Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo

Soy de esas personas que, sin llegar a admirar, se asombran ante la capacidad que tienen otras para regatear un precio. Esa virtud, y la de evadir impuestos, provoca grandes envidias. A todos nos gustaría, en un día de feria, comprar una zamarra que cuesta, pongamos, cien euros redondos, por veinte, y a ser posible, diez. De hecho, nos gustaría llevárnosla a casa sin pagar, pero para robar también hay que ser una persona con habilidades. En general, carecemos de método para el regateo. No es una cuestión de conocimiento. Es algo más complejo, relacionado con un enigmático código que no se sabe de donde procede, pero también más simple, conectado con el desparpajo personal. En el fondo, tiene que ver con saber contar muy bien un chiste, pero muy bien. Casi nadie sabe. Afortunadamente para los que carecemos de esta facultad, y cualquier otra, cada vez menos negocios admiten el regateo (y cada vez menos gente admite los chistes, dicho de paso). Está en amplio desuso, como el verbo «yacer», para sugerir con la boca pequeñita una relación sexual, o el sustantivo «alopecia». En realidad, excepto en ferias, y en determinados bazares extranjeros, las cosas tienen un precio de referencia, una etiqueta, y si nos gusta, bien, y si nos disgusta, bien también.

Esto era esencialmente así, hasta que el Gobierno propuso  que, cuando la administración te debe dinero,  para cobrar antes habrá que cobrar algo menos. Comparece una combinación de comedia y drama en esta propuesta gubernativa. Aporta esperanza y contribuye a la desesperación. Es como aquel sketch de Miguel Gila: «Me han matado al hijo, pero lo que me he reído…». No conviene despachar un plan así precipitadamente. Los tiempos no están para hacerle un desaire al Gobierno. Observe, sino, a los empresarios. Es más, mi sugerencia, si me permite divagar brevemente, es que se haga usted empresario, y al carajo. Luego, actúe como en aquella viñeta de Forges, en la que un personaje le explica a otro con determinación: «Será todo el consejero delegado que quiera, pero no sabe con quien está apostando el dinero… ¡Pues bueno soy yo!…Va a saber lo que es bueno: le voy a hacer una reverencia que va a quedar tonto… y como replique lo llevo a hombros por toda la planta noble».

Esta es, digamos, la tónica del presente. Hay que aplaudir. Nada de malas caras. Ni de gestos. Ni de hostias. Tenga muy presente el caso de Héctor José Cámpora, incondicional judicialista argentino que en un discurso de Juan Domingo Perón se irguió 74 veces para aplaudir al presidente. Y cuando Eva Perón le preguntaba por la hora, Cámpora respondía: «La que usted guste, señora». Pero tenga más presente aún Atraco a las tres –es decir, la versión española–  cuando José Luis Lopez Vázquez, en el papel del oficinista Galindo, le da bienvenida al banco a la vedette Katia Durán: «Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo».

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