«Niño, no juegues en la bañera»

Hoy es un buen día para hablar de bañeras. De hecho, también sería un buen momento para hablar del consumo de drogas dentro de las bañeras. Modestamente, creo que podría hacer una pequeña aportación a ese tema, sobre el que trabajé durante años, hasta que comencé a vivir en casas con plato de ducha. Muertes como la de Whitney Houston facilitan el tratamiento de una cuestión que, en otras circunstancias, tendría difícil encaje en una conversación de actualidad. Nadie habla o escribe de bañeras si no es con un pretexto trágico, o por una avería seria, que es una variante de la tragedia. Nada impide, claro está, traer a cuento la bañera porque sí, o porque ya se habló de todo anteriormente. Recuerdo el caso de Emil Cioran, que contaba que en una ocasión cinco escritores que no lo conocían de nada lo invitaron a desayunar, con el fin de hablar de su obra filosófica. Pero durante las tres horas que duró la comida, Cioran sólo habló del bidet, de su nacimiento a finales del siglo XVII como receptáculo de agua destinado a aliviar a los jinetes después de una dura jornada a caballo, de su evolución histórica y del desprecio que le inspiraban al propio Cioran los alemanes porque no lo tenían en sus casas.

La relación de los individuos con la bañera pasa por etapas muy diferentes. Tal vez la más oscura se suscita durante la infancia. Es la fase en la que las madres, mezclando alarmismo y folclore, nos hacen temerosos de la bañera, los huesos de las aceitunas y los cortes de digestión. Esta época es crítica, despierta fantasma, pero pasa. Lamentablemente, las madres siguen ahí, y por eso, cuando ya no pueden meterse contigo en el cuarto de baño, dirigen el pánico a las drogas y a las bebidas alcohólicas. No obstante, con la puerta cerrada, nosotros descubrimos nuevas posibilidades en las bañeras. Hasta que un día, por cierto sentido de la curiosidad, damos un paso más y experimentamos el baño como complemento idóneo de un cubata, o de un cigarro… La mayoría sobrevivimos como si nada. Hacemos vida normal. Bebemos. Compramos piso. Cambiamos de teléfono. Tenemos resacas. Enterramos a los parientes. Y nunca hablamos de bañeras, hasta que un día muere otra estrella en condiciones misteriosas, y pensamos en nuestras madres y el peligro que tiene el cuarto de baño.

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