Nunca encuentro una buena razón para hablar de la orgía de Eyes wide shut, de Stanley Kubrick. Pienso en ella a menudo, en el sentido que pienso habitualmente en las novelas de Onetti, en algún poema de Carlos Oroza u Olga Novo, en una figura de Giacometti. Pero después de pensar, nada. Silencio, vacío. Cero. No es un tema que fluya naturalmente, o como complemento perfecto a un tema anterior, parecido. Nada se parece a esa escena. La gente ocupa los huecos para hablar de otra cosa. Aunque piense en orgías, precisamente. Puedes llevar años esperando a tratar la cuestión de Eyes wide shut, que difícilmente se darán las condiciones para pasearla.
¿A qué viene a hablar de esos veinte minutos de orgía brutal, opresiva, tensa? Nunca viene a cuento, nunca es el momento, pero ya me he cansado. Y como me he cansado, ya viene a cuento.
En realidad, Kubrick rodó esa ceremonia sexual más allá del sexo. En este minuto tengo en la cabeza las orgías futuristas de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, incluso la orgía de alta velocidad que el propio Kubrick incluyó en La naranja mecánica. Pero nada de eso se parece a Eyes wide shut. Esta orgía es tanto un paseo como un gran concierto de sexo y metempsicosis. Es un castillo en el aire. Es una invitación a moverse entre los cientos de cuerpos que follan en una hermosísima y a la vez misteriosa armonía, como si estuvieras dentro de una obra de Richard Serra. Es un poema, una continuación del Renacimiento por otros métodos. Yo me conformaría con deambular con las manos a la espalda entre toda esa gente que copula con estrategia sacerdotal, en la que los cuerpos, cada maniobra que ejecutan, parecen poseer un papel en el destino de la Humanidad. Hay algo de misa en tanto mete-saca, como acostumbraban a referirse al sexo los violentos protagonistas de La naranja mecánica. De hecho, la música que envuelve los momentos culminantes es Un mandamiento nuevo, de Jocelyn Pook.
En momentos de delirio, pienso que este país necesita una orgía dirigida por Terrence Malick. No sería más una orgía que un pacto de Estado, como en 1977. Una orgía de concentración nacional para superar esta mala racha. Los grandes problemas, a veces, sólo precisan el cambio de un insignificante tornillo. Recordemos cuando Thomas Marshall, el vicepresidente de los Estados Unidos con Woodrow Wilson, después de escuchar en el Senado un discurso soporífero sobre lo que necesitaba el país, dijo que «lo que necesita América es un buen cigarro de cinco centavos». Tal vez los mercados confiasen más en un país que folla en una sola habitación.
Foto: Eyes wide shut, Stanley Kubrick.