No eran simples pantalones remangados

Me levanté con el propósito de no escribir este post. En realidad, no iba a escribir ningún post. Haría como si no hubiese mañana. Estaba asumido, era una determinación firme, pero algo inesperado sucedió, como cuando presentas la dimisión irrevocable, y antes de que acabe el día reconduces los hechos: que dimita Cristo. Lo que sucedió fue que iba por la calle y, de pronto, reparé en la proliferación de pantalones remangados.  Vaqueros, de colores, flojos, ajustados, con el tiro bajo… Inmediatamente pensé: «Hostia, Tallón». Allí pasaba algo. Aquellas perneras enrolladas, en efecto, eran un ejemplo perfecto de que hay modas que se imponen sin dejar de estar pasadas de moda. Se trataba de una sensación extraña que venía experimentando desde hacía algún tiempo, pero que no conseguí definir hasta que me fijé en algo tan trivial como unos pantalones arremangados. Silenciosamente, se impone en el ambiente algo que nos domina con fórmulas viejas, pero que nuestra desorientación impide que lo identifiquemos como un mal del pasado. Tal vez porque sabe esconderse bajo un lenguaje a la medida de los tiempos, hecho a medida. Tal vez porque, simplemente, estamos ciegos. Tal vez porque los que ven, subvencionados, prefieren mirar para otro lado. O tal vez porque nada. En la vida, a menudo, las cosas pasan porque no pasa nada. En ocasiones, para ver, uno necesita no ver. Yo no veía nada, y por delante de mí pasaron los pantalones remangados. En cierta medida, esto recuerda a cuando Onetti iba a titular su tercera novela El perro tendrá su día. Circunstancialmente, en aquellos días Perón acababa de llegar al poder en Argentina y el editor temió que el nuevo dirigente pudiese tomar el título como un ataque contra él. Entonces, copiando la cabecera de la página de espectáculos del diario «Crítica», Onetti le puso a la novela Para esta noche. En aquel instante, el escritor no veía nada, pero por delante de él pasaron las hojas de un periódico…

Foto: Grease, de Randal Kleiser (1978).

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