Eso me suena a comunismo

En la Alameda, cada tarde, si no llueve, es habitual ver a dos individuos de edad media, aspecto abandonado, casi desagradable, jugando al ajedrez, borrachos. Debajo del banco, en el que apoyan el tablero, hay siempre un cartón de vino, tal vez para reponer fuerzas tras cada movimiento, simplemente. Como efecto de esa simpleza, parece natural concluir que a medida que avanza la partida, evoluciona la embriaguez. Esa convivencia entre ajedrez y bebida produce un efecto singular, incluso hermoso, que hace pensar en aquella famosa comparación del Conde de Lautréamont: «Bello como un encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas». La coincidencia de ajedrez y vino sugiere la colaboración entre dos mundos distintos. El ajedrez tiene la capacidad de articular alianzas disparatadas. En el libro de Stefan Zweig Novela de ajedrez, se asocia con la ignorancia, a través del personaje Mirko Czentovic, un hombre zafio e inculto, incapaz de actividad intelectual alguna, pero que pese a eso, es campeón del mundo de ajedrez. No menos sugestiva es la coalición entre ajedrez y locura que se propone en La defensa, de Nabokov. Ahí Lushin es un taciturno y genial jugador, para quien la vida real es una representación ajedrecística. Esa obsesión por el ajedrez, lo conduce a una crisis nerviosa que lo precipita a la locura. Podemos cerrar la deriva en Allan Poe, que exploró la relación entre juego y máquina, a través de El jugador de ajedrez de Maelzel, donde se narra la historia de un autómata que jugaba al ajedrez con maestría… y falsedad.

Con estos antecedentes presentes –más el caso de Ambroise Bierce, que tiene un relato sobre un robot que, además de destreza en el ajedrez, posee inquietantes tendencias sádicas– cuando atravieso la Alameda, y veo a los dos tipos bebiendo y moviendo fichas, alternativamente, acelero el paso. También está acreditada la alianza de ajedrez y crimen. En Desde Rusia con amor, la vida de James Bond está amenazada por Kronsteen, líder de la organización Espectre, que justifica la infalibilidad de su plan para acabar con 007 en que, como gran ajedrecista, sabe anticiparse a toda variación posible con un contraataque.

Pese a la bebida, los tipos del parque no parecen amenazantes. De hecho semejan dóciles, pero eso los hace más peligrosos. Hay que desconfiar, sobre todo, cuando no hay nada de que desconfiar. Es cómo en aquel pasaje de La conjura de los necios, en el que Ignatius le pregunta a Claude, el novio de su madre: «¿Qué piensas tú de alguien que quiere la paz, Claude?» Este, que es un norteamericano muy ortodoxo, responde: «A mí eso me suena a comunismo». Un carácter dócil es el envoltorio perfecto para una personalidad atravesada. Acelero, en todo caso, a cámara lenta, y así tener tiempo para mirar a los contrincantes. Nadie puede pasar delante de una situación peligrosa sin hurgar en los detalles fugazmente. Junto al vino hay dos perros, y junto a los animales, un carro de la compra, en el que hay atado un saco de dormir, y dentro algo que parece un…

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