!Ya voy¡

En casa no daban un duro porque este blog cumpliera una semana. Estábamos todos de acuerdo. Somos de raíz optimista. Es sabido, en el círculo familiar, que soy de esa clase de gente que abandona las cosas que empieza. En ocasiones, de hecho, solo comienzo a comenzar, tímidamente. Tengo un gran entusiasmo, pero breve. En ese sentido, el abandono del blog era algo cantado gracias a que me implico a fondo en esos proyectos que arrancan con una huida en las primeras horas. Modestamente, nunca defraudo como fracaso. Siempre fui así. Es, sin ánimo de simplificar, una cuestión cultural.

Todo se cuece, como siempre, en la infancia. En esa edad, en la que, como advirtió Freud, uno está dispuesto a matar a su padre para tener una relación con su madre, más o menos, se instauran esos comportamientos que, con el tiempo, siempre «serán así». Digamos que yo era de los que cuando una madre lo llama para hacer la cama, o poner la mesa, u ordenar la habitación, responde sin demora: «¡Ya voy!»

«¡Ya voy!» es una idea de la vida, una manera elegante de aclarar que no vas. Ni hablar. Pero dejando la puerta abierta a ir. A sabiendas, evidentemente, de que nunca irás. Es cierto que la vida da muchas vueltas, pero sólo como estrategia para que las cosas importantes sigan igual. Pasan los años. Creces. Maduras. Sacas una licenciatura. Te divorcias. Pero nunca vas. No es necesario anunciar «¡Ya voy!». En la medida que superas la infancia aprendes a anunciar «voy a hacer esto», «voy a buscar trabajo», «voy a escribir un blog».

Unas pocas veces en la vida, para no perder credibilidad, vas. Sólo unas pocas veces. Vas levemente, y regresas. Hace dos años fui a un curso de guitarra, que abandoné en la tercera sesión. Cada dos años me apunto a inglés, pago la matricula, abono el semestre por adelantado, compro el material didáctico, y nunca voy a clase. Es decir, una variante sofisticada y carísima del «¡Ya voy!». Repites estrategia con el gimnasio. Nadie puede negar que fuiste.

Cada uno tiene su estilo de ir. El escritor egipcio Albert Cossery (1913-2008) iba hacia las cosas también estáticamente, sin desplazamientos. De la madre, analfabeta, aprendió a escribir con elegancia, y del padre, rentista, a leer el periódico despacio. Nunca tuvo prisa, ni afán, ni que hacer la cama. Iba, pero nunca fue. «No necesito un automóvil para constatar que estoy en la tierra», aseguraba. Tampoco necesitaba casa. Durante la posguerra parisina, acompañado de Albert Camus, sedujo la dos generaciones, y tomó la decisión de no moverse jamás de su habitación en el hotel Louisiane. Sólo poseía tres trajes impecables. Nunca dejó de estar fascinado por la capacidad de no hacer nada que heredó por vía paterna. «Yo escribo dos frases por semana», explicaba. El resultado fue un libro cada diez años. Es decir, escribía para no tener que escribir. Tal vez este blog sea también una simple estrategia para no tener que afrontar una novela, o para carecer de un trabajo mejor.

Anuncios


Categorías:Sin categoría

6 respuestas

  1. Mis viajes, amigo Tallón, son mentales. Pienso que voy, pienso que he llegado y pienso que he triunfado. Luego, cuando me despierto, constato que estoy en el punto de partida y, como ya sé cuál va a ser todo el proceso porque lo he soñado, me abstengo de repetirme. Sofisticado, ¿no le parece?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: