastados de las casas, los jaramagos crecidos en cualquier grieta donde la arenisca de la erosión dejó blanduras para las raíces, los escudos heráldicos sobre los portales, el silencio sólo roto por el forcejeo de los mozos de almacén o el tañido de herramientas lejanas, fugitivo de los portones entreabiertos de hondos talleres iluminados por bombillas de veinticinco watios, bombillas ciegas por las cagadas de mosca y la película de un polvo antañoso. Los coches permanecían aparcados en las calles menos estrechas, pero apenas circulaban. Bebió agua en la fuente situada frente a la Iglesia de Santa María del Mar, compró aceitunas de distintas clases en una tienda de pesca salada y se las fue comiendo en compañía de un panecillo tierno que había encontrado solitario, casi abandonado en la despoblada alacena de la primera panadería abierta de la tarde» (Manuel Vázquez Montalbán, Tatuaje).
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19 de enero de 2013
«Luego, de pronto, conseguí vengarme de la manera más sencilla y genial. Fue una idea luminosa. A veces, los días de fiesta, iba a pasear por la avenida Nevsky. Daba mi paseo a eso de las cuatro, por la acera en la que daba el sol. En verdad, no se trataba de un verdadero paseo, de un esparcimiento, pues durante él experimentaba tormentos indecibles, humillaciones e incluso ataques de hígado. Pero esto era precisamente, me parece a mí, lo que buscaba en aquel lugar. Semejante a un insecto, me deslizaba del modo más vil entre los transeúntes, cediendo continuamente la acera a los generales, a los oficiales de guardia, a los húsares, a las damas hermosas. Sentía verdaderos espasmos en el corazón y escalofríos a lo largo de la espina dorsal cuando pensaba en el lamentable estado de mi ropa en el aspecto bajo y vulgar que debía tener mi agitada e insignificante persona. Era un verdadero suplicio, una humillación continua, que me inspiraba el claro convencimiento de que yo era una simple mosca en medio de tanta elegancia, una repulsiva mosca, superior, desde luego, a toda aquella gente en inteligencia, en nobleza, pero constantemente ofendida, continuamente humillada y siempre obligada a ceder» (Fiódor Dostoievski, Memorias del subsuelo).
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18 de enero de 2013
«Ahora el pescador alza la cabeza, mira en derredor como si también él hubiera oído. De la cercana cabaña llegan dos o tres golpecitos secos de origen misterioso. Dentro de ella se ha quedado encerrada una vieja mosca. Se ha despistado y da vueltas, vacilante, por la estancia. De cuando en cuando se para y se queda escuchando. Sus compañeras han desaparecido. Quién sabe dónde habrán ido. Extraña, esta atmósfera pesada.
La mosca no se da cuenta de que es otoño, golpea aquí y allá. Se oyen los pequeños choques de su cuerpo gordo que tropieza contra el ventanuco. Al fin y al cabo, no hay ninguna razón para que las otras se hayan ido. A través de los cristales se alcanza a ver una nube de tormenta» (Dino Buzzati, Tormenta en el río).
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16 de enero de 2013
«En Amezqueta entraron en la posada próxima al juego de pelota. Llovía, hacía frío y se refugiaron al lado de la lumbre. Había entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, sacó su gran pañuelo a cuadros y comenzó a dar con él en las mesas y en las sillas, como si estuviera espantando moscas.
–¿Qué hay? –le dijo Martín–. ¿Qué hace usted?
–Estas moscas fastidiosas –contestó el campesino seriamente.
–Pero si no hay moscas.
–Sí las hay, sí –replicó el hombre, dando de nuevo con el pañuelo.
El posadero advirtió, riendo, a Martín y a Bautista que, como en Amezqueta había tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban, en broma, _euliyac_ (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso sacudía las mesas y las sillas con el pañuelo, al entrar dos amezquetanos» (Pío Baroja, Zalacaín el Aventurero).
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15 de enero de 2013
«Se mete en la tina. Una mosca vuela en el vidrio. No, dos, en la ventana de vidrios esmerilados del baño donde hay una botella azul de leche de magnesia que hoy tiñe de azul, no de verde, el agua del baño. Dos moscas peleándose. No, no peleándose. Haciendo el amor. Sí, las ve, no lo temen como las que no hacen el amor y salen espantadas, éstas se quedan, no lo ven, una montada encima de la otra brevemente, sacudiéndose, las alas vibrando, ese zumbido brevísimo, y zas, la mosca de arriba se va y la de abajo queda sobándose las patas y las alas y el cuerpo verdoso y velludo de una manera tan especial. Ella quedará así. Sobándose las patas después que él la deje. Y se agita entero dentro del agua que lo roza, que lo recorre con sus millones de dedos apenas tibios y limpios» (José Donoso, Este domingo).
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11 de enero de 2013
«Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada» (Augusto Monterroso, La mosca que soñaba que era un águila).
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10 de enero de 2013
«Cuando descubro que hay moscas en la habitación comienza a torturarme la idea de que el ataúd ha quedado lleno de moscas. Todavía no se han clavado, pero me parece que ese zumbido que confundí al principio con el rumor de un ventilador eléctrico en el vecindario, es el tropel de las moscas golpeando, ciegas, contra !as paredes del ataúd y la cara del muerto. Sacudo la cabeza; cierro los ojos; veo a mi abuelo que abre un baúl y saca algunas cosas que no alcanzo a distinguir; veo en la cama las cuatro brasas sin nadie de los tabacos encendidos. Acosado por el calor sofocante, por el minuto que no transcurre, por el zumbido de las moscas, siento como si alguien me dijera: “Estarás así. Estarás dentro de un ataúd lleno de moscas. Apenas vas a cumplir once años, pero algún día estarás así, abandonado a las moscas dentro de una caja cerrada”. Y estiro las piernas juntas, y veo mis propias botas negras y lustradas. “Tengo un cordón suelto”, pienso, y vuelvo a mirar a mamá. Ella también me mira y se inclina a atarme el cordón de la bota» (Gabriel García Márquez, La hojarasca).
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8 de enero de 2013
«Las moscas imaginaron a su dios. Era otra mosca. El dios de las moscas era una mosca, ya verde, ya negra y dorada, ya rosa, ya blanca, ya purpúrea, una mosca inverosímil, una mosca bellísima, una mosca monstruosa, una mosca terrible, una mosca benévola, una mosca vengativa, una mosca justiciera, una mosca joven, una mosca vieja, pero siempre una mosca. Algunos aumentaban su tamaño hasta volverla enorme como un buey, otros la ideaban tan microscópica que no se la veía. En algunas religiones carecía de alas (“Vuela, sostenían, pero no necesita alas”), en otras tenía infinitas alas. Aquí disponía de antenas como cuernos, allá los ojos le comían toda la cabeza. Para unos zumbaba constantemente, para otros era muda pero se hacía entender lo mismo. Y para todos, cuando las moscas morían, los conducía en vuelo arrebatado hasta el paraíso. Y el paraíso era un trozo de carroña, hediondo y putrefacto, que las almas de las moscas muertas devoraban por toda la eternidad y que no se consumía nunca, pues aquella celestial bazofia continuamente renacía y se renovaba bajo el enjambre de las moscas. De las buenas. Porque también había moscas malas y para éstas había un infierno. El infierno de las moscas condenadas era un sitio sin excrementos, sin desperdicios, sin basura, sin hedor, sin nada de nada, un sitio limpio y reluciente y para colmo iluminado por una luz deslumbradora, es decir, un lugar abominable» (Marco Denevi, El Dios de las moscas).
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4 de enero de 2013
«A unos treinta metros de donde comenzaban las hierbas altas yacía el león, aplastado contra el suelo. Tenía las orejas gachas y el único movimiento que se permitía era sacudir arriba y abajo su larga cola de pelo negro. Se había puesto en guardia nada más llegar a ese escondite; sentía náuseas a causa de la herida en el vientre, y la herida de los pulmones lo había debilitado, haciendo aflorar una fina espuma roja en la boca cada vez que respiraba. Tenía los flancos mojados y calientes, y las moscas se arremolinaban en torno a los pequeños orificios que las balas habían abierto en su pellejo pardo; sus grandes ojos amarillos, entrecerrados con odio, miraban en línea recta, y solo parpadeaban cuando le llegaba el dolor, al respirar, y sus garras se clavaban en la tierra blanda y recocida. Todo él, dolor, náusea, odio y todas las fuerzas que le restaban, se tensaban en una concentración absoluta para cuando hubiera que atacar» (Ernest Hemingway, La breve vida feliz de Francis Macomber).
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3 de enero de 2013
«El pequeño Hans Castorp contemplaba esa materia lisa, amarilla como la cera y de una consistencia caseiforme, de que estaba hecha aquella figura mortuoria de tamaño natural, con el rostro y las manos del que había sido su abuelo. Una mosca acababa de posarse sobre la frente inmóvil y comenzó a agitar sus patitas. El viejo Fiete la espantó con precaución evitando tocar la frente, con expresión sombría, como si no debiese ni quisiera saber lo que hacía. Su expresión se debía aparentemente al hecho de que el abuelo ya no era más que un cuerpo inerte. Pero después de un vuelo ondulante, la mosca se posó bruscamente sobre los dedos del abuelo, cerca del crucifijo de marfil. Y mientras esto ocurría, Hans Castorp creyó respirar, con mayor distinción que hasta aquel momento, la emanación débil y extrañamente persistente que conocía de otras veces que, con gran confusión, le recordaba a un camarada de clase afligido de un mal extraño y por esa causa evitado por todos, y que el olor de las tuberosas tenía por objeto encubrir, sin conseguirlo, a pesar de su penetración y austeridad» (Thomas Mann, La montaña mágica).
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31 de diciembre de 2012
«Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas…» (Julio Cortázar, Rayuela).
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29 de diciembre de 2012
«Hasta el mozo del comedor podía comprender, desde el rincón junto a la heladera donde se espantaba las moscas y el calor con la servilleta, que a aquel bicho raro no le importaba ni una sílaba de lo que yo decía. Le eché una mirada con un solo ojo, desde el calor del pocillo de café» (Juan Carlos Onetti, Un sueño realizado).
