Yo de ti no lo haría, forastero

En 1962 hubo una epidemia de risa en Tanganica, dos años antes de que este territorio se uniera con Zanzíbar para formar Tanzania. Todo comenzó el 30 de enero en un colegio femenino, donde dos chavalas comenzaron a reír histéricamente, como cuando ves a alguien caer por unas escaleras. No podían parar. La risa las trascendía. Enseguida comenzaron a contagiarse  algunas compañeras. La risa se extendió a todas las estudiantes, luego a todo el pueblo, al distrito, a la región, al país entero. La epidemia se producía por contacto directo, es decir, nadie se veía afectado a menos que estuviese en contacto con alguien contagiado previamente. La nación entera reía. Los afectados no poseían ningún control sobre la hilaridad, que una vez iniciada, se prolongaba minutos, horas.

El pánico llegó a las altas esferas, y después, a otras más altas todavía, por cuanto Tanganica pertenecía a la Commonwealth. En el Palacio de Buckingham se veía con preocupación no tanto la epidemia, como la felicidad y la sensación de libertad que se deriva de la risa. Seis meses después de surgir, la epidemia remitió. No causó muertos. El gobierno respiró aliviado. Natural. El poder sólo tiembla ante la risa. Nada atemoriza tanto a un gobernante como el buen humor. En realidad, el buen humor es el segundo problema de los gobiernos. El primero es el humorismo. El poder representa, en esencia, una antipatía, y de ahí la aversión que los gobiernos, poderosísimos por tradición, experimentan ante humoristas, actores, cómicos, payasos, personas dispuestas a doblegar el poder con un simple juego de palabras. El poder necesita, para resistir como fuerza imborrable, permanente, que teman el peso de su maquinaria. En su defecto, que lo respeten. En último término, que para enfrentarlo, haya que mirarlo desde una posición de inferioridad. Lamentablemente para el poder, el humor iguala, si es que no supera, gracias a su capacidad para abochornar en público a cualquiera. A nada teme un individuo dispuesto a reír.

Cuando el exalcalde de Santiago, Conde Roa, censuraba la actuación del payaso Leo Bassi, con el argumento de que le producía «especial repugnancia», no hacía sino evidenciar la inferioridad del poder ante el humor. En esto de los cómicos, Conde Roa era reincidente. Sentía por ellos un odio incurable. Cada vez que veía a uno acercarse a Santiago de Compostela, pensaba: yo de ti no lo haría, forastero. Personalmente, me recordaba a un personaje de Philip Roth, cuya ignorancia le permitía decir de otro fulano, más formado y de grandes dotes humorísticas, aquello de: «Ese presuntuoso hijo de puta lo sabe todo… lástima que no sepa nada más». En todo caso, el exalcalde estaba llamado a perder, porque entretanto él buscaba el poder, los humoristas no perseguían nada: les sobraba con hacer reír a los demás. Eso los hace invencibles. Son de esa estirpe que buscaba desesperadamente Ernest Shackleton en 1914 para una expedición a la Antártida, y que lo llevó a publicar en la prensa británica un inolvidable anuncio: «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de oscuridad absoluta. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito».

Foto: Luces de la ciudad, de Charles Chaplin (1931).

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