El cigarro inmutable de Chandler

No sabía nada de fumadores hasta que dejé de fumar y leí un breve ensayo de Luc Sante, que, en realidad, no tiene nada que ver con un ensayo, pero que me enseñó más que dos paquetes de Marlboro diarios durante quince años. Una lectura pausada, incluso una lectura rapidísima, de «Nuestro amigo el cigarro», crónica fugaz que usted podrá encontrar en Mata a tus ídolos (Libros del K.O.), permite advertir que el progreso también acaba con los gestos. La extinción no es algo que afecte sólo a las especies, o a los derechos laborales, o al pantalón de campana, sino también al algunas imágenes cotidianas. Parece una mamarrachada. Seguramente es una mamarrachada. ¿Pero que sería la vida sin mamarrachos?

Cada día se disipan docenas de gestos, miles, centenares. De hecho, no tengo una idea clara de cuantos gestos desaparecen, ni de si realmente desaparecen. En cualquier caso existe uno, relacionado con el tabaco, que se aproxima al precipicio amargamente: se trata de esa imagen, antaño tan común, en la que un individuo mantiene las manos ocupadas y sostiene el cigarro entre los labios, en cierto modo abandonado. Ya ningún fumador hace dos cosas a la vez.

Tengo la teoría estúpida de que la Ley Antitabaco no pretende tanto erradicar el consumo de cigarros en los espacios públicos, como impedir que se hagan varias cosas a la vez mientras uno está fumando. Si fumas, sugiere la ley entrelíneas, fumas; no fumas y, de paso, haces otra cosa. De ahí que los fumadores se vean empujados a la calle, donde sólo cabe fumar y pasar frío. Lamentablemente, Raymond Chandler no podría ya referirse, para sugerir la atmósfera de las cosas truculentas que ocurren a nuestro alrededor, «a los tipos que comen, hablan y escupen sin que los cigarros que habitan en sus bocas se inmuten».

Esta costumbre de rufianes como Humprhey Bogart en El halcón maltés, o Jean-Paul Belmondo en Al final de la escapada, es una maniobra que avanza hacia el abismo, inexorablemente. Cuando el mundo entero fumaba, cuando fumaba el médico en la consulta, como recuerda Luc Sante, cuando el profesor fumaba en clase, cuando Paolo Futre y Robert Prosinecki fumaban en el vestuario, después del entrenamiento, cuando el presentador fumaba en directo, cuando fumaba el camarero, cuando fumaban los pacientes en la cama del hospital, cuando fumábamos en los aviones, o en la cama, o mientras hacíamos el amor, era más sencillo mantener el cigarro entre los labios y ocupar las manos en otras maniobras.

Tal vez recuerde un programa de entrevistas de TVE, emitido entre 1976 y 1981, que se titulaba «A fondo» y presentaba Joaquín Soler Serrano. Este periodista, muerto hace año y medio, sabía que las mejores entrevistas son aquellas en las que dejas hablar y fumar al invitado. Hoy en día no es posible ni una cosa ni la otra; el invitado, según el programa, es alguien que viene únicamente a escuchar al presentador. En todo caso, Soler Serrano hizo docenas de entrevistas memorables por el sistema de callar y acercarle un cenicero al protagonista. Personalmente, me quedo con las entrevistas a Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Josep Pla, que no pararon de fumar, incluso de hablar y fumar al mismo tiempo, durante la hora y media que duraba el diálogo. Daba gusto. Hoy, en cambio, aquel formato lleno de humo provocaría protestas, y una atmósfera así, en palabras de Luc Sante, «sólo impactaría al tipo de gente que valora la habilidad para hacer chirriar los dedos o silbar con los dientes». Por desgracia, aquel esplendor no fue sino el umbral del fin de una era de hermosos gestos que se desaparecieron como una exhalación.

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