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28 de diciembre de 2012
«Voy a Segovia. Día de calor en Castilla. Calor seco, crepitante. Los rastrojales de la tierra campa parecen quemados. El aire es rutilante. El polvo tiene una blancura mágica. Cuando llego a los soportales de la plaza siento una agradable sensación de sombra. Es antes de comer. Me siento en un café y pido un vermut. Me traen un gran plato de patatas fritas. Alguna mosca que revolotea. Veo que todos –señoritos y señoritas distinguidos, jóvenes oficiales de rectas espaldas– comen unos platos enormes de patatas fritas. Más de una mosca vuela de plato en plato. ¿Por qué come, la gente de Segovia, tantas patatas fritas? El rouge, muy ligero, de los labios femeninos presenta, con el aceite de las patatas, un matiz de paleta grasa que pictóricamente no me desagrada» (Josep Pla, El cuaderno gris).
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20 de diciembre de 2012
«Alguna gente es joven y nada más / alguna gente es vieja y nada más. / Y alguna gente está en el medio / sólo en el medio. / Y si las moscas usaran ropa / y todos los edificios ardieran en / fuego dorado, / si el cielo se sacudiera como / en la danza del vientre / y todas las bombas atómicas empezaran a / gritar, / alguna gente sería joven y nada más / y alguna gente sería vieja y nada más y el resto sería lo mismo, / el resto sería lo mismo. / Los pocos diferentes / son eliminados bastante rápido / por la policía, por sus madres, sus / hermanos, y otros / por sí mismos. / Lo que queda es lo que / ves / es duro» (Charles Bukowski, Nota sobre la construcción de las masas).
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18 de diciembre de 2012
«Nos apoyamos en el porche de madera de una tienda destartalada con sacos de harina y pinas frescas rodeadas de moscas sobre el mostrador. Había una lámpara de petróleo y fuera unas cuantas luces mortecinas más, y el resto era oscuridad, oscuridad y oscuridad. Estábamos tan cansados que teníamos que dormir fuera como fuera y llevamos el coche por un camino de tierra hasta las afueras del pueblo. Hacía un calor tan increíble que era imposible dormir. Dean cogió una manta y se tumbó sobre la suave y caliente tierra del camino con ella debajo. Stan se estiró en el asiento delantero del Ford con las dos puertas abiertas para hacer corriente, pero no corría el más leve soplo de aire. Yo, en el asiento de atrás estaba bañado en sudor. Me bajé del coche y anduve vacilante en la oscuridad» (Jack Kerouac, En el camino).
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13 de diciembre de 2012
«El día de los pechos y las pequeñas caderas / la ventana acribillada por una desapacible lluvia, / lluvia arreciando como un pastor, / nos acoplamos tan cuerdas y tan locas. / Yacimos como cucharas mientras la siniestra / lluvia caía como moscas sobre nuestros labios / y sobre nuestros ojos felices y nuestras pequeñas caderas» (Anne Sexton, Canción para una dama).
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11 de diciembre de 2012
«Las seis y cuarto, el paraguayo quién sabe pero Colombo seguro que anda sin guita ¿de qué se las tira? mirando el partido de billar en el bar de la estación, el pueblo podrido de Merlo sin comercio ni un corno. Disimulando se lo digo «Colombo, ¿por qué no venís en las vacaciones conmigo a Paraná?» mi vieja me mata si lo llevo y Colombo «no, yo me la paso bien en La Pampa, los tres meses en el campo», «pero venite a Paraná que pescamos todo el día», macanas, y el turro se queda callado y yo con todo disimulo «un año me invitas vos y otro te invito yo» en el campo, este turro se queda callado mirando una mosca que pasa en el billar de la estación de Merlo, cuesta creerlo pero no hay comercio, si mi hermano trajera la tienda aquí a Merlo no tendría competencia» (Manuel Puig, La traición de Rita Hayworth).
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9 de diciembre de 2012
«Hay gente que está podrida, más gente de la que pensamos. Por el día parecen normales, pero cuando están dormidos, los insectos que habitan en su interior salen a la superficie por los orificios y los esfínteres. Hace ya muchos años yo tenía trato con una duquesa muy vieja que nunca me dejaba quedarme a dormir. Yo insistía pero ella siempre se negaba. Hasta que una noche, cargados de vino, fue ella la que se quedó dormida. A medianoche me desperté con el cuerpo cubierto de langostas. Enjambres de moscas sin malas salían de su boca, de sus orejas, de sus narices y hasta de su coño. En uno de sus ojos habitaba una especie de cucaracha que levantaba el párpado como si fuera ropa de cama, sacaba sus antenas, reconocía el medio y volvía a entrar, como si no estuviera interesada en el exterior» (Antonio Orejudo, Reconstrucción).
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8 de diciembre de 2012
«Ahora, terminada la cena, nos retiramos a nuestra habitación, situada en una parte remota de la casa, donde mi amiga duerme en una cama de hierro cubierta con una vieja colcha y pintada de rosa, su color favorito. Silenciosamente, entregados a los placeres de la conspiración, sacamos la bolsa de su escondrijo y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de a dólar apretadamente enrollados y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de a cincuenta centavos, lo bastante pesadas para mantener cerrados los ojos de un muerto. Hermosas piezas de a diez, la moneda más viva, la que realmente tintinea. Níqueles y cuartos de dólar, pulidos por el uso como guijarros de arroyo. Pero, más que nada, un odioso montón de centavitos de color acre. El verano pasado los otros de la casa convinieron en pagarnos un centavo por cada veinticinco moscas que matáramos. ¡Oh, la carnicería de agosto, las moscas que volaron al cielo! Sin embargo, ése no era un trabajo que nos enorgulleciera. Y mientras estábamos sentados contando centavos, era como si volviéramos a hacer el recuento de moscas muertas. Ninguno de los dos tenía cabeza para los números; contábamos lentamente, nos equivocábamos, volvíamos a empezar. De acuerdo con los cálculos de mi amiga, tenía 12,73 dólares. Según los míos, exactamente 13 dólares» (Truman Capote, Un recuerdo navideño).
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6 de diciembre de 2012
«Polo sacó el sobre y de dentro un papel doblado que entregó a Suau. Éste lo desdobló con sus dedos manchados de pintura y empezó a leer. Era una hoja rayada que había envejecido en algún cajón con los bordes amarillentos y salpicada de diminutas cagadas de mosca» (Juan Marsé, Un día volveré) [Hallazgo de Jordi Mestre].
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5 de diciembre de 2012
«En verano las moscas humanas se reúnen en balnearios, apartamentos y hoteles. En su pulcro concierto, bailan a medianoche. O atacan, sin uñas. Su zumbada música es inconfundible. Marcel Proust decía que ellas componían pequeñas sinfonías que eran como la música de cámara del estío» (Enrique Vila-Matas, El País).
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1 de diciembre de 2012
«Cagada de mosca. Prototipo de la puntuación. Observa Garvinus que los sistemas de puntuación usados por los distintos pueblos que cultivan una literatura, dependían originalmente de los hábitos sociales y la alimentación general de las moscas que infestaban los diversos países. Estos animalitos, que siempre se han caracterizado por su amistosa familiaridad con los autores, embellecen con mayor o menor generosidad, según los hábitos corporales, los manuscritos que crecen bajo la pluma, haciendo surgir el sentido de la obra por una especie de interpretación superior a, e independiente de, los poderes del escritor. Los “viejos maestros” de la literatura, –es decir los escritores primitivos cuya obra es tan estimada por los escribas y críticos que usan luego el mismo idioma– jamás puntuaban, sino que escribían a vuelapluma sin esa interrupción del pensamiento que produce la puntuación. (Lo mismo observamos en los niños de hoy, lo que constituye una notable y hermosa aplicación de la ley según la cual la infancia de los individuos reproduce los métodos y estadios de desarrollo que caracterizan a la infancia de las razas.). Los modernos investigadores, con sus instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la puntuación de esos antiguos escritos, ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o “Musca maledicta”. Al transcribir esos viejos manuscritos, ya sea para apropiarse de las obras o para preservar lo que naturalmente consideraban como revelaciones divinas, los literatos posteriores copian reverente y minuciosamente todas las marcas que encuentran en los papiros y pergaminos, y de ese modo la lucidez del pensamiento y el valor general de la obra se ven milagrosamente realzados. Los autores contemporáneos de los copistas, por supuesto, aprovechan esas marcas para su propia creación, y con la ayuda que les prestan las moscas de su propia casa, a menudo rivalizan y hasta sobrepasan las viejas composiciones, por lo menos en lo que atañe a la puntuación, que no es una gloria desdeñable. Para comprender plenamente los importantes servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar una página de cualquier novelista popular junto a un platillo con crema y melaza, en una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante y el estilo más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición» (Ambrose Bierce, Diccionario del diablo).
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27 de noviembre de 2012
«Instrucciones: tómese el matamoscas por el mango, adóptese una actitud digna, marcial, elévese la mosca e iníciese la partida. Tiene usted dos saques, no golpee muy violentamente en el primero (en general ha de cuidarse la dulzura del golpe; recuerde que si destroza la mosca tendrá un tanto en su contra). Es siempre preferible recurrir al drop shot (o dejadita) y al globo que al smash iracundo por los riesgos antes señalados de aplastamiento de proyectil (consejo que desoyó el tenista apátrida Molina, conocido como el emperador del smash, que perdió todo los tantos de una partida por desaparición de mosca. Los jueces han de situarse perpendicularmente a la telaraña. No debe olvidarse que la esencia del juego es una cierta gracia o delicadeza y no ha de asestarse jamás el revés como si se tuviese en la mano una escafandra. Es particularmente necesario tener presente esto último en el juego más elegante: el juego con la mosca viva y las raquetas de seda con alama de aluminio. Donde quiera que esté la mosca hay un Wimbledon en potencia, esmerémonos» (Hugo Hiriart, Disertación sobre las telarañas).
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24 de noviembre de 2012
«Un entomólogo de Sant Celoni recorría el Montseny en busca de material para su licenciatura. Cerca de una instalación de apicultores empezó a interesarse por un animal velludo que emitía un zumbido penetrante. De nombre moscardón (abejorro macho de las abejas). Capturó unos cuantos, los pesó y los diseccionó. Observó el material y la disposición de las alas, su frecuencia de batida, la resistencia al aire. Cuando había reunido todos los datos, decidió ir a por nota.
