La verdad merece un buen traje

Ayer por la mañana, regresando de un bar, abrí el buzón de correos y encontré un folleto inaudito, curiosísimo, que me obligó a reconsiderar algunas convicciones, como que en cuestión de folletos y publicidad está todo visto. No lo está, evidentemente. El folleto anunciaba, con cierto aparato y postín, un motel con delegaciones en varias ciudades del norte de la península, incluyendo Ourense. Hasta ahí, perfecto. El anverso recogía varias fotografías, que, para apuntalar la perfección, casi invitaban a visitar el local. El estupor aparecía al consultar el reverso, donde, bajo el título de «Conozca el funcionamiento del motel», comenzabas a sospechar. ¿Funcionamiento? ¿Qué funcionamiento? ¿Desde cuándo necesita un motel aclarar cómo funciona? En los moteles de toda la vida sólo hay un funcionamiento: llegas, pagas en persona, haces lo que tenías pensando, y cuando te parece, te marchas de puntillas.

El documento explica que en la entrada hay un teléfono, a través del cual te asignan un número de habitación. A continuación se levanta la barrera de la entrada y después la puerta del garaje. Entras con el coche, y cierras. Ahora, ya puedes acceder a la habitación. No existe la recepción, ni trato directo –resalta el folleto– entre el cliente y los empleados. En la habitación asignada hay instalado un torno por donde se entregan las consumiciones, la factura y los demás servicios. No se especifica qué servicios son esos. Casi mejor, probablemente. Para salir pides la cuenta, que llega a través del torno, y a partir de ahí sólo tienes que abrir la puerta del garaje. Por último, se levanta la barrera de la salida. Y hasta la próxima visita, finaliza el documento.

Tal vez sólo es un movimiento más hacia la despersonalización y el anonimato que marcan los tiempos. La gente prefiere relacionarse con máquinas, hierros, tornos, y objetos fríos, antes que aguantar a paisanos. O tal vez llegó la clase que estábamos esperando a los moteles. Esta transferencia de distinción hacia donde antes no la había, me recuerda a cuando Gay Talese, dios de las crónicas sobre asuntos inverosímiles y mágicos, sostiene que todos los periodistas deberían ir bien vestidos. «Es una forma de mostrar respeto a la historia investigada. Nosotros hablamos de la verdad y la verdad merece un buen traje», aseguraba. En una ocasión, cuando se propuso escribir un reportaje sobre la construcción del puente de Verrazano que une Staten Island y Brooklyn, tuvo que entrevistar a muchos obreros, pero lo hizo con su traje a medida porque consideró que «la mejor forma de mostrar respeto a aquellos hombres y sus historias era yendo bien vestido y no tratando de disfrazarme de algo que no era». Lo que me lleva a pensar si no sería mejor que los moteles siguiesen funcionando con el aire demodé de siempre…

Foto: Psicosis, de Alfred Hitchcock.

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