Los aviadores escriben en picado

Estaba leyendo Quemar los días, de James Salter, cuando otro usuario de la biblioteca, sentado enfrente, reclamó mi atención con un «chst», expresión que equivale a todos los nombres simultáneamente. Levanté la cabeza del libro, pensando «¿qué ha pasado?» Me quedé mirándolo en silencio, no fuese a ser un vigilante jurado de paisano. Es sabido que este colectivo me tiene una especial manía, y desea con todas su fuerzas mi muerte. «Perdona que te moleste, pero ¿has reparado alguna vez en que los escritores que fueron aviadores escriben en algunos aspectos de una manera muy parecida, implacable, con frases cortas y secas?», preguntó dándome una lección. «Pues…», respondí para ganar tiempo y tratar de recordar a qué otros aviadores había leído en el pasado. Sólo me vino a la cabeza, en ese instante, el caso de Roald Dahl, gracias a que hacía mes y medio había leído por partes Relatos de lo inesperado, por recomendación de Nicolás Vidal, que es de los que todavía sabe de qué va esto de la literatura. Dahl ingresó en la Royal Air Force en 1939, y un año después, sobrevolando Libia, intentó un aterrizaje en el desierto. Se estrelló, se rompió el cráneo, la nariz y se quedó ciego. Ocho semanas después, recuperó la vista y volvió a subir a un avión para entrar en combate. La historia de su accidente a los mandos de un Gloster Gladiator puede leerse en Pan comido.

«Roald Dahl es un buen ejemplo –dijo el desconocido–, pero recuerda a J. G. Ballard o a Antoine de Saint-Exupery». Esperaba más detalles, pero en ese momento el fulano recogió sus papeles, los introdujo en un portafolios, se levantó y se fue. «Adiós», dijo con mesura expresiva, de pronto con prisa por salir de la biblioteca, como cuando activas una bomba y apuras el paso para alejarte del lugar. Estuve todo el día con mal cuerpo, rumiando en silencio la incomodidad. Tal vez hubiese algo de cierto en la tendencia de los pilotos de aviación a narrar en picado, y en las cercanías de texto se intuyese una presencia turbadora, enemiga. Tal vez los aviadores compartiesen una especie de visión narrativa cenital, que les facilitaba una perspectiva sobre la historia muy amplia, tanto como permitía la panorámica desde las alturas.

Una pequeña labor investigadora hizo aflorar nombres como André Malraux, Joseph Kessel o Richard Bach, que voló en el mismo escuadrón de combate que James Salter en la base aérea francesa de Chaumont. En una entrevista, comentó que en aquella época «escuchaba la máquina de escribir de Salter trabajando a medianoche cuando todo el mundo dormía». La búsqueda me llevó a un lugar aún más hermoso. Recalé en un relato de William Faulkner que fue traducido al castellano, entre otros, por Juan Carlos Onetti. «Yo descubrí la Faulkner –explicó el escritor uruguayo en una entrevista– caminando por la calle, porque había comprado un número de la revista Sur, en Buenos Aires, y ahí publicaban un cuento que se titulaba Todos los aviadores muertos, y empecé a leer eso y fue un deslumbramiento tal que me senté en un café a acabarlo, y comprendí que aquel escritor era un genio». Tiempo después, cuando la editorial Losada le encargó a Aurora Bernárdez la traducción de These Thirteen de Faulkner, un libro que reunía trece relatos, Onetti consiguió que la mujer en aquel momento de Julio Cortázar, le dejase traducir Todos los aviadores muertos. Fue tan obsesiva la dedicación, que buscó aviadores norteamericanos en Buenos Aires para ahondar en la jerga de los pilotos, y el resultado no pudo ser más impecable.

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