La realidad en 16 palabras

El ruido que despiertan las cosas importantes oculta el sonido de las cosas ínfimas. Es habitual. También es peculiar, porque las cosas importantes, sobre las que prestamos atención atraídos por el barullo, a menudo resultan igualmente insignificantes.  Basura. Sólo la fuerza del ruido que levantan las vuelven superiores, obligando a las cosas pequeñas a buscar existencia en lugares más lejanos y recónditos. Le pasó a Julio Cortázar en 1951, cuando se fue a vivir a París porque los bombos peronistas no le dejaban escuchar los cuartetos de Béla Bartok. Esa dificultad que encuentran determinadas creaciones para verificar que existen en mitad del caos explica que «Mambo», una comedia shakespereana representada hace diez días en Vigo, no dé más que hablar. Interpretada por Machi Salado, Antela Cid, Xoán Abreu y Fran Peleteiro, habla de amor, poder y sexo, es decir, de la historia de la humanidad de la que tratan las grandes obras, pero empleando sólo 16 palabras. Misteriosamente, la obra fluye, hechiza, penetra, perturba. Somerset Maugham poseía una interesante teoría literaria según la cual, para escribir un buen libro, uno de esos libros imborrables, existen tres reglas que hay que cumplir. Nada más que tres reglas. Sólo tres reglas. ¿Cuáles? Ahí está el problema. Maugham señala que, desgraciadamente, nadie sabe cuáles son.

Los actores de «Mambo», a lo largo de una hora, ensayan combinaciones con conceptos como amor, mambo, peseta, no, revolution, power, whisky, ok, pum… Así hasta 16 palabras, un infinito semántico relativamente pequeño. La simpleza total es una perfección absoluta que esconde una dificultad máxima. No está al alcance más que de unos pocos. Por eso los malos escritores, es decir casi todos, tendemos a la tejer obras complejas en las que pasen desapercibidas todas nuestras debilidades.

Uno nunca sabe dónde están las cosas importantes. La importancia se oculta. No estaba, y de pronto emergió en «Mambo», con mínima escenografía, mínimo elenco, mínimo lenguaje, mínimo presupuesto. Todo mínimo, para disimular lo máximo. Inaki Uriarte cuenta en sus diarios que cuando estuvo en la cárcel, su compañero de celda mantenía que lo más rico del pollo era la alita derecha. Le pareció una opinión ridícula, una excentricidad propia de un maníaco, y rió a carcajadas, naturalmente. Hasta que un día, en una novela de Charles Dickens, leyó que la parte más sabrosa del pollo era la alita derecha, porque estaba pegada al hígado. Quiero decir, con esta evocación sobre ridiculeces de gallineros, que precisamente las ridiculeces, las cosas más pequeñas y silenciosas, son las que mejor suenan y las que más nos convienen.

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