El entomólogo se puso en contacto con un primo que trabajaba en la planta de aeronáutica de Casa, en Getafe, dedicada al avión europeo EADS. Le envió todos los datos recogidos en el Montseny para que los revisara en los ordenadores de la compañía y le proporcionaran la base científica del abejorro, que además podía serles útil porque tenía despegue vertical. Primera y contundente conclusión del programa de aerodinámica, ajeno a la zoología: la masa de aire desplazado por el moscardón es inferior al peso del mismo, es imposible que pueda volar. Hubo varias revisiones, cada vez más ingenieros se interesaron por el tema, pero el ordenador escupía siempre la misma respuesta. Conclusión científica propia de un cuento: hay que informar al moscardón de que no puede volar. Los datos lo confirman.
Apareció en su día otra versión del final, de origen italo-argentino: el moscardón vuela por convicción» (Josep Maria Ureta, El Periódico de Catalunya) [Hallazgo de Eladio Gutiérrez].
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22 de noviembre de 2012
«–Yo también fui combatiente, como Churchill –dijo el viejo–. Cuando le zurramos a España, yo estaba en la Marina. Sí, entonces era yo un maldito. ¿Qué tenía que perder? Nada. Después de la batalla de San Juan Hill, Teddy Roosevelt me sacó a patadas de la playa.
–Vamos, cuidado con el bordillo –dijo Wilhelm.
–Yo era curioso y quería ver qué pasaba. No tenía nada que hacer allí, pero tomé una lancha y llegué remando a la playa, pues nuestros muchachos habían muerto, y estaban allí tapados con la bandera americana para que no les picaran las moscas. Así que le digo yo al tipo de servicio, el centinela: “Vamos a echar una mirada a estos chicos. Quiero ver qué ha pasado aquí”, y dice él: “Ni hablar”, pero yo le convencí. Así que apartó la bandera y ahí estaban esos dos chicos, altos, los dos unos caballeros, con las botas puestas» (Saul Bellow, Carpe diem).
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20 de noviembre de 2012
«Animales… ¿ustedes se imaginan una plaza cubierta de moscas en pleno mediodía? ¿Se imaginan una ciudad llena de moscas zumbando por el aire?» (Raúl Santana, Diario de metáforas).
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18 de noviembre de 2012
«Esto ocurría en junio –escribe–, en la época de la mosca del pescado, cuando, como todos los años, la ciudad se cubre de tan efímeros insectos. Se levantan entonces nubes de moscas de las algas que cubren el lago contaminado y oscurecen las ventanas, cubren los coches y la farolas, [...] y cuelgan como guirnaldas de las jarcias de los veleros, siempre con la misma parda ubicuidad de la escoria voladora» (Jeffrey Eugenides, Las vírgenes suicidas).
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17 de noviembre de 2012
«La jueza, su jueza, mira a otra parte y frunce los labios. Se hace un largo silencio. Escucha el zumbido de la mosca que se supone que uno tiene que oír en estas ocasiones, pero resulta que no hay ninguna mosca en la sala» (J. M. Coetzee, Elisabeth Costello).
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15 de noviembre de 2012
«En la literatura de la época, por lo que sé, únicamente se encuentra sobre ese tema un pasaje de Nossack, en el que se dice que los reclusos, con sus trajes a rayas, a los que se utilizaba para eliminar los restos de los que fueron seres humanos, sólo podían abrirse camino con lanzallamas hasta los cadáveres que yacían en los refugios antiaéreos, tan densas eran las nubes de moscas que zumbaban a su alrededor, y que las escaleras y suelos de los sótanos estaban cubiertos de gusanos resbaladizos de un dedo de largo. Ratas y moscas dominaban la ciudad. Insolentes y gordas, las ratas correteaban por las calles. Pero todavía más repugnantes eran las moscas. Grandes, de reflejos verdes, como no se habían visto nunca. Daban vueltas como grumos por el asfalto, se posaban en los restos de pared copulando unas sobre otras y se calentaban, cansadas y hartas, en los cristales rotos de las ventanas. Cuando no podían volar ya, se arrastraban detrás de nosotros a través de las hendiduras más pequeñas, lo ensuciaban todo, y sus susurros y zumbidos eran le primero que oíamos al despertar. Esto sólo cesó a finales de octubre» (W.G Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción) [Hallazgo de José Manuel Bouzas].
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13 de noviembre de 2012
«Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares, / me evocáis todas las cosas. / ¡Oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril, / viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil! / ¡Moscas del primer hastío / en el salón familiar, / las claras tardes de estío / en que yo empecé a soñar! / Y en la aborrecida escuela, / raudas moscas divertidas, / perseguidas / por amor de lo que vuela, / -que todo es volar-, sonoras / rebotando en los cristales / en los días otoñales… / Moscas de todas las horas, / de infancia y adolescencia, / de mi juventud dorada; / de esta segunda inocencia, / que da en no creer en nada, / de siempre… Moscas vulgares, / que de puro familiares / no tendréis digno cantor: / yo sé que os habéis posado / sobre el juguete encantado, / sobre el librote cerrado, / sobre la carta de amor, /sobre los párpados yertos / de los muertos. / Inevitables golosas, / que ni labráis como abejas, / ni brilláis cual mariposas; / pequeñitas, revoltosas, / vosotras, amigas viejas, / me evocáis todas las cosas» (Antonio Machado, Soledades) [Hallazgo de Belén Vázquez].
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11 de noviembre de 2012
«Donde aparezca un cadáver, a los siete minutos exactos llega una mosca. Después aparece el forense, y a los 12 o 13, la policía. En este orden» (Ginés Morata, El País Semanal).
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10 de noviembre de 2012
«Al colocar insectos, escarabajos, moscas sobre búcaros de flores, cestos de fruta, más groseramente sobre restos de pan o de carne, el pintor manierista deja al consumidor de la representación con la duda: ¿ése que está posado sobre la manzana, será un animal pintado o será un verdadero insecto que se ha colado en la sala del museo para descansar sobre el cuadro? La mosca sobre la mesa se transfiere a la tabla pintada de madera flamenca u holandesa para hacer de centinela de la frontera entre deposición y exposición, entre razón y locura, entre vida y muerte. En el ángulo de un enorme lienzo blanco, el artista contemporáneo Tom Friedman pinta una única mosca. Al eliminar cualquier otra imagen y fingir que una mosca se ha posado sobre la superficie del cuadro, Friedman consigue la paradoja perfecta: transformar el cuadro en una mesa con naturaleza muerta, en el que las viandas han sido consumidas por completo y sobre la que a pesar de todo se posa indómita la mosca manierista, signo del pasado devastador del tiempo» (Ernesto L. Francalanci, Estética de los objetos). [Hallazgo de Luis Gil].
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8 de noviembre de 2012
«Ahora estoy en este colegio desde hace un año. Es primavera y no puedo salir. A lo mejor me dejan marchar en julio, pero todavía no lo sé. Ayer me llevaron a la sala de castigos. Dicen que en el recreo no puede andar uno solo paseando por el patio, que hay que jugar. Tampoco se puede andar de dos en dos. ¡La puta que los parió a todos! Yo quiero andar solo. A mí no me gusta jugar al fútbol ni al frontón ni al baloncesto. Me gusta jugar en el lavabo. Tampoco se puede, porque está también prohibido. Pero por las noches, cuando todos duermen, me levanto y voy a los lavabos y juego a la guerra. Durante el día cojo moscas, les arranco las alas y las guardo en una caja de cerillas. Por la noche meto las moscas en la pileta y abro el grifo, poquito a poco, muy despacito. Las moscas suben, huyen por la pileta arriba, pero yo las empujo para abajo con una pajita y se ahogan. Es la guerra. Se ahogan poco a poco. Un día me cazaron y me llevaron a la sala de castigos. Me llamaron marrano por andar tocando las moscas. ¿Y qué? Si no fuese por la guerra, me pudría de asco. Durante el invierno, como no había moscas, jugaba con trocitos de papel, pero no es tan bonito» (Carlos Casares, El juego de la guerra).
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6 de noviembre de 2012
«No podía ver el fondo, pero sí bastante bien el movimiento del agua hasta donde alcanzaba la vista, y entonces vi una sombra suspendida como una gruesa flecha penetrando en la corriente. Las mariposas sobrevolaban la superficie entrando y saliendo de la sombra del puente Si tras eso hubiese un infierno: la llama impoluta nosotros dos más allá de la muerte. Entonces sólo me tendrías a mí entonces sólo yo entonces nosotros dos entre la maledicencia y el horror cercados por la límpida llama. Crecía la flecha inmóvil, después tras un rápido giro la trucha atrapó una mosca en la superficie con esa especie de gigantesca delicadeza del elefante al recoger cacahuetes» (William Faulkner, El ruido y la furia).
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4 de noviembre de 2012
«Él, a sus treinta y tres años, había conocido muchas mujeres. Ninguna le había dado tanto placer como ella, un placer total, animal, sin restricciones, que después no le provocaba ni disgusto, ni fastidio, ni hastío. ¡Al contrario! Después de dos horas gastadas en obtener el máximo placer de sus cuerpos, permanecían desnudos, prolongando su intimidad carnal, saboreando la armonía establecida no sólo entre ellos, sino con todo lo que les rodeaba.Todo importaba. Todo tenía su sitio en un universo vibrante, hasta la mosca posada sobre el vientre de Andrée, que ella observaba con una sonrisa saciada de satisfacción» (George Simenon, La habitación azul).
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3 de noviembre de 2012
«EL PEDAGOGO.— ¡Cómo! Lo hemos encontrado en el camino de Delfos. Y cuando nos embarcamos en Itea, ya ostentaba su barba en el barco. En Nauplia no podíamos dar un paso sin tropezar con él, y ahora está aquí. Os parecerán, sin duda, simples coincidencias. (Espanta las moscas con la mano). Ah, encuentro a las moscas de Argos mucho más acogedoras que las personas. ¡Mirad ésas, miradlas! (Señala con la vista al IDIOTA). Tiene doce en el ojo como en una tartina, y sin embargo sonríe transportado, como si le gustara que le chupen los ojos. Y en realidad le sale por esas mirillas un jugo blanco que parece leche cuajada. (Espanta a las moscas). ¡Eh, basta ya, basta ya! Mirad, ahora las tenéis encima. (Las espanta). Bueno, estaréis cómodos vos que tanto os quejabais de ser extranjero en vuestro propio país, y estas bestezuelas os hacen fiestas, como si os reconocieran. (Las espanta). ¡Vamos, paz, paz, nada de efusiones! ¿De dónde vienen? Hacen más ruido que carracas y son más grandes que libélulas.
