Miedo a los botones

Tengo un pariente que sufre mareos cuando entra en una habitación y ve un cuadro inclinado en la pared. Es un hombre inmune al sufrimiento, al cansancio, al pesimismo, incluso al aburrimiento, pero no soporta los marcos torcidos. Es superior sus fuerzas, por eso nunca se desplaza a los sitios sin un nivel en el coche. No es un caso aislado de individuo desquiciado por cosas menudas. Personalmente, hasta hace pocos años, no soportaba los botones. Me hacían vomitar. Cuanto más grandes, más asco. Durante años no pude usar camisas. Existen miles de cosas pequeñas pero desasosegantes. Hace dos días, entre cerveza y cerveza, un amigo me habló de una conocida que tiene a una pareja de sordomudos como vecinos. Me pareció, de entrada, un vecindario ideal. Después de una vida torturado por palanganeros de todo tipo, una pareja así, sordomuda, que tiene de sobra con su silencio para entenderse, es justo lo que yo precisaba. No sabes lo que dices, aseguró mi amigo. Lejos de permanecer en un completo y obstinado silencio, aquella pareja emitía, la determinadas horas, bufidos impenetrables, roncos, animales, como desesperación del lenguaje, que trastocaban a la conocida de mi amigo cómo alguien que entra en casa oscuras. No eran gruñidos continuos, ni siquiera escandalosos, caían como por sorpresa, a deshora, como esos cuchillos que se acercan hasta la bañera en mitad de la noche, y se clavaban como una voz que pide ayuda justo antes de morir. Simplemente, daban miedo.

Escuchando este relato recordé cuando Ludwig y Paul Wittgenstein vivían en la mansión familiar en Viena, y Paul interrumpió un día sus ejercicios de piano para golpear la pared que daba a la habitación vecina, donde Ludwig escribía en silencio. «¡Cómo pretendes que toque el piano con tu escepticismo metiéndose por debajo de la puerta!», le gritó. Ludwig no contestó. Estaba demasiado concentrado en su Tractatus. Definitivamente, existen pocas cosas tan temibles y oscuras para un espíritu tranquilo, que simplemente busca la paz cuando llega la casa, como las que sólo él puede oír porque son un demonio personal.

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