El vigilante que mató a Liberty Valance

Tengo debilidad por las historias de vigilantes de seguridad. En la etapa que trabajé para un periódico inmundo, cada tarde entraba en las instalaciones un guardia pequeño pero matón, relativamente simpático, contratado por el polígono en el que estaba mi empresa. Contaba chistes, y como llevaba un Smith & Wesson del calibre 625 impecable, a mí me hacían mucha gracia. Aquel señor acudía una vez a la semana a saludar a mis compañeros veteranos, y después de intercambiar chistes y anécdotas, hacía la primera ronda. También contaba una película sobre un intercambio de disparos que había tenido una noche con una banda de gitanos.

Esta historia la contaba cada tres o cuatro meses, período de tiempo en el que los gitanos se convertían en rumanos, y luego rusos, y después de la zona de Monterrey, y así sucesivamente. En todos los casos, contemplando aquella pistola, a mí siempre me provocaba admiración y estupor el vigilante, faltaría más. La festividad con la que hablaba de tiros y balas, me recordaba un fragmento de Viaje al fin de la noche, de Céline, en el que el protagonista relataba su contacto con la Gran Guerra. «¡Eso de dispararnos, así, sin vernos siquiera, no estaba prohibido! Era una de las cosas que se podían hacer sin recibir una reprimenda. Estaba reconocido incluso, alentado seguramente por la gente seria, como la lotería o la caza de montaría», decía.

Durante los fines de semana, aquel vigilante se convertía en árbitro de fútbol regional. Era conocido en todos los campos de la provincia como La Ley. Conocido, y respetado. No olvido un partido que enfrentó al Muíños con el Cualedro. Hacia la mitad de la segunda parte, entró un perro en el terreno de juego. Al principio provocó algunas risas, incluso aclamaciones. Los jugadores de ambos equipos le gesticularon, corrieron detrás de él, le silbaron, pero el animal no se marchó del campo. La paciencia del árbitro se consumía rápidamente, y cuando se le hincharon las pelotas porque el perro impedía a continuación del partido, se acercó a él. Buscó algo en el bolsillo, y en una maniobra de autoridad, le mostró la tarjeta roja. Hubo quien consideró exagerada la amonestación: tal vez una tarjeta amarilla habría bastado. Para estupor general, el perro salió del campo.

En la biblioteca a la que acudo cada mañana hay también un vigilante de seguridad. No va armado, pero a cambio, el uniforme le queda dos tallas grande. En esta vida quedan pocas cosas inofensivas que provoquen más desasosiego y desconfianza que un fulano con un traje grande, enorme. En estas condiciones no se precisa pistola. Es fácil que los usuarios de la biblioteca piensen que llevas una ametralladora escondida bajo esa chaqueta holgada. El poder no anida tanto en la pistola, como en la capacidad de provocar la sospecha de que la llevas, a través de un uniforme que no es de tu talla, comprado a ojo.

Hace dos semanas tuve el primer conflicto con el guardia jurado. Yo estaba leyendo un artículo de Eladio Gutiérrez sobre Gallardón y las ganas de mear que le entraron un minuto antes de su toma de posesión, cuando me fue imposible no soltar una carcajada. Me salió natural. Gallardón –las cosas como son– da mucha risa. En ese preciso instante, el vigilante pasaba a mi lado. Se volvió como un rayo. Me miró cómo cuando John Wayne, en el papel de Tom Doniphon, le dice la Líe Marvin, en la piel de Liberty Valance: «Ese es mi bistec, Valance», en referencia al filete que Marvin acaba de tirar al suelo. Cambié la sonrisa por un gesto más acorde con el miedo que me entró. Algo estilo Janet Leigh en la ducha. Ignoraba que en aquella biblioteca se fusilaba a la gente que ría estentóreamente. El vigilante siguió mirándome y meneando la cabeza. Después se fue lentamente, pisando duro, como si hubiese acabado de matar la Liberty Valance, y ahora la biblioteca fuese un sitio más seguro. Cabronazo, pensé para mí.

Esto ocurrió hace dos semanas. No soy un tío con mucha memoria, y lo tenía medio olvidado. Hasta ayer. Eran las once de la mañana según la hora local. Me acerqué al mostrador y le dije al bibliotecario: «El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, por favor». En ese instante, escuchándome, advertí que había usado la misma estructura gramatical que cuando entraba en el bar y pedía «gintónic de Beefeater, corto de tónica, por favor». Tomó nota, y me pidió que regresase a mi asiento. «Ya te lo llevo yo», me dijo. Acaté las instrucciones. Dos minutos después, para mi desconcierto, vi cómo se aproximaba el vigilante. Llevaba un libro en la mano. Seguía mirándome. Probablemente, no había dejado de hacerlo desde el día que mató a Liberty Valance. Esta gente, para bien y para mal, es muy insistente. Cuando estuvimos cara a cara, advertí que portaba mi libro. Lo posó sobre la mesa, como cuando la guardia civil te muestra un arma dentro de una bolsa transparente y te pregunta: «¿Es tuya esta pistola?» Tras dejar el libro en la mesa lo empujó hacia mí, diciendo con un tono de insoportable misterio: «Hay mucho pájaro…» Y se marchó.

Evidentemente, esta noche no he pegado ojo. Y hoy vuelvo a la biblioteca…

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