Las berenjenas a la luz del «Tractatus»

Intente, si tiene valor, preparar unas berenjenas rellenas siguiendo una receta que encontró en internet. Yo también pensé que era pan comido, como cuando tu equipo marca gol en el primero minuto. Cierta capacidad abstractiva me hizo creer que, en el fondo, se trataba de cortar por aquí, sofreír por allí, hornear, tal vez leer entretanto una buena novela de siglo XIX, tipo Orgullo y prejuicio o Cumbres borrascosas, y, finalmente, disponer la mesa para almorzar. Error. Ensoñaciones ridículas. Quizás la capacidad abstractiva sea útil para escribir un ensayo, o para pergeñar el asesinato de uno de los Kennedy, incluso para freír un huevo con chorizo, pero las berenjenas rellenas según una receta que… Presuponen el infierno. En cierta medida, son como cuando en El corazón de las tinieblas, mutatis mutandis, Marlow y sus compañeros de viaje cargan a Kurtz, ya agonizante, en el pequeño barco que debe sacarlos de la selva, y éste pronuncia sus últimas y enigmáticas palabras: «¡El horror! ¡El horror!» Aquellas berenjenas rellenas fueron mi descenso a los infiernos, mi aproximación a la locura. Naturalmente, en esa fase inicial, digamos abstractiva, en la que sólo quieres imaginar lo bien que vas a comer el Viernes Santo, no puedes ni siquiera sospechar que caminas hacia una guerra. La madre de todas las guerras.

Ojalá no hubiese sido Viernes Santo y hubiese algo bueno que rascar en algún otro sitio. Cualquier sitio. Lejos de la cocina, incluso de tu casa, lejos de tu ciudad, fuera de tu patria. Pero no. Era Viernes Santo. Estabas en tu casa. Pensaste: ¿y si hago algo sugerente para comer, alejado de los espaguetis con atún? Tuvieron que meterse en tu cabeza las putas berenjenas rellenas…

Todo fue mal desde el primer momento, el momento neutral, anodino, en el que tomas la cebolla, y ya ahí comienzas a ensuciar. Ensuciar… Ensuciar es un verbo comprensivo, casi simpático. Nada que pueda aplicarse con rigor al estado en el que quedó la cocina después de concluir aquella receta endiablada. En ese momento, contemplando el campo de batalla, uno descubre sartenes y platos sucios que no sabía que existían cuando estaban limpios. Y ve cómo el aceite alcanzó el techo… y aquellos azulejos… la vitrocerámica… el piso… los restos orgánico al azar… En esos días que uno siente próximo el peso de lo inenarrable, conviene regresar tranquilamente al punto 7 del Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Tal vez experimente cierto alivio cuando lea: «De lo que no se puede hablar, hay que callar». Existe una modalidad de desastre que desafía a la adjetivación. Interesa el silencio. Por qué, por qué, por qué… Pero sobre todo, ¿quién y cómo hostia va a limpiar esta cocina?

Foto: Marlon Brando en Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola.

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