El impacto del Guggenheim

Pasé el fin de semana en Vilardevós. Ahora somos 2.100 habitantes. Caemos a razón de cien al año, como si fuésemos moscas. Ya es costumbre. No hay semana sin su entierro y medio. En el bar, al atardecer, al regresar del cementerio, coincidimos en que la construcción del tanatorio es el mayor avance en décadas. Resultó un revulsivo para los que aún estaban vivos. «Es nuestro Guggenheim», razona el dueño de la cantina, mientras le pasa un trapo a la barra. Tal vez. En sitios como Vilardevós sentimos bien poco el peso del mundo. Ni falta que hace. No podemos decir, sin embargo, que no advirtamos las arrebatadas señales del progreso. Pasa que aquí usamos otros parámetros. Baste decir que nosotros seguimos empleando el «ferrado», la «tega» o la «ola» como unidades oficiosas de medida. Pensamos que el metro o el litro son sólo una idea más, y resulta razonable creer que algún día pasarán de moda, quedarán en desuso, como vaticinó Borges de la novela. «Ya sé que esta época parece exigir novelas de los escritores. Continuamente me preguntan que cuándo voy a escribir una novela, pero yo me consuelo pensando que alguna vez le preguntaban a los escritores: “¿Y usted, cuándo va a escribir una epopeya?”, o “¿cuándo va a escribir un drama de cinco actos?”, y actualmente esa pregunta no se usa», decía el argentino.

Aquí no tenemos el fetichismo del PIB, ni del AVE, ni de los centros comerciales. Tampoco tenemos 3G. Para qué. Probablemente tenemos de sobra con el tanatorio. Estamos –si me permiten saltar a un novelista– en el bando de Dickens, a quien en una estancia en Boston, durante su gira por los Estados Unidos, le mostraron un extraño aparato llamado teléfono. No está confirmada la autenticidad de la historia, pero en todo caso, la versión apócrifa dice que aquel aparato era una caja grande y negra de la que salían un cable grueso, un embudo y una clavija de metal. Le aseguraron que se trataba de un hallazgo maravilloso, que permitía hablar desde Boston con alguien que se encontraba en Nueva Iork. Dickens analizó en silencio el aparato, y preguntó: «¿Hablar de qué?»

¿Progresar? Quizás… pero ¿cuánto, hacia dónde? Los que venimos de la retorcida orografía gallega sabemos que el progreso, en realidad, es que no se marche la luz durante ocho horas, o que una subida en la tensión no queme la caldera una vez al año. Las exportaciones, la producción industrial, el I+D son indicadores relativos, alejados, remotos. ¿De qué valen en una casa a oscuras? Como decía, aquí también progresamos, pero con nuestros parámetros. Ya no se marcha la luz, salvo un par de veces a la semana durante algunos segundos, apenas el tiempo para que sólo se descontrole la hora de los radio-despertadores. Eso, para nosotros, es un cambio de paradigma. La hostia. Morimos asiduamente, por vicio, pero hay luz en los velatorios.

Este domingo, dormitando en el sofá, reparé en cómo, superados los problemas con la electricidad, nada importante nos distingue ya del resto mundo, excepto los miedos. En este apartado no ha habido progreso. Nuestros miedos, tan distintos de los que encogen el corazón de las personas en las grandes ciudades, siguen siendo los mismos. Lo advertí de pronto el domingo, cuando mi padre se fue a dormir y, desde la cama, preguntó con un grito: «¿Chaval, has cerrado la bombona?» «Sí», respondí desganado. «¿Estás seguro?», preguntó de nuevo. Entonces, me percaté: no había cambiado nada. Cero en progreso al respeto. Seguíamos teniendo miedo a morir intoxicados. En otra época, el miedo era a morir calcinados, y en ese etapa la pregunta, cuando eras tú el que estaba en la cama, era: «¿Chaval, has apagado la manta eléctrica?» La calefacción acabó con ese miedo, y con el pánico a morir por el brasero. Progresamos lentamente, con la misma lentitud que un día conseguimos cambiar de coche, y dar el salto al cierre centralizado. Poseo un recuerdo traumático de los días en los que la pregunta era «¿Chaval, has cerrado todas las puertas del coche?», porque siempre me tocaba a mí dar la vuelta y revisarlas una por una.

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