He venido a matarte de un córner

Nunca vi a nadie correr la banda izquierda de aquella manera religiosa y lunática. Y menos en segunda regional, zona norte, donde a menudo se llegaba al terreno de juego directamente del pub, con un vaso de tubo en la mano. Aquella tarde Chelis corría sin balón y sin cabeza, pero como si hubiese oído, precisamente, que la habían visto rodando en las inmediaciones del córner. El juego estaba parado. Se cumplía ya el minuto ochenta y cinco, más o menos, y un compañero de equipo de Chelis, víctima de una falta criminal, se dejaba querer por la hierba, para coger aire. Sigue leyendo

Mientras haya bares…

Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, «donde la soledad se verifica en medio de los demás». Sigue leyendo

Perder es un vicio

El sábado me entregaron un premio y cuando tomé la palabra me puse a hablar de mis derrotas. Noté que la gente se miraba entre sí, como diciéndose «¿pero tan perdedor es este chico que no sabe cuándo gana?». Había adquirido el hábito de presentarme en balde a los concursos literarios. No tanto por si ganaba un día, de rebote, como por ver si perdía una vez más. Después de todo, como sostenía Flaubert, la tristeza es un vicio. En cierto sentido, veía las cosas como Carlos Bilardo en marzo de 1990, cuando Argentina estaba a punto de batir el récord de más minutos sin marcar un gol. Sigue leyendo

Muerte en el banquillo del Bernabeu

Hace algunos años, para que no molestase en la redacción, el jefe de deportes de mi experiódico me envió a entrevistar a un jugador del C.D. Ourense. No recuerdo bien su nombre. Era algo de Acuña. Nos fumamos un paquete de tabaco a medias y bebimos seis cervezas, y cuando le pregunté en qué parte del campo se desenvolvía mejor, respondió que «en el banquillo». Me recordó a Jorge Edwards, cuando decía que su mejor novela era una que no había escrito todavía. Acaricié la ironía de Acuña como si fuese un jarrón de bronce, y la usé para titular a cuatro columnas la entrevista. Sigue leyendo

Queremos tanto a Gilda

Esta noche mi perra pasó por la piedra doce novelas, en silencio y lentamente. No tiene misterio: los libros estaban a tiro, encima del sofá, y los destrozó con verdadero gusto. Cuando eres perro, la destrucción también produce deleite. Entre las obras arruinadas había un poco de todo: material interesante, bazofia y ni fu ni fa. Ya sabemos que existen novelas que están sólo destinadas a ser escritas, nunca leídas. Gilda, que es un cachorro y todavía no comprende conceptos tan nacionales como «ni fu ni fa», les dio el mismo tratamiento a todas y las redujo sin cuartel, como si estuviese en guerra. Por si acaso.

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Continúen durmiendo

Me encontré con Salcedo a primera hora, en la calle Progreso. Él bajaba fumando, con el cigarro apagado, y yo subía dándole patadas a una lata de coca-cola, como en la infancia. Era tempranísimo. Por lo menos, las once. Noto yo que cada vez me cuesta más madrugar. Adónde voy a ir, me digo. No hay necesidad de destrozarse los nervios saltando pronto de la cama. A veces no hay suelo, y cuando te incorporas buscando las zapatillas, caes directamente a la calle. Más desde que sabemos, por boca del presidente, que de aquí a tres años España mejorará una barbaridad, pero no tanto como para que, al levantarte, tengas unas zapatillas al pie de la cama. Esta clase de dramas, como puede deducirse, se amortiguan durmiendo. Sigue leyendo

Borrachos para siempre

Hace unos años, por el Día del Libro, mi jefa me sorprendió ojeando pornografía en Internet, y me pidió que, por favor, saliese a airearme y, de paso, entrevistar «a uno de esos escritores» que acudían a firmar ejemplares, aprovechando que no tenían donde caerse muertos, si no contábamos algunos bares. Me pareció que empleaba el término «escritor» con la acepción de «mamarracho fracasado». Nada que objetar. Después de todo, yo era escritor y gastaba el tiempo viendo porno casero. Por no decir que la semana pasada, cuando mi editor me envió la liquidación del primer trimestre, el balance de mi novela resultó ser de «–7 libros vendidos». Sigue leyendo

Aquellos sí eran puticlubs

Hay muchos puticlubs, pero ninguno es el de Junta Larsen. Ni el de don Anselmo. La literatura está plagada de prostíbulos que solo son eso, prostíbulos, hombres, mujeres, mala música, olor a desinfectante. En cambio, las «casas» de Junta y don Anselmo representan complejos símbolos, además de burdeles. En realidad, son utopías, hasta que un día se desmoronan, como todo lo bello. Si solo fuesen prostíbulos, tal vez siguiesen abiertos, como todo lo atroz. Sigue leyendo