Una historia de piratas

Toda infancia, incluso la más feliz, posee fuentes de turbación incurables. En mi generación, podía tratarse de Alaska, o Torrebruno, o Espinete, o Angela Channing en los capítulos más retorcidos de Falcon Crest. Nada comparable, en todo caso, al parche en el ojo, que Marie Colvin, la periodista del Sunday Times asesinada esta semana en Siria, vuelve a traer a la actualidad. Es difícil imaginar un objeto tan simple y tan terrorífico, capaz de motivar las peores pesadillas. Personalmente, cuando creía que ese fantasma estaba enterrado, resucitó estos días. Todo comienza con la ambliopía de un compañero de clase. Cuando no es el caso, todo comienza con los grandes relatos de piratas. Es curioso, porque piratas y bucaneros reales como Morgan, o Kidd, o Barbarroja, u Olanés, nunca llevaron parche en el ojo. La curiosidad no va sino en aumento si advertimos que en La isla del Tesoro, el texto sobre piratas de Robert Louis Stevenson del que beben cine, cómic o videojuegos, tampoco nadie usa parche. En este relato el terror lo provoca la cara cortada de Billy Bones cuando entra en la posada del «Almirante Benbow»; la pierna que John Silver perdió en un abordaje; pero, sobre todo, la ausencia del capitán Jonathann Flint, que no aparece en toda la obra, pero a cuya leyenda macabra todos hacen referencia.

Este tipo de ocultamento explica de alguna manera la turbación que despierta un individuo con un parche en el ojo, que, en nuestra imaginación, es alguien que planea matarnos esta misma noche. Probablemente, con un cuchillo. O por estrangulamiento. Por qué, sino, iba a esconder el ojo. Porque es el ojo de un asesino, como sabe todo el mundo. La historia está llena de tipos duros y menos duros con un parche en el ojo. Es el caso de John Houston, que no fue un fulano duro, como mandan los cánones, pero rodó películas plagadas de tipos duros, como El halcón maltés, Cayo largo o Moby  Dick. Por no hablar de que tituló una de sus películas Reflejos de un ojo dorado, con el claro propósito de retroalimentar la leyenda de los ojos asesinos.

Hay películas cuya desasosegante atmósfera, en efecto, sólo se explica si hay un actor con un ojo escondido bajo un parche negro, o en su defecto, un guionista o un director. Pero, ¿qué ocurre con los libros? Nada menos inquietante. La historia de la literatura nos deparan novelas como Ulises o Finnegans Wake , que poseen tanto más explicación si el autor, como es el caso de James Joyce, lleva un parche temporalmente. Qué no decir de algunas canciones de David Bowie. Siempre hay algo de malvado en un individuo, por muy artista que sea, que oculta parte de su cara. No importa que la belleza del rostro edulcore la presencia del parche. La hermosura también puede resultar canalla, como fue en el siglo XVI el caso extraordinario de Ana de Mendoza, princesa de Éboli, o más recientemente, el de Daryl Hanna en Kill Bill, de Quentin Tarantino. Nadie puede pensar que está a salvo mientras tenga enfrente a alguien con un parche en el ojo. Es evidente que, en una situación así, algo se cuece contra uno.

Foto: John Houston.

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