Bazofia juvenil de la buena

Cada cuatro páginas, Holden Caulfield, el narrador de El guardián entre el centeno, siente ganas de vomitar. No soporta la realidad. Todo le provoca asco. Puede ser una palabra, como «encantadores», o puede ser una persona, como el director de la escuela de la que acaban de expulsarlo, o puede ser una circunstancia tan anódina como que «alguien te diga una cosa dos veces cuando tÚ ya la admitiste a la primera». La novela avanza entre arcadas. Esta idea de insoportabilidad que se respira en toda la novela, me visita cuando nuestros gobiernos diagnostican que tenemos la peor juventud posible: ignorantes, vagos, nihilistas, antisistema. No dicen borrachos, pero sabemos que lo piensan.
Lentamente, se consolida la teoría de que la juventud es un conjunto inmundo, una bazofia perfecta, resultado de estar moldeada por una educación vomitiva. Consecuentemente, hace falta cambiar el modelo educativo. Esta es la base del razonamiento. Parece ser que esta degradación de la juventud es una cosa de hoy. Ni siquiera de ayer. En este país se consolidan las teorías más pintorescas, con las que los adultos buscan refrendar la superioridad de su generación sobre las posteriores.
No quiero presumir de nada, pero cuando yo andaba en el instituto, en mi clase explotaban petardos, se rompían puertas, dormíamos la siesta, se reconocía la relevancia de que dos y dos eran cuatro, pero de ahí a ponerla en los altares… No tenía que ser un día especial para que ocurriese alguna de estas cosas. En los días especiales, acuchillábamos las cuatro ruedas del coche del director. Es decir, éramos individuos tan ruines, descerebrados y bebedores como los actuales, sino más. De aquella generación, salvo yo, que continuo bebiendo y actuando como nihilista, hoy hay diputados, alcaldes, profesores universitarios, médicos, empresarios, delincuentes. Lo mejorcito. No se trataba, en el fondo, sino de una dialéctica histórica inevitable, que vinculaba aquellas bajezas nuestras con las ignominias de la quinta de mi padre, que su vez remitían familiarmente a las infamias de la quinta de mi abuelo. Así sucesivamente, hasta los griegos o los egipcios. Quiero decir con esto que la juventud siempre fue una modalidad de degradación, una mierda de puta madre, dispensando, llamada a dirigir al país. Y tal vez hace falta que siga siendo así. No es malo caer hasta el fondo. Nadie llega al lugar idóneo si no es siguiendo caminos de perdición. Los errores poco a poco nos van aproximando a los aciertos.
Estos días, leyendo a Baroja, encontré un párrafo revelador que cuestiona la teoría de la involución actual del sistema educativo. Nos mantenemos relativamente fieles, en términos de bazofia, a las generaciones precedentes. El novelista, describiendo los tiempos en los que estudiaba Medicina, señala: «En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas; nadie seguía la explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el profesor se disponía a echar en un vaso de agua un poco de potasio para que comenzase a arder, el de la corneta dio dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fue un problema echarlo. Había estudiantes tan descarados, que llegaban a las mayores insolencias, chillaban, aullaban, interrumpían al profesor». ¿Cuál es el modelo? ¿A qué generación queremos parecernos?

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