JÚPITER (que se había acercado).— No son sino moscas de la carne, un poco gordas. Hace quince años un poderoso olor de carroña las atrajo a la ciudad. Desde entonces engordan. Dentro de quince años tendrán el tamaño de ranitas». (Jean Paul Sartre, Las moscas) [Sugerencia de Manuela Pimentel].
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«Catalina permanece junto al ordenador, escuchando quizá el tableteo de sus teclas. Tal vez perciba el calor y las radiaciones que emite mi portátil. Vive en el interior de un pequeño cilindro de plástico cuyo techo está formado por una finísima tela metálica, para que respire, y cuya base tiene la forma de un plato en el que hemos extendido una lámina de agar (sustancia gelatinosa, un poco azucarada, ideal para que deposite los huevos) y un pellizco de levadura, a modo de alimento. Hoy, a las 13.00 horas, cumplirá 16 días de vida. Podemos decir que, si todo va bien, Cataliña se encuentra en la mitad de su existencia. Pero sigue ágil, copula con regularidad con Pruden, o Prudencio (el macho que le he dado de compañía, no es bueno que la mosca esté sola), come bien y tiene el abdomen lleno de huevecillos que deposita, al ritmo de uno por hora (día y noche), sobre la lámina de agar del receptáculo» (Juan José Millás, El País Semanal).
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30 de octubre de 2012
«–Creo que oigo a Ignatius que me llama. Será mejor que me vaya.
–¿Llamarte? —preguntó Santa–. ¿Qué quieres decir, Irene? Ignatius está a nueve kilómetros de aquí. Mira, ni siquiera le hemos ofrecido de beber al señor Robichaux. Prepárale algo, mujer, mientras voy a por Angelo.
La señora Reilly estudiaba ansiosamente su vaso, con la esperanza de encontrar en él una cucaracha o una mosca al menos» (John Kennedy Toole, La conjura de los necios).
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28 de octubre de 2012
«Los buenos escritores tocan la vida a menudo. Los mediocres la rozan rápidamente. Los malos la violan y la abandonan a las moscas» (Ray Bradbury, Fahrenheit 451).
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27 de octubre de 2012
«Porque en verano allí sólo vuelan los insectos: ese monte bajo, cubierto de brezo, carquesas y roble enano que no da sombra, guarda e irradia de tal forma el calor que los jóvenes y desprevenidos aguiluchos y cornejas que, abandonando sus frescas alturas, bajan al páramo en busca de comida (aromas sofocantes, vapores tósigos, misteriosos destellos) pierden a menudo sus sentidos y caen desvanecidos para servir de instantáneo pasto a un enjambre de moscas zumbantes, azuladas y plateadas que pueden devorarlo en menos de una hora con el frenesí y el fragor de una lluvia de cationes». (Juan Benet, Volverás a Región).
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25 de octubre de 2012
«Su cuarto era pequeño y encalado; las sillas, de olmo con asiento y respaldar de esparto; la mesa, virgen, sin adobo de barniz, y en medio, un pichel de vidrio aldeano con rosas; el balcón, a la sombra de un ala palpitante del toldo, y un postigo con red metálica que dejaba pasar el oreo sin moscas. ¡Ni una mosca! Nada más una que se para en las flores, en los libros, lisándose el manto, latiéndose la trompa, mirándolo todo con sus ojos hinchados de color café, una mosca le transtornaba el silencio y la quietud más que un grito» (Gabriel Miró, Años y leguas) [Hallazgo de Jordi Mestre].
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23 de octubre de 2012
«¿No ocurre acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca puede distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en ese momento entrase, digamos, su hermano y dijese algo? La noble labor del escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano o un teléfono. ¡Oh, malas mosquitas! ¿Por qué picáis a hombres que ya perdieron la cola y no tienen con qué defenderse? Mas preguntemos todavía si aquella obra vuestra, única, excepcional y tan trabajada, no constituye sólo una partícula de treinta mil otras obras, también únicas y excepcionales, que aparecen en el transcurso de un año. ¡Malditas y terribles partes! ¡Para eso, pues, construimos el todo: para que una partícula de la parte del lector asimile una partícula de la parte de la obra y sólo en parte!» (Witold Gombrowicz, Ferdydurke).
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21 de octubre de 2012
«Intento dormir. Vacío la mente. La tranquilidad se empieza a adueñar de mí. Estoy cayendo, pienso, cayendo: bienvenidos, dulces sueños. Luego, en el mismo umbral del olvido, algo emerge y me despierta de nuevo, algo cuyo nombre solamente puede ser “terror”. Estoy despierta en mi habitación, en mi cama, todo va bien. Una mosca se me posa en la mejilla. Se limpia. Empieza a explorar. Camina por mi ojo, por mi ojo abierto. Quiero parpadear, quiero apartarla, pero no puedo. Usando un ojo que es mío y no lo es, la observo. Se relame, si es que se puede decir así. En sus órganos abultados no hay nada que yo pueda reconocer como una cara. Pero la tengo encima, la tengo aquí: se pavonea encima de mí, una criatura de otro mundo» (J.M. Coetzee, La edad de hierro).
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20 de octubre de 2012
«Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido / del cual salían negros batallones / de larvas que manaban como un líquido espeso / por aquellos vivientes andrajos. / Todo aquello descendía y subía como una ola, / o se lanzaba chispeante / se hubiera dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago, / vivía y se multiplicaba. / Y este mundo producía una música extraña / como el agua que corre y el viento / o el grano que un ahechador con movimiento rítmico / agita y voltea con su criba» (Charles Baudelaire, Las flores del mal).
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18 de octubre de 2012
«Oí zumbar una Mosca – cuando morí – / la quietud del cuarto / era como la Quietud del Aire – / entre las olas de la tormenta – / Los Ojos de alrededor – se habían secado – / y Alientos firmes se congregaban / para la última Partida – cuando el Rey / se manifestara – en el cuarto – / Legué mis Recuerdos – Renuncié / a todo aquello de mí que pudiera / legarse – y luego estaba / allí interpuesta una Mosca – / con un Azul – incierto y vacilante Zumbido – / entre la luz – y yo – / luego las ventanas cayeron – y entonces / no pude ver para ver –» (Emily Dickinson, Poemas).
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16 de octubre de 2012
«Me estaba molestando una mosca. Yo la espantaba, pero ella volvía, así que la volvía a espantar.
—Conque no, ¿eh? Vale, esperaré a que…
Se apartó un poco y se posó sobre un perro muerto.
—¿A qué? —pregunté.
No contestó. Y yo no insistí, temiendo conocer ya la respuesta» (Slawomir Mrozek, La mosca) [Hallazgo de Luis Gil].
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14 de octubre de 2012
«Me gustaría contar la historia que conté por primera vez a Michelle Porte, que había rodado una película sobre mí. En aquel momento de la historia, me encontraba en lo que se llamaba la despensa, en la casita con la que comunicaba la casa. Estaba sola. Esperaba a Michelle Porte en la mencionada despensa. Con frecuencia me quedo así, sola, en esos lugares tranquilos y vacíos. Mucho rato. Y fue en aquel silencio, aquel día, cuando de repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos de la vida de una mosca común.
Me senté en el suelo para no asustarla. Me quedé quieta.
Estaba sola con ella en toda la extensión de la casa. Nunca hasta entonces había pensado en las moscas, excepto para maldecirlas, seguramente. Como usted. Fui educada como usted en el horror hacia esa calamidad universal, que producía la peste y el cólera.
Me acerqué para verla morir.
La mosca quería escapar del muro en el que corría el riesgo de quedar prisionera
de la arena y del cemento que se depositaban en dicha pared debido a la humedad del jardín. Observé cómo moría una mosca semejante. Fue largo. Se debatía contra la muerte. Duró entre diez y quince minutos y luego se acabó. La vida debió acabar. Me quedé para seguir mirando. La mosca quedó contra la pared como la había visto, como pegada a ella.
Me equivocaba: la mosca seguía viva.
Seguí allí mirándola, con la esperanza de que volviera a esperar, a vivir.
Mi presencia hacía más atroz esa muerte. Lo sabía y me quedé. Para ver. Ver cómo esa muerte invadiría progresivamente a la mosca. Y también para intentar ver de dónde surgía esa muerte. Del exterior, o del espesor de la pared, o del suelo. De qué noche llegaba, de la tierra o del cielo, de los bosques cercanos, o de una nada aún innombrable, quizá muy próxima, quizá de mí, que intentaba seguir los recorridos de la mosca a punto de pasar a la eternidad» (Marguerite Duras, Escribir).
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13 de octubre de 2012
«En la sala recreativa que daba al vestíbulo vio que el sol entraba prácticamente por todas las ventanas; un anciano asentía con la cabeza ante una confusa película de dibujos animados de Leon Schlesinger que daban en la televisión y una mosca negra pacía en la rosada y casposa acequia del sector limpio de su pelo. Una enfermera gorda irrumpió con un frasco de insecticida y gritó a la mosca para espantarla y poder acabar con ella. La prudente mosca permaneció inmóvil» (Thomas Pynchon, La subasta del lote 49).
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12 de octubre de 2012
«¿Por qué aborrecéis a las moscas? ¿Por qué les juráis guerra a muerte? ¿Por qué no les dejáis posarse un momento sobre vuestro cuerpo? Decís que son molestas, pesadas, insufribles ; pero reflexionad.
No he de deciros que son dulces, tímidas, sin asomo de mala intención, porque lo sabéis de sobra. Os llamaré la atención sobre otras cosas.
