«Lo que más me gusta es rascarme los sobacos»

Cuanto mejor funciona un servicio, más hay que desconfiar. Esta estrambótica teoría se me imponía cada vez que acudía a Correos. Era mucho tiempo saliendo todo a derechas. Los paquetes llegaban en plazo, los envíos en buen estado, los empleados no torcían el hocico. Ni una mala praxis. Evidentemente, era para desconfiar. Hay algo que se llama estilo de vida, y eso no se cure así como así. Nada que funcione bien puede prometer para el futuro otra cosa que caos y ruina, pensé ayer a la mañana, cuando entré en la oficina de Correos, temiendo que, una vez más, todo saliese a pedir de boca. Inesperadamente, las cosas volvieron a su sitio, cuando descubrí a una funcionaria matando un minuto con un libro en horario laboral. En su descargo tengo que decir que no había ningún usuario desatendido pero… un libro. ¿Era necesario llegar a ese extremo?

No me quedé tranquilo hasta averiguar de qué libro se trataba, y cuando advertí que hablábamos de El extranjero, de Camus, regresé a los nervios. No tenía claro que estuviesen los tiempos para leer la historia de Meursault. Bien analizado, nunca se habían mostrado tan propicios los tiempos para caer en el nihilismo. Intenté pensar en otra cosa mientras certificaba un sobre con un currículo dentro. Y pensé en Charles Bukowski, y en aquella frase inolvidable: «Lo que más me gusta es rascarme los sobacos». En el fondo, también era lo que estaba haciendo la funcionaria, sutilmente. En este país procedemos de una tradición en la que las horas de trabajo en las que no hay carga de trabajo, se emplean simulando que no se da abasto. Pero Bukowski acudió a mí no tanto porque le habían salido imitadores, como porque también trabajó durante once años en una estafeta postal, en California. No fue en vano: en 1971 publicó Post Office, novela donde narraba sus aventuras como cartero y después como oficinista.

Hay empleos con una hermosa literatura detrás. William Faulkner también se empleó durante un tiempo en una oficina de correos, en la Universidad de Mississippi, hasta que lo despidieron, porque no estaba dispuesto a interrumpir la lectura y mostrarse agradecido «cada vez que un hijo de perra con dos centavos acudía a comprar un sello». De aquellos días deriva su aversión por el correo, que tiraba dentro de sacas enteras por la puerta trasera de la estafeta. Después de su muerte, encontraron montañas de cartas, paquetes y manuscritos enviados por admiradores que nunca se molestó en abrir. Sólo cuando presumía que se trataba de un cheque de alguna editorial, hacía excepciones a la regla general.

Pero si queremos tratar en serio el tema «correos y desidia» hay que hablar de Cliff Clavin, el cartero que interpretaba John Ratzenberger en Cheers, la comedia en la que mi generación aprendió que las cosas importantes, serias, pasan en los bares. Clavin era un experto en todo, un almacén de curiosidades inútiles, que vivía con su madre, de la que probablemente estaba enamorado. Todo lo que hacía y decía, desprovisto de interés, nacía del aburrimiento que le provocaba su vida y su trabajo como funcionario de correos.

Cuando acabé lo que había ido a hacer a la oficina postal, le eché un último vistazo a la funcionaria, de soslayo. Esta vez atendía a un usuario, pero con la novela de Albert Camus muy cerca, debajo de un impreso, mal disimulada, como marca el estilo de vida.

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