«¿Cómo hay que tocar las ingles?»

No hay nada que hablar, parecen decir los palos que da la policía. Hablar sólo aclararía las cosas. En realidad, cuando la policía llega al escenario, ya está todo dicho, en lo que a ella concierne. Resta, digamos, poner la última palabra. Cada agente tiene su propio estilo de finalizar la conversación. Personalmente, elijo el porrazo en la ingle que de vez en cuando propinan a los manifestantes, no tanto por la crueldad del gesto, como por el significado que la ingle, como ágora de los genitales, tiene para la historia de España. Tal vez  tenga fresca la escena de Amanece, que no es poco en la que un profesor, forzado por dos tipos armados, es obligado a examinar los conocimientos de los alumnos. En un gesto de rebeldía surrealista, pero lleno de sentido, el profesor hace frente a los energúmenos dictando un magnífico examen bajo el que se esconde un alegato a favor de la libertad: «Tomad nota de las preguntas: Las ingles, su importancia geográfica. ¿Son verdad las ingles? Historia de las ingles. Las ingles en la antigüedad. Las ingles de los americanos. ¿Como hay que tocar las ingles? El ruido de las ingles. Las ingles más famosas. Las ingles y la literatura. Un kilo de ingles. Las ingles de los niños. Las ingles y la cabeza, relación si la hubiere. Las ingles en Andalucía, y el clavel. Teoría general del Estado y las ingles. Las ingles negras. ¿Hay una ingle o hay muchas ingles? Las ingles de los actores. La ingle y Dios. No ha nacido aún la ingle que me domine. Las ingles descabalgadas, su porqué. Las ingles putas. Dibujo a mano de las ingles. ¿Es carne la ingle? Jaque a la ingle. ¿Satisface hoy en día una ingle?, ¿qué ingle? Contestad a las preguntas».

Comienza a cundir la idea de que hablar es, en términos de tiempo, papeleo. Un obstáculo. España no está para rodeos democráticos. Eso explica que después de una pregunta, en ocasiones, no siempre venga una respuesta, sino una hostia. El problema no es responder, lógicamente. Ojalá. El problema, en realidad, es preguntar. En este país ya no son bienvenidas las interpelaciones. Acaso hace falta silencio. Es como se cada vez que hablásemos, los mercados tomasen nota. Y ya sabemos cómo toman nota los mercados. Hay una invitación general a aceptar la regresión como el movimiento natural de las cosas. Pero no hay que estar tristes. Perdemos derechos sólo por nuestro bien. Por otra parte, no estamos tan mal: la tragedia también puede ser agradable. Hay que saber encajarla, incluso disfrutarla.

En este apartado, José Luis Cuerda nos da otra lección carajuda de quién es quien en España cuando hablan las porras, en lugar, digamos, de los libros, en otro momento de su película, cuando el médico le comenta al hijo de un paciente: «!Se está muriendo divinamente, te lo juro¡ Tenía ganas de que vinieses para poder decírtelo. Puedes estar orgulloso, de verdad, de los años que llevo de médico nunca había visto a nadie morir tan bien como está muriendo tu padre. Qué marcharse, qué apagarse, qué parsimonia. Estoy disfrutando que no puedes ni imaginarte…» Todo indica que, en los tiempos que corren, hay que desconfiar de la buena vida, que, como indica la palabra, sólo debe estar al alcance de los privilegiados.

Foto: Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda.

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