Os diré que las moscas, aladas mensajeras del verano, merecen vuestro respeto. Lo merecen porque son fantásticas viajeras, porque buscan nuestra sociedad, porque aman la luz y la vida. Siempre las veréis donde hace sol, donde la vida domina pujante, así buscan su asiento en la descomposición que fecundiza. Os diré que la mosca es bella, con su cuerpo petado y la gasa seña de sus alas que pule con sus patas sutiles.
Os diré que las moscas son excelentes compañeras de soledad. Cuando huyendo de la caligie de las lentas tardes estivales os retiráis a un interior penumbroso donde un aire fresco entibie el ardor de vuestro cuerpo, son las moscas quienes os acompañan. Las veréis entrar y salir entre las maderas entornadas, las veréis volar cerca del techo, agrupándose en el centro, donde emprenden una danza loca. Si vuestra mirada sigue sus evoluciones, encontrareis singular divertimento. Si las seguís en los cristales, haréis curiosas observaciones. Y en todas partes, en el cristal y en el techo, sobre vuestra mesa y en vuestro cuerpo, las veréis perseguirse y acoplarse, haciendo gala de una amable impudicia.
No he de pediros, porque sería inútil, que dejéis de perseguirlas, que arrinconéis las abominables invenciones que usáis para destruirlas; pero he de echaros en cara vuestra impotencia, a pesar del diabólico papel matamoscas, de la traidora agua de jabón; de las taimadas alambreras, se impone todos los veranos, para tormento de grasientos burgueses y calvos filisteos, el indiscutible triunfo de la mosca» (Vicente Risco, El triunfo de la mosca) [Hallazgo de Carmen Pereiras].
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10 de octubre de 2012
«–No iré más lejos con ustedes– dijo K, por probar.
Esta vez no tuvieron necesidad de responder. Se limitaron a no soltara K. y trataron de hacerle seguir levantándole del suelo, a lo que éste se opuso. “No necesitaré mucha fuerza. La utilizaré más allá”, pensó. Y recordó a las moscas, que para desprenderse del papel con liga dejan las patas allí» (Frank Kafka, El Proceso) [Hallazgo de Jordi Mestre].
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8 de octubre de 2012
«Sólo habían transcurrido un día y una noche desde que Dose intentara dar caza a una mosca a través de la sierra circular de la serrería. Esa sierra circular había cortado en dos a Dose, y él había muerto furioso como un loco porque la mosca había logrado escapar sana y viva. Pero eso no habría tenido importancia alguna para Dose si hubiese podido resucitar por un minuto, o digamos dos para ser más generosos. Si hubiera podido hacer eso, le habría dado un golpe tan violento a esa molesta mosca que no habría quedado de ella ni una mota.
–¡Tú, Woodrow, tú! –dijo tía Marty–. Ve a ver si algunas moscas molestan a Dose.
–Jamás podrás verme matando moscas sobre un hombre muerto –replicó Woodrow.
–No las mates entonces –repuso tía Marty–. Espántalas.
En la parte trasera de la casa estaban tratando de construir para Dose un ataúd provisional. Hacían un montón de intentos y muy poco, muy poco trabajo. Aquellos perezosos individuos no se hallaban en lo más mínimo predisupuestos al trabajo. El empresario de pompas fúnebres no vendría a traer un ataúd porque deseaba sesenta dólares, veinticinco al contado. Nadie tenía sesenta dólares, veinticinco al contado» (Erskine Caldwell, La mosca en el ataúd).
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7 de octubre de 2012
«Al acercarme tomé conciencia de lo gigantesca, lo desbordante e informe que era [Mummah]. La habían untado con aceite y relucía ante mis ojos. Sobre su superficie caminaban moscas. Una de esas pequeñas esfinges del aire que estaba posada sobre su labio se estaba bañando. ¡Con qué velocidad parte una mosca en peligro! La decisión es instantánea pues al parecer no hay inercia que vencer, y no hay nada de superfluo en el modo en que levantan el vuelo las moscas. Cuando emprendí mi tarea, todas las moscas salieron volando, produciendo un ruido desgarrante en medio del calor» (Saul Bellow, Henderson, el rey de la lluvia).
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6 de octubre de 2012
«Una de mis compañeras de habitación había llegado a dominar el arte de cazar moscas. Tras estudiar pacientemente a estos animales, descubrió el punto exacto en el que había que introducir la aguja para ensartarlas sin que murieran. De este modo confeccionaba collares de moscas vivas y se extasiaba con la celestial sensación que el roce de las desesperadas patitas y las temblorosas alas producía en su piel» (Misia Sert, Misia).
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4 de octubre de 2012
«Recibía, al principio, cuatro o cinco por semana; pero pude, muy pronto, eliminar los sobres que traían cartas de amistad o de negocios e interesarme sólo por los que llegaban regularmente, escritos por las mismas manos. Eran dos tipos de sobres, unos con tinta azul, otros a máquina; él trataba de individualizarlos con un vistazo estricto y veloz, antes de guardarlos en el bolsillo, antes de volver al rincón en penumbra, recuperar el perfil contra la lámina folklórica, borrosa de moscas y humo del almanaque, y seguir tragando su cerveza exactamente con la misma calma de los días en que no le daba cartas» (Juan Carlos Onetti, Los adioses).
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2 de octubre de 2012
«Una mosca puede picar a un caballo majestuoso y hacerlo estremecerse de dolor; pero la primera seguirá siendo nada más que un insecto, y el segundo, empero, un caballo» (Samuel Johnson).
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29 de septiembre de 2012
«El señorito Dignam caminó por Nassau Street, se cambió los filetes de cerdo de mano. El cuello se le volvió de nuevo para arriba y se tiró de él para abajo. El puñetero pasador era demasiado pequeño para el ojal de la camisa, que se vaya a hacer puñetas. Se encontró unos escolares con carteras. No voy a ir mañana tampoco, no asistiré hasta el lunes. Se encontró a otros escolares. ¿Se dan cuenta de que voy de luto? Tío Bamey dijo que lo pondría en el periódico esta noche. Entonces lo verán todos en el periódico y leerán mi nombre impreso y el nombre de papa. La cara se le puso toda gris en vez de estar roja como era y había una mosca que le subía hasta el ojo. El chirrido que había cuando estaban atornillando los tornillos en el ataúd: y los topetazos cuando lo bajaban por las escaleras» (James Joyce, Ulises).
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27 de septiembre de 2012
«La amiga tangerina de Magdalena la muerta, la mujer que llevaba un hermoso y romántico lema tatuado alrededor del ombligo, se llama Aixa la Mora, y hace la carrera por la plaza de Antón Martín y el bar Zaragoza, Aixa es ya vieja, tiene lo menos cuarenta años, pero todavía está de buen ver con su planta espigada, sus ojos profundos y soñadores y su mata de pelo negro, grasiento y aromático, Aixa la Mora es amiga del nicaragüense, a veces se pasan hablando toda la tarde delante de un café. ¿Te acuerdas de lo de la mosca que se ahoga en un poso de café?, bueno pues recuérdalo en todo momento y pase lo que pase, a la Mora y al nicaragüense jamás se les había ahogado una mosca en el café, ¡qué asco, se me ha caído una mosca en el café!, no te preocupes, pide otro, Aixa la Mora estuvo casada en su país pero puso la mar por medio porque el marido le salió cruel y maricón, la trataba mal y despóticamente y no se acostaba con ella, el único que cree esta historia es el nicaragüense, Aixa le está muy agradecida y jamás le pide dinero ni le molesta, Aixa es mujer sencilla, maliciosa y acorralada, discurre como un perro de pueblo, el nicaragüense cuando recibe los cuartos que le manda la familia suele regalarle unas cajetillas de capstan o de gold flake, los capstans vienen en unas cajitas de metal muy bien presentadas, dentro traen un cromo en el que figura una locomotora, una catarata, un barco o un animal salvaje, los capstans son muy aromáticos, huelen mejor que saben, pero dan tos porque se agarran a la garganta, pide otro café, que te lleven el de la mosca, no, no merece la pena, la mosca la aparto» (Camilo José Cela, San Camilo 1936).
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25 de septiembre de 2012
Atención. Voy a saltar. No. No voy a saltar. Los dardos no me hieren, pasan. Las moscas. Voy a saltar: el mar es inmenso y azul, está lleno de silencio. Quitando la superficie del mar se halla silencio. Voy a saltar. Por más que aprieto los dientes no puedo morir. El enjambre, las víboras. La luna se agrieta, caen las cáscaras y flotan. Voy a saltar. Reencontré a Julia, ayer. Igual que siete generaciones atrás, la misma piel, el mismo color de la voz. Un pez a la altura de mis ojos, viene hacia mi frente: el cabello lo parte en dos mitades que pasan. Atención: las algas. Gente apretujada en los corredores, producen la impresión de un ómnibus lleno, el corredor se mueve, para. Voy a saltar. No. No voy a saltar. Atención: no voy asaltar. Nunca voy a saltar. Es preferible que encienda un cigarrillo, por el extremo opuesto. La transpiración de los duraznos» (Mario Levrero, Ejercicios de natación en primera persona del singular).
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23 de septiembre de 2012
«Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y, pop, ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal, que era muy fibroso. Enseguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar dentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte» (Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de Famas).
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22 de septiembre de 2012
«No vayas desnudo a robar la miel a las abejas. / No muerdas sin saber si es piedra o pan. / No vayas descalzo a sembrar espinas. / No desprecies, mosca, las telarañas. / Si eres ratón, no sigas a las ranas. / Huye de los zorros, sangre de gallina» (Giordano Bruno, La cena de las cenizas).
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20 de septiembre de 2012
«La chica que va delante, vestida como una modelo de revista, con ceñidos pantalones dorados, blusa fruncida, un pañuelo de seda en el cuello, vacila, da un paso en falso, salta luego de la barca, el tacón de las sandalias roza la orilla, lanza un chillido de irritación, salta sobre una roca, da un traspié, acaba finalmente en las algas secas del otro lado. Levanta el tacón y lo mira por encima del hombro con el ceño fruncido. Los pequeños músculos junto a lo oreja se contraen y se mueve. Espanta nerviosa una gruesa mosca negra delante de su cara y pregunta malhumorada: “¿Y ahora qué hago, Karen?”» (Robert Coover, El hurgón mágico).
