Extraños sucesos sacuden Vilardevós

Estoy en contra de los robos en las iglesias. En realidad, estoy en contra de los robos, en general. Y en contra de las iglesias, a secas. Pero parece ser que es inevitable que se produzcan. En todo caso, la ola de lamentables saqueos no puede resultar más oportuna, en términos narrativos, porque hace años que quería contar una historia de iglesias y rapacidad, y no encontraba el momento. Ha llegado. No sé si sabe que en las últimas fechas han desaparecido varias tallas en distintas iglesias de Vilardevós (Ourense).

Es cierto que también somos mundialmente conocidos por algún que otro homicidio, y porque tenemos un alcalde condenado por persecución ideológica a un trabajador. Gracias al robo, y posterior hallazgo de las tallas, hemos sabido que carecían de valor. En realidad, eran réplicas de unas originales que, según el Obispado, ya habían sido robadas previamente.

Esta historia, en apariencia local, es universal. Pero aburrida. La mía es más interesante. También ocurrió en Vilardevós, donde teníamos una figura de San Miguel de madera de valor incalculable. El pueblo vivía para adorar aquella escultura. Muchos estarían dispuestos a matar por defenderla, como si fuese tallada por Donatello o Miguel Ángel. En realidad, la relación espiritual que se mantenía con la talla se asemejaba a la de Miguel Ángel con su Moisés, al que el día que lo acabó, frente a la perfección de la que lo había dotado, el artista le preguntó: «¿Por qué no me hablas?»

Pero el San Miguel tenía los días contados. Un día, durante una catequesis, un chaval lo rozó sin querer –habría que revisar el significado de «sin querer»– y la talla se suicidó en el vacío. Milagrosamente, el santo sólo perdió un brazo y el dedo gordo de un pie. Nadie está libre de quedarse sin un miembro, y sin embargo, estar llamado a grandes cosas. Ahí tenemos a Valle-Inclán. Aquel suceso dio paso a un escándalo mayúsculo, del que, cincuenta años después, el pueblo no está repuesto. No porque la imagen hubiese quedado mutilada, sino porque se evidenció que el San Miguel, que un día había sido de madera, en la mejor tradición de la Escuela castellana, del Barroco español, ahora era de escayola, hecho con un molde. ¿Dónde estaba el original? ¿Quien lo había hecho desaparecer? ¿Cómo y con qué rumbo había desaparecido? No tardó en saberse que el culpable había intercambiado, mucho tiempo atrás, el San Miguel por cinco cajas de vino. Pero no pasó nada porque el culpable, y por tanto inocente, era el cura de la parroquia.

Foto: El exorcista, de William Friedkin.

(Publicado en La Voz de Galicia de Ourense)

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