Haga el favor de sentarse

No le veo el drama por ningún lado a una cama sin hacer, o a unos platos sin lavar, pero en cambio no puedo vivir cerca de una silla que cojea. Cada quien tiene su universo de manías, o, si prefiere, su bazofia personal. Todos comemos bosta, decía Cid Cabido. Nadie está a salvo de una ración de inmundicia casera. Durante algunos meses tuve una compañera de trabajo que no soportaba ver un bolígrafo sin capucha, a la intemperie. Cada vez que se enfrentaba a uno experimentaba algo parecido a un ataque de ansiedad, con caída en picado de la tensión arterial. Acorralada por este abismo, supe tiempo después de dejar aquel trabajo, que no tuvo más salida que pedir un traslado porque justo en aquella sección, nadie daba valor a las capuchas. Entiendo bien este tipo de tiranías que ejercen sobre uno las manías personales, y otras peores. Personalmente, nada me parece grave al lado de una silla coja. Ni las capuchas, ni las sartenes sucias, ni las camisas sin planchar, ni los marcos torcidos. ¡Ni el peinado con la raya al medio!

Este no debería ser un tema para hablar en un blog, ni en ningún sitio. Pero ya van tres días, si no contamos el domingo, que acudo a mi bar habitual, pido café, me siento, y en las tres ocasiones me toca una silla coja. Quizás no parece grave, porque en el fondo hay más sillas, y siempre puedes sustituir una por otra. Ese no es el tema. Basta la experiencia, por breve que sea, de tambalearse sobre el asiento, para que te resulte un instante dramático, insoportable, que contagia todos los instantes posteriores, aunque cambies de silla. La semana pasada recibí un mail de un lector informándome de que era idiota rematado. Es decir, yo era un idiota rematado. No habría que descartarlo, confieso. Todo, porque le parecía un gesto snob, impostado, el desasosiego que me causó ver las iniciales del nombre bordadas en la camisa de un pasajero con el que viajé en el AVE a Coruña. No quiero imaginar, a la vista de mi reciente desazón por las sillas cojas, en que términos llegará el siguiente mensaje.

Comparto con diseñadores, arquitectos y otros profesionales la preocupación por el asiento. No es banal. En alguna medida, organizamos nuestra vida sobre la posibilidad de sentarnos. Creo que dejé de ir a misa, ateísmo aparte, porque no podía estar sentado todo el tiempo, o cuando a mí me apetecía. Sólo una vez que tomamos asiento, va encajando lentamente el resto del mundo a nuestro alrededor. Si dedicásemos más tiempo a pensar en el espacio, y en cómo ocupamos los lugares, advertiríamos enseguida en qué medida las sillas nos organizan y facilitan la vida. O hasta qué punto constituyen un factor de poder. Sillas, evidentemente, que no cojeen.

Hace algunos años, el escritor Juan Forn se interrogaba en un artículo sobre cuál podía ser la esencia de la biografía un escritor. Ensayaba varias hipótesis, pero la que más le gustaba –y a mí también– no era tanto alguna de las que proporcionaban los propios escritores, o los estudiosos de la literatura, como la de un amigo, con cierta fama de bruto, con el que un día coincidió en la playa. Éste quiso saber qué estaba leyendo en ese momento, y Forn, para no entrar en grandes detalles, le dijo que la biografía de un escritor. El amigo lo miró con una mezcla de pena y prisa por ir a tomar una cerveza muy fría a un bar, y comentó: «La biografía de un escritor vendría a ser la historia de una silla, ¿no?» Tal vez sea cierto que un simple objeto puede trazar mejor que todo un gran relato, cargado de hondura y datos, la vida de una persona.

Las sillas están muy lejos de ser simplemente asientos, o en todo caso, los asientos están lejos de ser simplemente una posibilidad de descanso. Hay algo más. Una silla es un diccionario personal, es una recopilación histórica, es una herramienta de ordenación del perímetro. Una silla es algo tan serio que en este país incluso existe un centro de reflexión sobre el asiento, que simultáneamente funciona como espacio de exposición, venta y reparación de sillas. Creo que es una de las ideas más innovadoras de los últimos tiempos. Ese centro se llama UnDo ReDo, está en A Coruña, calle Juan Castro Mosquera, 17, y está dirigido por médicos y filósofos del asiento.

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