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18 de septiembre de 2012
«¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca? ¿Qué le vamos a hacer? ¿Matarla? Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas» (Pío Baroja, El árbol de la ciencia).
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14 de septiembre de 2012
«Tengo en una caja metidas unas mocas porque… Tengo moscas pequeñas, tengo moscas grandes, ¿y qué? Las guardo a escondidas, ¿qué se imaginan en casa? Llego del trabajo y me dedico a observarlas.
Mientras las unas parecen volar confiadas, las otras en cambio… en un rincón asustadas. Mis moscas más grades se comen a las otras, por qué… ¡Mira que están locas estas bichas tan gordas! ¿y qué?
Escenas macabras te brinda mi caja. Festín que preparo todas las mañanas, estos insectos voraces no se conforman con nada. Se roban bocados quedándose hartas.
Colecciono moscas pero no estoy loco porque… Han hecho astillas la caja de lo que están engordando, y vuelan pesadamente dando vueltas al cuarto. Ahora soy yo el que se asusta se han relamido mil veces. Como no encuentre las llaves van a empezar a comerme» (Golpes bajos, «Colecciono moscas») [Hallazgo de Esmeralda Nogueira].
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13 de septiembre de 2012
«Vete, perversa [mosca], que el mundo es bastante grande para mí y para ti» (Lauren Sterne, Tristam Shandy).
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11 de septiembre de 2012
«Al final, la palabra “contaminación” parece contener el código cifrado de su drama y es esencial en la comprensión del episodio más polémico de la serie [Breaking Bad], La mosca. Polémico porque provoca la irritación de esa clase de consumidores —tan visibles en internet hoy en día— a los que enerva todo aquella que escapa de los cánones del entretenimiento y se adentra en algún espacio relacionado con la reflexión filosófica o simplemente con el arte de pensar por cuenta propia. Asombra la cantidad de personas incapaces de ver que en La mosca los guionistas, cansados del corsé narrativo de tantas semanas de narración estándar, se liberaron de las presiones comerciales y en un vuelo artístico magistral lograron adentrarse en la esencia misma de la historia que cuenta la serie.
“Mi cabeza no es el problema, la mosca sí lo es”, dice muy airado Walter White a su sorprendido asistente, y luego inicia un memorable monólogo faulkneriano [...] sobre la contaminación y otros temas dramáticos que el vuelo solitario de una mosca potencia con razonada demencia» (Enrique Vila-Matas, El País, 11-09-12).
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8 de septiembre de 2012
«Donde la soledad acaba, allí comienza el mercado; y donde el mercado comienza, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas» (Friedrich Wilhelm Nietzsche, Así habló Zaratustra).
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7 de septiembre de 2012
«”Y cuando en el restaurante…”, recordó de repente. Cuando estuvo en el restaurante, el protector de su marido le había arrimado un pie al suyo debajo de la mesa, y por encima de la mesa estaba la cara de él. ¿Porque se había callado, o había sido a propósito? El diablo. Una persona que, para decir la verdad, era muy interesante. Se encogió de hombros. ¿Y cuando en su escote redondo, en plena plaza Tiradentes —pensó ella moviendo la cabeza con incredulidad—, se había posado una mosca sobre su piel desnuda? Ay, qué malicia» (Clarice Lispector, Devaneo y embriaguez de una muchacha).
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6 de septiembre de 2012
«La sensación de la esplendidez de la luz sólo la sentía por los golpes que en la calle de la Cure estaba dando Camus (ya advertido por Francisca de que mi tía no «descansaba» y de que se podía hacer ruido) en unos cajones polvorientos, y que al resonar en esa atmósfera sonora, propia de las temperaturas calurosas, parecía que lanzaban a lo lejos estrellitas escarlata; y también por las moscas, que estaban ejecutando en mi presencia, y en su reducido concierto, una música, que era como la música de cámara del estío, y que no evoca el verano a la manera de una melodía humana que oímos una vez durante esa estación, y que nos la recuerda en seguida, sino que está unida a él por un lazo más necesario: porque nacida del seno de los días buenos, sin renacer más que con ellos, y guardando algo de su esencia, no sólo despierta en nuestra memoria la imagen de esos días, sino que atestigua su retorno, su presencia efectiva, ambiente e inmediatamente accesible» (Marcel Proust, En busca del tiempo perdido).
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4 de septiembre de 2012
«Todos dormían a su alrededor. Los grillos cantaban en el vestíbulo. Alguien vociferaba y reía en la calle. Las cucarachas corrían por encima de las mesas, sobre los iconos, por las paredes; una gruesa mosca revoloteaba alrededor de la bujía, cerca de él» (Leon Tolstoi, Guerra y paz).
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31 de agosto de 2012
«La junta de Televisión Española ha decidido encargar la producción de un programa especial, bajo el título La mosca, a la empresa privada Moro Film Estudios, que será destinado a un «intercambio de dibujos animados con diecinueve países bajó los auspicios de la Unión Europea de Radiodifusión», según se desprende de un informe firmado por Javier Juan-Aracil, director gerente de Televisión Española. La decisión de la junta, que preside el subdirector general Luis Ezcurra, coincide con la negativa de este órgano ejecutivo a coproducir con Emiliano Piedra la obra Bodas de sangre, de Federico García Lorca, con dirección del cineasta español Carlos Saura, coreografía de Antonio Gades, vestuario y decorados de Francisco Nieva, cuyos ensayos y grabaciones previos en video comenzaron ayer en Madrid. La propuesta de coproducir esta obra fue cursada formalmente a la junta por Ricardo Suárez, jefe del Servicio de Coproducciones y Certámenes de RTVE. La doble decisión de la junta de Televisión Española -que componen los sectores más integristas del organigrama de esta empresa- se interpreta como un desdén permanente por la obra de García Lorca, por la cultura y por importantes autores del espectáculo y cine español. El caso de La mosca constituye un peculiar síntoma del mal gusto de los actuales y máximos directivos de RTVE.La negativa a coproducir Bodas de sangrees menos comprensible si se piensa que esta producción tiene garantizadas de antemano las ventas a todo el mundo, dado el prestigio de los autores. La aceptación de producir La mosca sorprende aún más si se tiene en cuenta que el interventor delegado de Hacienda en RTVE expresó dudas y reservas sobre los costes de esta producción, mediante un escrito que ahora también desdeña el citado gerente de Televisión Española.
La producción de dibujos animados La mosca está presupuesta en 6.500.000 pesetas para un único episodio, que durará tan sólo ocho minutos, coste que en las producciones estándar de dibujos animados equivale a un episodio de aproximadamente veinticuatro minutos.
Una producción de La mosca, realizada también por Moro Film Estudio, fue emitida entre los meses de marzo y agosto de este año como insertos para separar los bloques de publicidad que Televisión Española programa por las dos cadenas. Fuentes de la gerencia de publicidad de RTVE manifestaron a EL PAIS que se emitieron alrededor de cuarenta segmentos distintos, con uan duración aproximada entre siete y diez segundos, programas que nadie se atrevía a emitir y que estuvieron retenidos durante casi tres años. La emisión de La mosca por Televisión Española produjo en la audiencia y crítica una singular contaminación de significantes y significados: el insecto, muy común y molesto, se convirtió en un programa pesado e impertinente, causa de desazón y símbolo de los parásitos de Prado del Rey. La gerencia de publicidad de RTVE desconoce que se vaya a producir el nuevo programa sobre La mosca y defiende en estos momentos un sistema más moderno, realizado con efectos electrónicos, para separar los bloques de publicidad que se emiten» (José Ramón Pérez Ornía, El País, 10 de octubre de 1980).
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29 de agosto de 2012
«Durante esta escena ha aparecido la Curiana Niña, que pasó antes con la mosca atada. Alacrancito la divisa, llega junto a ella, le arrebata la mosca y la traga.)
CURIANITA. (Llorando a gritos.)
¡Ay mi mosca! ¡Mi mosca!
ALACRANCITO .
¡Oh, qué rico manjar!
CURIANITA SILVIA. (Abrazándose a Doña Curiana.)
¡¡Socorro, que nos come!!
ALACRANCITO. (Para asustarlas, con voz cavernosa.)
¡Os voy a devorar!
CURIANITA. (Huye despavorida.)
¡Ay madre, tengo miedo…
(Fuera de la escena se oye ruido de voces y gritos de compasión.)» (Federico García Lorca, El maleficio de la mariposa).
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28 de agosto de 2012
«La posición misma del hombre de “ser separado”, de su aislamiento en medio de la Naturaleza y, en consecuencia, de su aislamiento en medio de sus semejantes, lo condenan a desaparecer de una manera definitiva. El animal, no negando nada, perdido, sin oponerse a ello, en la animalidad global, así como la animalidad está ella misma perdida en la Naturaleza (y la totalidad de lo que es), no desaparece verdaderamente. Sin duda, la mosca individual muere, pero estas moscas que veo son las mismas que las del año último. ¿Habrán muerto las del año último?… Quizá, pero nada ha desaparecido. Las moscas permanecen, iguales a sí mismas, como las olas del mar. Esto, aparentemente, es forzado; un biólogo separa esta determinada mosca del enjambre, basta para ello un toque de pincel. Pero él la separa para él, no para las moscas. Para separarse de las otras, sería necesaria a la “mosca” la fuerza monstruosa del entendimiento y entonces ella se nombraría, haciendo lo que el entendimiento hace con el lenguaje, que funda la separación de los elementos y al fundarla se funda sobre ella, en el interior de un mundo formado por entidades separadas y nombradas» (George Bataille, Hegel, la muerte y el sacrificio).
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22 de agosto de 2012
«Nicole se tumbó en la cama con los brazos extendidos y se puso a mirar el techo; los polvos que llevaba se habían humedecido y formaban una capa lechosa. Le gustaba aquella habitación desnuda, el sonido de la mosca que navegaba por encima de su cabeza» (Scott Fiztgerald, Suave es la noche).
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20 de agosto de 2012
«Una gran mosca azulina zumbaba tropezando contra los cristales de la ventana» (Somerset Maugham, Servidumbre humana).
