El gran invento de la derecha

Cada vez con más frecuencia la realidad sólo sucede en el lenguaje. Los hechos perdieron valor. En el fondo sólo son cosas que ocurren, reales, probablemente, pero cosas comunes al fin. Chorradas que llevan siglos ocurriendo. En el lenguaje todo resulta inaudito y vertiginoso. Es el mejor invento de la derecha política, que vio antes que nadie que la única revolución que puede experimentar un país como este es una revolución lingüística. Las revoluciones fácticas, como puede imaginar, son carísimas, de ahí que la estrategia de Núñez Feijóo pase por sublevar los conceptos, que es gratis. Basta que sea barato, y teórico, para que el gobierno gallego esté en la vanguardia. No recuerdo un ejecutivo más emperrado en cambiar Galicia por la vía de la epopeya y la metáfora.
Hace pocos días estuvo en Ourense la consejera Beatriz Mato para explicar el cierre del centro de menores de Montealegre. Tuvo una intervención digna de Tip y Coll, que también eran individuos que no hacían nada pero a través del lenguaje revolucionaron el humor. Mato sostuvo que después de cerrar Montealegre, tal vez alguien había estado intentado llamar a eso «recorte», pero ella prefería denominarlo «eficacia en la gestión». Este es el signo de los tiempos, en el que las horas optimistas que nos toque vivir serán una narración, una nota de prensa, una crónica periodística, un recurso literario.
Este desprecio por la realidad como espacio en el que ocurren las cosas importantes, conecta al país con una historia protagonizada por John Lambie, entrenador de fútbol escocés. En sus años a cargo de la dirección técnica del Partick Thistle F.C., obligó a un delantero que había perdido el conocimiento en un choque con un defensa, a seguir jugando. El médico alegó que el chaval no estaba bien, ni siquiera recordaba quien era. «Perfecto -respondió John Lambie-, le dice que es Pelé y lo manda al centro del campo». ¿Ve a qué me refiero? En este país, un grupo de semánticos ultraliberales trata de persuadirnos de que prescindir de servicios es de valientes, y que recortar prestaciones, incluso derechos -realidad a la margen- es una gestión creativa, acorde con la ultramodernidad. Todo sugiere que, hartos de los hechos, estamos dispuestos a picar en esa retórica. Ojo. Hace años, le preguntaron al poeta -y lingüista- Gabriel Ferrater si la realidad no le parecía terrible. Ferrater, que sabía del asunto, respondió inmediatamente: «Sí, pero y la irrealidad, ¿qué?»

(Publicado en La Voz de Galicia de Ourense)

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