Cómo una diarrea condujo a un post

La diarrea es un tema delicado, con perdón. Pongamos que la delicadeza afecta a varios niveles. Primero está el nivel físico, que personalmente no me interesa. También está el plano científico, que me interesa menos, o nada. En realidad no me interesa ningún plano de la diarrea, excepto el narrativo. Cómo hablar de la diarrea, cuándo hablar de la diarrea, dónde, con quién hablar de la diarrea? Cuestiones candentes. Todos conocemos relatos de diarreas, algunos son graciosos, otros trágicos o tragicómicos, y casi todos, ni una cosa ni a otra. El que yo les voy a contar simplemente es muy extraño. Atañe a un amigo con el que coincidí ayer por la tarde en Mercadona, en la sección de congelados. No comentaré nada que conduzca a su identificación, salvo que es de complexión fuerte, calvo, está licenciado en ingeniería agrícola y trabaja arreglando bicicletas en el Carrefour de Ourense.

Cuando dejamos el supermercado, caimos en un bar, como todo el mundo. Bebimos. Intercambiamos algunos comentarios anodinos sobre no sé qué de fútbol, algo de la reforma laboral y Urdangarín, y dos o tres cosas más que no recuerdo. Estupideces, en todo caso. Sólo después de tratar estas ridiculeces con la seriedad necesaria, me confesó que no había podido leer aún mi novela, como todo el mundo. Supuse que lo que quería decir, en realidad, es que aún no había encontrado las ganas para empezar, pero prefería evitarme ese trozo de sinceridad cruda. Tal vez notó algo extraño en mi gesto, porque se apresuró a añadir que no había podido leer ni la mía, «ni ninguna otra». Eso me pareció más serio, y arrugué la frente. «Creo que soy alérgico a las librerías», me reveló, al tiempo que rebajaba el tono de la voz, como cuando confiesas que mataste a Kennedy. «¿Alérgico?», pregunté. «Cada vez que entro en una, me descompongo». Lo interpreté cómo una crítica al panorama narrativo actual. ¿Tan mal estaba, en su opinión, el cotarro literario? En líneas generales, yo también consideraba que el mercado era un coladero, faltaba exigencia, gusto, y sobraba el resto. Pero afortunadamente existían las líneas particulares, y de vez en cuando uno descubría autores interesantísimos hurgando, precisamente, en las estanterías de las librerías. Aproveché para hablarle de Los náufragos del Batavia, de Simon Leys, y de Cráter, de Olga Nuevo. Me miró con cara de «¿comes mierda, chaval?» Explotó un silencio que duró varios segundos.

«No me estás entendiendo, tío», dijo por fin, mientras le metía un trago a la cerveza. Permanecí callado, mirando cómo bebía. Luego bebí yo también. Ahora era cuando no entendía. ¿Acaso no había autores malos y, en menor medida, autores buenos? ¿Para él eran todos malos? Qué hostia pasaba. «Me descompongo literalmente, me cago, hostia», precisó con énfasis. «¿Te cagas?», repetí, dubitativo, pero enseguida consciente del significado de cagarse.

«Pero, ¿cómo?», pregunté, como si fuese idiota, para obtener más información. «Yo entro en la librería –arrancó a hablar cómo si estuviese explicando el funcionamiento de un Iphone 4S–, hojeó tres o cuatro libros, al azar, best sellers, para no complicarme, morralla, y en ese momento ya siento que algo raro pasa, noto mar de fondo, y de golpe ya me da un retortijón, a modo de aviso, y enseguida otro, como el rayo de la muerte, y entonces tengo que salir corriendo, y siento que no llego…», relató, sin acabar la frase, para dejar sitio a la imaginación.

Curioso, pensé. Tal vez el problema no era la librería, en general, sino ciertos libros, expuse a modo de hipótesis. «Hay libros que, personalmente, me hacen vomitar». Una mala lectura la tiene cualquiera. Pensé en aquello de Roberto Bolaño: «Hay momentos para recitar poesía y hay momentos para boxear». Negó con la cabeza. No era cuestión de autores, ni géneros. Ya había probado de todo. Había experimentado consultando sólo poesía, sólo tragedias griegas, sólo novela histórica, solo ensayo, literatura transversal… Siempre aparecían los retortijones, las carreras desesperadas en la búsqueda de un cuarto de baño, la diarrea. En mi ingenuidad, pregunté: «¿Has consultado con un especialista?» «¿Qué especialista: un internista, un alergólogo, un oncólogo, un bibliotecario?» Tenía razón. Aquello tenía mala pinta. Pero a mí me daba para escribir un post.

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