Partitura para un suicidio de libro

Tengo un primo que sabe que soy un tipo de pocas palabras, y cuando tiene un problema, o una duda, acude a mí. No es que valore mi criterio, pero aprecia la brevedad. Si tengo algo que decir, lo reduciré a un gesto, a meter las manos en los bolsillos, a chasquear a lengua. En el peor caso, soltaré tres frases simples, sin comas, separadas por punto y seguido. En esto, nunca defraudo, independientemente de que mi criterio conduzca a la ruina. Ante todo, simplificar. Creo que la gente agredece que no la aburran. Soy como George Simenon, si me permite la comparación. En cierta ocasión Alfred Hitchcock lo llamó por teléfono, y cuando le respondieron que el señor Simenon no podía ponerse porque acababa de empezar una novela, el cineasta respondió: «Bueno, espero». Todo el mundo sabía que Simenon escribía rápido, breve. En la misma medida, mi primo sabía que yo aconsejo en corto.

Este era el panorama ayer por la tarde, cuando fui al baloncesto y coincidí con mi primo en el bar del pabellón, durante el descanso. Fue una suerte pésima. Le vi mala cara y le pregunté brevemente, para salir del paso: «¿Qué tienes?» Me miró con cara de «¿que qué tengo?». Tenía que llevaba un mes al borde de la desesperación total por culpa de las compañías telefónicas. «Todo comenzó una tarde del mes de febrero», dijo. Tuve un mal presentimiento cuando me pareció que así, con una frase tan sencilla y anodina, comenzaban muchas novelas de setecientas páginas, interminables. Y lo peor: insoportables.

Al parecer, estaba durmiendo la siesta en el sofá, como todo el mundo, y sonó su teléfono fijo. «Era de Vodafone». Le prometieron el infinito si abandonaba su compañía actual y se marchaba con ellos. Medio aturdido por el sueño, no comprendió bien los términos de la oferta, así que respondió diciendo «ahá» sin parar. Una cosa llevó a la otra. La representante de Vodafone le aseguró que le enviaría el contrato para que lo estudiara con calma. «Tres días después, Telefónica me cortó la línea», dijo a modo de funeral.

Yo quería ver el partido. Nada me apetecía más, pero esta vez mi primo estaba locuaz. Y qué hiciste, pregunté sin ganas, por compromiso. «Llamar a Telefónica y protestar». No valió de nada: Vodafone ya había cursado la baja. Enojado, para lo que acostumbra alguien como él, llamó a Vodafone, donde le confirmaron que lo habían dado de baja en Telefónica y de alta en Vodafone, tal y como había solicitado. «¿Había solicitado? En el momento que solicité eso debía estar profundamente dormido, porque no recordaba nada parecido. A menos que se pudiese solicitar una alta diciendo simplemente “ahá”».

«Y del contrato, ¿qué?», pregunté por no estarme callado. Nada de contratos. Nunca enviaban contratos por escrito a los clientes, le dijeron sólo tres días después de asegurarle que se lo enviarían sin falta. Entre caballeros, por lo que se ve, no se precisaban papeles. Mi primo amenazó con una querella, con acudir a la prensa, con montar un escándalo histórico. No quería ni oír hablar de Vodafone. Colgó, y marcó el número de Telefónica. Deseaba volver con ellos. Prefería arrastrarse antes que vivir con Vodafone. «No hay problema, señor», le dijeron. Lo llamarían al día siguiente para cerrar el regreso. No lo llamaron. Cuando llamó él, le aseguraron que el adsl estaría funcionando en dos días. Pasaron dos días, tres días, pasó la romería, y el adsl no apareció. Por enésima vez, marcó el 1004. Allí lo remitieron al 902357022. Aquí le dijeron que para particulares había que llamar al 1004, y en este número que por favor, para cuestiones de adsl, tenía que marcar el 902357000, un lugar inhóspito desde el que lo dirigieron al 1004. Pasó a la ofensiva: anunció que se iba a suicidar si lo seguían zarandeando de un lado para otro. Dio resultado, y se puso al teléfono un comercial que le confesó que no tendría adsl antes diez días. Burocracia. Burocracia de mierda, precisé para mis adentros.

Mientras esto sucedía, llegó una carta de bienvenida de Vodafone anunciando el envío del router en un plazo de tres días. Desesperado, contactó con Vodafone. Habló con dos máquinas y con tres personas distintas antes de colgar y buscar una cuerda para ahorcarse. Supuse que algo debió fallar en el último momento. La silla, la propia cuerda… incluso el valor. No sería ni el primero ni el último fracaso. Me gustaba recordar el de Raymond Chandler. En una ocasión, el escritor quiso suicidarse a pistola y falló el tiro. Desde entonces, sus amigos lo humillaban diciéndole que escribía buenas novelas pero que no sabía suicidarse bien.

Mi pariente volvió a contactar con Vodafone. Quería que se olvidasen de él, pagaría lo que fuese, mil euros, cincuenta mil, no sería por dinero, precisó, por lo que no llegasen a un acuerdo, pero por favor, quería que lo diesen de baja. Eso es muy fácil, le dijo la operadora, sólo precisaba hacerlo por escrito. La última noticia es que escribió la carta, y esta semana, si todo va bien, y él sospecha que no irá, Telefónica le dará línea, y Vodafone no volverá a perturbarlo. Habían transcurrido tres cuartos de hora y los aplausos del público anunciaron el final del partido. Me c… Nunca hay que preguntar a nadie por qué tiene mala cara. La tiene porque sí y punto. Eso sólo es asunto de él. Ya mejorará.

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