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17 de agosto de 2012
«Había comprado en el mercado de pulgas de Niza la cosa más loca que imaginarse pueda. Era un objeto llamado trampa china para moscas. Era una fantástica construcción de bambú, alambre y cuerda, en la que las moscas podían entrar pero no salir. La trampa china para moscas tenía por objeto evitar la crueldad y por eso era tan complicada. Las moscas quedaban atrapadas, pero no se morían, y ni siquiera se hacían daño. Mientras la puerta de abajo no se abriera no podían salir, pero podían vivir cómodamente en el interior hasta que murieran de viejas o de lo que sea que se mueren las moscas. Como yo era a partes iguales un tahúr y un humanitario, ya que tanto había en mí de Pete Penovitch como de Albert Schweitzer, convertí la trampa en un casino. Tras mucha meditación (echaba de menos a Chico, que podía haber resuelto toda la cuestión en un minuto con cuatro cálculos en el reverso de un resguardo de empeño), llegué a establecer qué posibilidades había de que una mosca sobreviviera a la trampa. Había que apostar dos a uno. Esto daría a la mosca la deportiva oportunidad y a la casa una posibilidad de ganar lo que le correspondía» (Harpo Marx).
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15 de agosto de 2012
«Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él» (Juan Rulfo).
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13 de agosto de 2012
«Para que la civilización no se hunda, / perdida su gran batalla, / haz callar al perro, ata el potrillo / a un poste distante. / César, nuestro amo, se halla en la tienda / donde los mapas está desplegados, / sus ojos fijos en el vacío / y una mano bajo el mentón. / Como una mosca de largas zancas sobre el río / su mente se mueve en el silencio. / Para que las insuperables torres sean quemadas / y los hombres memoricen el rostro, / muévete lo más suavemente posible, si debes hacerlo / en este solitario lugar. / Ella piensa, una parte mujer, tres parte niña, / que nadie la mira; sus pies / ensayan un paso de baile / aprendido en la calle. / Como una mosca de largas zancas sobre el río / su mente se mueve en el silencio. / Para que las muchachas púberes puedan encontrar / el primer Adán en su pensamiento, / cierra la puerta de la capilla papal, / mantén fuera esas niñas. / Ahí en el andamio está acostado Miguel Ángel. / Sin más ruido que el que hacen los ratones / mueve su mano de un lado a otro. / Como una mosca de largas zancas sobre el río / su mente se mueve en el silencio» (William Yeats).
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10 de agosto de 2012
«Un rayo de sol que entra por la banderola, a la mañana, me obliga a mirar el cuadrado nocturno, justo encima de la flor de la ducha, en el que unas terribles moscas se precipitan sobre un hombrecito que sólo tiene un abanico para defenderse» (César Aira).
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7 de agosto de 2012
«Gloucester: Algún juicio tiene; de lo contrario, no sabría mendigar. En la tempestad de anoche vi una criatura así, que me hizo pensar que el hombre no es más que un gusano. Acudió a mi mente el recuerdo de mi hijo, y sin embargo, mi alma le era entonces poco amiga. Después he sabido más. Los humanos somos para los dioses como las moscas para los niños juguetones; nos matan para su recreo» (William Shakespeare).
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31 de julio de 2012
«–¿Moscas?…
»–Sí –responde–, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico» (Horacio Quiroga).
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27 de julio de 2012
«Cuando el barbero echó atrás la silla para afeitarle, él trató de estirar el cuello como una tortuga patas arriba. La espuma iba extendiéndose lentamente por sus mejillas, le hacía cosquillas en la nariz, se le metía por las orejas. Se ahogaba en olas de espuma azul, negra, cortadas por el lejano brillo de la navaja, el brillo del azadón a través de nubes de espuma azulnegra. El viejo tendido de espaldas en el patatar, la barba al aire, de un blanco espumoso, llena de sangre. Llenos de sangre los calcetines, de aquellas ampollas en los talones. Sus manos se crisparon frías y callosas como las manos de un cadáver bajo la sábana. Déjeme levantar… Abrió los ojos. Unos dedos blandos le frotaban la barbilla. Miró al techo donde cuatro moscas trazaban ochos alrededor de una campana roja de papel crepé. Sentía en la boca la lengua seca como un pedazo de cuero. El barbero enderezó de nuevo la silla» (John Dos Passos).
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19 de julio de 2012
«Allá donde hubo Dios, hay sólo moscas. Y el paraíso cede ante el infierno» (Gabriel Albiac).
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17 de julio de 2012
«¿Qué escritor no le ha hablado a su mosca? ¿A quién no reconozco en su mosca? ¿Quién no tiene una mosca trapaleando para él?» (Elias Canetti).
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14 de julio de 2012
«Si abrimos la ventana, junto con el aire fresco entran las moscas» (Deng Xiaoping).
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11 de julio de 2012
«Pasa un coche verde con excesiva lentitud. La señorita Arndt cierra el paso a Conejo, afablemente confusa, agradecida por alguna cosa, y en su mera adherencia al pavimento parece una mosca que ha dejado de andar por el techo para maravillarse de sí misma» (John Updike).
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7 de julio de 2012
«Leonardo, como ustedes saben, es el demonio mayor que preside los sábados la reunión de las brujas. En vísperas de San Juan abandona el lugar en que reside, que es, según los cabalistas, una isla occidental –lo que ha dado lugar a que algunos creyesen que habitaba en Inglaterra–, y se dirige a determinados puntos de Europa donde se verifica el reparto de moscas para todos los reinos cristianos. Es decir, que en las naciones europeas no hay más moscas que las que Leonardo, que oficia directamente a las órdenes de Belcebú –cuyo nombre significa literalmente Príncipe de las Moscas–, manda a cada una de ellas, por enjambres de nueve mil novecientos noventa y nueve, que se llaman zubjin, es decir, ejércitos o divisiones. Estos lugares son tres: Toledo, Montpellier y el Xistral. Lo de Toledo se sabe por la tradición rabínica y por Moisés Ibn Ezra en su Libro de los Tres Órdenes, quien sostiene que Leonardo tiene casa en la imperial ciudad, sin escaleras ni piso, lo cual impide que entre en ella alguien extraño a la cofradía demoníaca y brujeril, ya que diablos y brujas suben las escaleras que no hay y pasean por el piso que no existe, mientras que cristiano que quisiese hacerlo no podría y tendría que quedarse en el bajo, blanco de los tizones de la hoguera sabatina.
Repartidas las moscas de las Españas, Leonardo, que como todo satánida es instantáneo, comparece en Montpellier, en su subterráneo, donde reparte las moscas de las Galias, Germania, Hungría e Italia. Se exceptúa Saint-Michel, que tiene moscas propias y manda las sobrantes a Inglaterra. Las moscas venecianas son bizantinas. El Xistral es un alto monte de mi diócesis de Mondoñedo. Las tres o cuatro veces que yo me disponía a subir a él –y la última lo era en compañía de Aquilino Iglesia Alvariño– me lo impidieron fuertes lluvias y sonoros vendavales. Es fácil encontrar entre los vecinos de las aldeas montañesas gentes que han visto pasar, en la mañana de San Juan, los inmensos enjambres negros de las moscas con destino a Portugal y a tierras remotas, entre las que supongo que estará Irlanda, y si hay moscas en la isla de San Barandán, serán las que fueron de mi Xistral, en el ala del viento… Que sea Leonardo el cabeza de toda esta fiesta, es saber vivo en aquella comarca. Ya he contado alguna vez cómo estando en una barbería, en Mondoñedo, una mujer que saludada a un anciano que tenía un niño en las rodillas, en la espera de que al mamoncete rubio le cortaran el pelo, al saber que el crío se llamaba Leonardo, escapó corriendo, santiguándose Fontevella abajo:
- Leonardo! Poñerlle Leonardo! O nome do gran castrón!
Ya estará acercándose. Como es instantáneo no tiene prisa. Saltará de ciudad en ciudad, de las que sabe los nombres secretos, aquellos que según los cabalistas, hacen dueño de una urbe al que sabe el suyo oculto. Toledo se llamaba en tiempos Fax, y a Carlos V le dijeron el nombre. Pero desde entonces parce haber cambiado. Los reyes de Francia se transmitían unos a otros el nombre secreto de su Reino. Luis XVI debió de haberlo olvidado, y por ello le cortaron la cabeza… En fin, Leonardo tiene tres cuernos, es políglota y canta cuando se embeoda» (Álvaro Cunqueiro) [Hallazgo de Carmen Pereiras].
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5 de julio de 2012
«Había soñado así y no podía comprender –tres veces– el escamoteo de la chica del balcón. Recordaba ahora –semidormido en el calor de la cama lo veía más claro que nunca, con la viruta y gancho del débil rizo negro– el lunar que ella tenía en el cuello, única cosa que le dejaba con su gracia al darse vuelta para reír sin causa a la amiga, o mirar al final de la calle donde nunca había nada digno de que ella mirara. Tampoco se podía saber por qué era encogida y triste la atmósfera de la habitación soñada; ni –esto nunca, nunca podría saberlo– por qué ella debajo suyo era Coco sonriéndole como una mujer pintada y barata. Abrió los ojos y los cerró en seguida, contento de que no hubiera entrado más que el chorro de sol lleno de un polvillo plateado y lento, y el agua estremecida del botellón con una mosca presa. Pensó que era otoño y que este sol debía estar afuera, dormido y amarillento en un limpio cielo de seda. Ocre de los árboles, plazas con viejos y niñeras, un aire palpable y como quieto para siempre. Pero el zumbido de la mosca en la botella iba haciendo, a golpes, dando bruscos pedazos de paisaje, el último verano. Era una tarde del verano reciente, en la playa, con un sol abriéndose y cerrándose en abanico, papeles sucios y arrugados, botellas vacías, trenzados, macizos de arbustos que hacían la sombra para la pereza de la siesta. Temblaban, combadas, las líneas blancas del oleaje. Blanca, temblorosos los mil triángulos de los gallardetes –fresco y viento– se balanceaba, subía, bajaba, la balsa de la escuela de natación. Al fondo –ochocientos metros desde el espigón de la playa mansa decían los programas de las carreras–, la sombra oscura de la isla. Árboles aplastados, el punto gris del faro, estilo over, pecho, crawl rítmico y desenfadado de una indígena desnuda en aguas transparentes. Mares del sur. […] Se sentó en la cama, bostezando hasta dolerse, rascándose la cabeza con furia. Tembló el agua del botellón. Con la mandíbula apoyada en un puño quedó mirando la mosca hasta que la vio quieta, con un brillo de plata en la cabeza y las patitas duras y estiradas. Por qué diablos nunca pude tenerla mientras estaba soñando y se me cambiaba por el Coco. Quedó sin pensar, dormidos los ojos en el retrato de Einstein de la pared de enfrente hasta que golpearon en el vidrio» (Juan Carlos Onetti).
