El «trampitán» y las patatas cocidas

Necesitamos un buen invento. Una idea que nos haga descarrilar e ir por caminos distintos. Las vías del tren siempre conducen al mismo lugar. Se trata, como en aquel tango de Cadenza, de intentar lo absurdo para lograr lo imposible. El caso es reaccionar. El Papa Inocencio IX encargó en su día un cuadro en el que aparecía representado en el lecho de muerte, y lo contemplaba cada vez que debía adoptar una decisión importante. Nosotros deberíamos tener algo así en los despachos oficiales. Un estímulo. Algo. Un buen invento, en fin.

No sé si el Consejo Económico y Social que propone Baltar para construir un milagro a escala provincial, es ese buen invento. Tampoco sé si es un invento, a secas. Galicia cuenta con un Consejo Económico y Social desde hace años. Quizás el invento sería que, una vez que ya existe, se le busque sentido. No sé. Seguramente estoy equivocado, y seguramente, cuando todo el mundo suprime y destruye, el gran invento sea crear, fundar. Llevamos tanto tiempo retrocediendo y recortando, que parece que evolucionar hacia delante sea un paso atrás.

En esta provincia siempre hubo grandes inventores. Tengo devoción por Indalecio Carballal Yáñez, un carnicero que, en los años veinte, inventó el kilo de ochocientos gramos. Disfrutó de cierto éxito, a corto plazo. Hasta que un cliente le partió una pierna con un sacho, y lo abocó a retomar el kilo oficial, clásico, aburrido. En este país siempre nos gustaron los números redondos. Pero existieron otros inventores célebres. Algunos apócrifos, pero tanto más interesantes cuanto menos posible sea seguirle el rastro. En la misma época que se experimentaba con las unidades de peso, corrió la noticia de que un jesuita de A Limia había obtenido electricidad a partir de las patatas cocidas.

Y llegamos al plato fuerte: Juan de la Coba. Nacido en 1829, inventó el «pirandargallo», un paraguas gigante que se instalaría en el Polo Norte para evitar que  lloviese en el planeta cuando no se precisase. Pero sobre todo inventó el «trampitán», un idioma personal, pre-surrealista, que no conducía a ninguna parte. Ni siquiera al entendimiento. Carecía de voluntad comunicativa. De la Coba empezó por unas pocas palabras, que permitían construcciones absurdas, tipo «el valle del varramoto» o «los prados de la julepa». Con el tiempo, el idioma se sofisticó y el autor hasta compuso una ópera: La Trampitana. Sí. Claramente. Hace falta retomar el espíritu de nuestros grandes inventores.

(Publicado en La Voz de Galicia de Ourense).

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