Los objetos ya no son lo que fueron

En uno de los capítulos de Yo, Claudio, un rapsoda y un criado de Augusto mantienen un breve diálogo, después de que el trovador se asombre de la maravillosa voz del asistente. «Es que yo, señor, soy actor, pero prefiero este puesto», explica el criado. «Tienes razón, el teatro ya no es lo que era», afirma el rapsoda, aplicando ración doble de nostalgia. En una demostración de su vocación dramática, el criado replica: «El teatro, señor, nunca fue lo que era». Este intercambio entre criado y rapsoda es muy oportuno para hablar de otras cosas, ninguna que tenga que ver con el teatro, por que nada, evidentemente, fue nunca lo que era. Personalmente, estaba pensando en hablar de ciertos objetos. ¿No advierte que últimamente ya no hay automóviles, ni bebidas, ni teléfonos, ni ropa, ni muebles, ni relojes, ni principios activos? En lugar de las cosas corrientes, ahora existe la marca, la identidad comercial de una cosa más o menos sintética. Aquellos sustantivos que en algún momento nos resultaron útiles para referirnos a las cosas, fueron apartados por los nombres propios. Claramente, los objetos no son lo que eran. ¿Un teléfono sin más? ¿Un automóvil a secas? ¿Una cadera para sentar escritura sin mayúsculas? ¿Una estantería para el salón sin una referencia sueca? ¿Un ansiolítico a palo seco? El capitalismo de consumo no resiste el anonimato que despierta un nombre que permite referirse a millones de objetos iguales. En la medida que los individuos nos parecemos a las cosas, las cosas quieren cada vez más ser individuos, con nombre, apellido, DNI, número de la Seguridad Social, perfil en Facebook y Twitter.

Nadie habla ya de automóviles habiendo marcas como Ferrari, Mercedes, Renault o Seat para referirse a vehículos a motor hechos a la medida de cada conductor. Del mismo modo, ya no se comercializan teléfonos, sino Iphone, HTC Desiré o Nokia Lumia 800. ¿Quien se referiría a refrescos pudiendo pedir Coca-Cola o el Acuarius? Habrá que escribir la Historia de otra manera. Tal vez no haya ya un gran momento sin una marca adherida. Estos días se cumplen setenta años de la muerte de Stefan Zweig, autor de Momentos estelares de la historia, uno de sus libros más aplaudidos, gracias, en parte, a la capacidad de Zweig para encontrar el instante de ruptura, el punto crucial que decanta un hito histórico, una vida, una era.

Al escritor austríaco le gustaba hablar de los ratos «dramáticamente concentrados, preñados de fatalidad», como una especie de lazadas, en cuyo dibujo converge el sentido de una época. Hoy sería difícil localizar un rato de fractura, un breve espacio de fuerza y tensión histórica, sin que no haya detrás una gran marca. Es cierto que los cambios importantes en ocasiones se disfrazan de sucesos secretos. Eso permite albergar cierta esperanza. Entre las catorce miniaturas históricas que elige Stefan Zweig, personalmente me quedo con la que explica la Roma clásica. El Imperio estuvo cargado de hitos extraordinarios y grandes emperadores, pero el autor austríaco se detiene en el asesinato de Cicerón, que tuvo la delicadeza de estirar  el cuello para que le cortaran más fácilmente la cabeza, tal y como relata Plutarco en las Vidas paralelas.

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