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2 de julio de 2012
«Tiene que ver con el cerebro de los animales, que guardan información con un orden de magnitud mucho más eficaz de lo que pueden hacer los mejores y más grandes ordenadores actuales. El cerebro de una mosca casera puede hacer más que el complejo de ordenadores más avanzado, con las mejores aplicaciones, dispositivos y cámaras. Ni tan siquiera entendemos el principio básico sobre cómo esa información se va a procesar. Hay neuronas, señales eléctricas, sinopsis… Esto lo sabemos, pero es diferente a comprender cómo funciona como sistema. He trabajado muchos años sobre el tema y es como el suplicio de Tántalo, hasta que ves otro nivel de complejidad: sistemas altamente evolucionados que parecen tremendamente simples, pero que, cuando te metes en ellos, ves que lo simple es muy sofisticado» (Carver Mead). [Hallazgo de Eladio Gutiérrez].
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30 de junio de 2012
«En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.
Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.
Es un diablillo valiente -pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de…» (Katherine Mansfield).
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27 de junio de 2012
«Para que se fuera la mosca / abrí los vidrios / y continué escribiendo. / Era una mosca chica, / no hacía ruido, / no me estorbaba en lo más mínimo, / pero tal vez empezaría / a zumbar. / Un aire frío, / suave, / entró en el cuarto; / no me estorbaba en lo más mínimo, / pero no se llevaba / con mis versos. / Cambié mis versos, / los hice menos melodiosos, / quité los puntos, / los materiales de sostén, / las costras adheridas. / Miré la mosca adolescente y gris, / sin experiencia; / no se movía del mismo punto, / tal vez / buscaba entrar en la corriente / de las moscas, / buscaba a su manera unas palabras mágicas. / Rompí mis versos, / a fuerza de quitarles costras / habían quedado ajenos. / Fui a la ventana, / por un momento / todo lo vi como una mosca, / el aire impracticable, / el mundo impracticable, / la espera de un resquicio, / de una blandura / y del valor / para atreverse. / Fuimos el mismo adolescente gris, / el mismo que no vuela. / ¿Qué versos que calaran hondo / no venían, / de esos que nadie escribe, / que están escritos ya, / que inventan al poeta que los dice? / Porque los versos no se inventan, / los versos vienen y se forman / en el instante justo de quietud / que se consigue, / cuando se está a la escucha / como nunca» (Fabio Morábito). [Hallazgo de Carmen Pereiras].
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25 de junio de 2012
Estas horas de calor atroz han traído consigo la primera oleada de moscas. En los compases iniciales, mato tres de una tacada. El primer reemplazo de estos insectos es siempre el más débil. Les cuesta aclimatarse. A medida que avanza el verano, en cambio, se hacen imbatibles. Incluso inmortales. Hay que aprovechar esta desorientación inicial con la que irrumpen para exterminar al mayor número. La primera pieza que me cobré ayer murió atrapada entre las páginas 156 y 157 de los Diarios de John Cheever. Nada más se posó, cerré el volumen de golpe y plas. Adiós bicho. Si yo fuese mosca en algún momento también querría morir ahí. Es más, querría morir en esa parte del libro aun sin ser una mosca. En la página 156 descubrí uno de los fragmentos más estremecedores sobre la tormentosa relación que un individuo puede llegar a establecer con la bebida. Como tal vez nunca tendré ocasión de referirme a este pasaje, que tanto me impresionó, lo transcribo a continuación.
«Una pelea con el alcohol a cuatro asaltos, que empieza cuando llevo a Susie a la ciudad y los nervios me dan dolor de estómago en Ardsley. Se produce el torbellino psicológico habitual y tomo dos cócteles de ginebra antes de comer y me siento juguetón. A medida que pasa la tarde se aplaca el torbellino y cuando llego a casa me parece que merezco más cócteles. Sé que a la mañana siguiente tendré que cuidar a Federico, no podré trabajar, y con esa excusa bebo después de la cena. [En este punto se advierten restos de sangre de mosca]. Por la mañana me siento mal, disgustado conmigo mismo, desesperado y obsceno. A las once y media tomo un trago para fortalecerme y empiezo a beber en serio a las cuatro y media, que es cuando empiezo a cocinar. Tengo mis propias excusas. Mi prudencia está hecha añicos y cuando termino de lavar los platos engullo una dosis generosa de whisky color nuez. El sábado me siento peor. Bebo una copa antes de almorzar, que me provoca jaqueca y náuseas. Después de comer nos esperan en La Tata; es una visita de cortesía obligatoria y S. me sirve un whisky detrás de otro. El domingo me siento peor que nunca. Llevo a Federico a pasear. A lasa once y cuarto redacto una diatriba contra los males del alcohol. Luego, busco el teléfono de Alcohólicos Anónimos. Después, con manos temblorosas, me bebo los restos de whisky, ginebra, vermut, todo lo que encuentro. Pasa el ataque, me recupero, pero desearía terminar con esto» (John Cheever).
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23 de junio de 2012
«Con el hachís te sorprendes de cualquier cosa, (…), en fin, de mis últimas caladas al cigarrillo, me llené bien los pulmones, y miré hacia la ventana, hacia la luz del sol, y me alegré, el sol siempre le alegra, y me dije muy animado –hay que irse– y de pronto, no sé cómo, todo aquel humo se echó sobre mí, cubriéndome, envolviéndome, empequeñeciéndome, combando las paredes de la habitación en una especie de esfera oscurecida, y tan densa que me sentí como una mosca caída en la sopa más espesa, moviendo sus patitas, esforzándose inútilmente por alcanzar el borde del plato y –joder, este hachís…» (Celso Castro).
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22 de junio de 2012
«¿Cuál es tu objetivo en filosofía? Mostrar a la mosca la salida de la botella» (Ludwig Wittgenstein).
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20 de junio de 2012
Las moscas no van al cine, y existe una razón. En realidad, existe una teoría. Julio César Londoño sostiene que se aburren, dadas las características de su percepción visual. Cada uno de los ojos de la mosca está compuesto por dos mil micro ojos, capaces de diferenciar fenómenos ópticos separados entre sí por el insignificante intervalo de 1/200 de segundo. Un instante-mosca. Un ser humano necesita un intervalo 1/20 de segundo para diferenciar dos sucesos ópticos. Eso explica que en nosotros el cine produzca la ilusión del movimiento y la continuidad. En cambio, ¿qué ve la mosca? «La realidad: una aburrida proyección de diapositivas separadas por largos intermedios de oscuridad. No es de extrañar que abandone la sala en dirección a la cafetería o el teatro», sostiene Londoño.
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18 de junio de 2012
«Copulan moscas / en los labios resecos del mendigo, / Sobre el vino derramado a sus pies; / En la oreja del hombre que junto a su esposa carga bolsas repletas de choclos, papas, vacuno y moscas copulando; copulan moscas en las manos del muchacho, que lame el barquillo cruzando la calle en busca de sombra / (¡En el fondo, tu eres sombra muchacho!) / Sobre el cuerpo del gato alcanzado por la micro, en la peluca del payaso, en los moluscos vinagres en los tarros, en los mangos, en las guayabas, en los calzones y zapatos norteamericanos, en las balanzas, sobre el mesón del carnicero; / Febriles agitan sus alas, sonoras succionan sus cuellos…» (Juan Malebrán).
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16 de junio de 2012
La mosca es una especie forastera. No importa que tengamos semejanzas genéticas. Siempre será un extranjero que penetra en nuestro espacio y amenaza el equilibrio reinante. Nada más aborrecible que un espíritu invasor. Seguramente nosotros éramos una especie feliz y despreocupada de los asuntos vulgares hasta que llegaron ellas zumbando. Algunos especialistas mantienen que Belcebú o Beelzebub deriva etimológicamente de «Ba´al Zvuv», que significa «El señor de las Moscas». En una de las aventuras de Astérix, los galos buscan una explicación a la irritación de los dioses con su aldea. Acuden al adivino, Abraracurcix, que dice que Baal Zebub, dios de las Moscas, debe ser el culpable de que las otras deidades estén mosqueadas. Obélix le pregunta a Astérix si él conoce a ese dios, y éste responde que debe ser un dios extranjero. Tal y como ya sospechábamos.
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14 de junio de 2012
Todos hemos matamos una mosca alguna vez, y cando hemos ido a recoger el cadáver, no estaba.
«Te tendré que matar de nuevo. / Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima, / en Cristianía, / en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos, / en el burdel, en la cocina, sobre un peine, / en la oficina, en esta almohada / te tendré que matar de nuevo, / yo, con mi única vida» (Julio Cortázar).
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13 de junio de 2012
Pocas frustraciones se equiparan a la de intentar acabar con una mosca y ver cómo huye en el último momento, riéndose de ti, al estilo del profesor Moriarti o Fu-Manchú. El señor Miyagi, en Karate Kid, atrapa unha mosca con unos palitos. Su discípulo, Daniel LaRusso, le resta mérito y le pregunta: «¿No sería más fácil con un cazamoscas?». No le falta razón, pero su maestro no pretende tanto cazar una mosca como darle una lección: «Hombre que poder cazar mosca con palitos consigue lo que quiere».
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12 de junio de 2012
«Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Oliver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas» (Julio Cortázar).
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11 de junio de 2012
Colecciono historias de moscas. Simbolizan la capacidad de las pequeñas cosas para provocar grandes efectos, imprevistos y turbadores. Naturalmente, no podemos hablar en serio de moscas y literatura y no comenzar por Augusto Monterroso. En alguna medida, es el padre de la mosca. Le proporcionó prestigio, fama. Todo. La irrupción de la mosca en la literatura, y en el arte en general, es muy anterior, pero sólo con Monterroso adquirió estatus.
«Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo» (Augusto Monterroso).