Horror en la cabina telefónica

Es sábado al atardecer. Estás en el bar, de espaldas a la barra, bebiendo como si nada, miras en la dirección del parque, y reparas fríamente en la cabina telefónica, abandonada. Llueve. O estás en la estación de ferrocarril, con un libro entre las manos, esperas aburrido la llegada del tren, levantas la cabeza, y ves el teléfono público en un rincón, solitario. Hace buen día. En ningún caso adviertes nada extraño. Nada que sugiera una amenaza. Salvo que llueve o hace buen día. En un caso bebes y en otro lees, que son modos muy legítimos de transitar por la vida. Pero todo cambia en un segundo. Inadvertidamente, un desconocido se acerca hasta el aparato de teléfono, mete la mano en el bolsillo, busca monedas muertas, introduce dos de veinte céntimos en la ranura y descuelga el auricular. No sabes de qué habla, pero tu tranquilidad ha terminado. Da igual quién sea ese fulano, o con quien hable, o de que traten. No te parece trigo limpio, sin más. De pronto, tienes el desasosiego metido en el cuerpo. Tic tac. Tic tac. Ya no te apetece leer ni beber. Tal vez beber. La escena ha girado ciento y pico grados. Son muchos grados, ciertamente. Donde antes había tedio, ahora manda la inquietud. Es normal.

Hace tiempo que las cabinas se volvieron sospechosas. Son un residuo, como los consumidores de heroína, a lo que ya nadie, o case nadie, para ser exactos, recurre. La explosión de la telefonía móvil ha convertido su presencia en el paisaje urbano en un objeto olvidado. Hay en ellas algo que nos recuerda a la muerte, tan solas, tan frías, tan inofensivas. A menos que alguien se acerque a ellas, descuelgue, marque un número. Luego, descubres que no sólo están vivas, también son peligrosas. Es inevitable desconfiar de sus usuarios. ¿Estarán contratando un sicario? ¿Concretando detalles para asaltar un banco? Parece lógico pensar que sólo usas un teléfono público si pretendes esconderte, borrar tu rastro, encargar el asesinato de tu padre.

Pero la cabina telefónica siempre fue una fuente de horror. Tal vez el  mediometraje más impactante del cine español sea La cabina, dirigida por Antonio Mercero en 1972. Eran otros tiempos. En realidad, siempre son otros tiempos. La cinta cuenta la historia de un individuo, interpretado por José Luis López Vázquez, que queda atrapado en una cabina de teléfono y no puede salir. Fin de la historia. Pero la historia es lo de menos. Cuando acaba la historia comienza la falta de aire. La película dura 35 minutos, pero cada minuto dura varios días. Basta decir que durante muchos años, la gente que tenía que usar los teléfonos públicos metía el pie entre la puerta y la jamba para que no se cerrase la cabina. Algo así tiene que ver con el guión, con la dirección, con la interpretación, con la banda sonora… y con la cabina telefónica, que sólo nos dejará tranquilos el día que se extinga por completo.

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