Papel, tabaco, comida y algo de whisky

William Faulkner sostenía que la experiencia le había enseñado que todo lo que se precisaba en su oficio era papel, tabaco, comida y un poco de whisky. El verdadero escritor tenía bastante con eso. En realidad, eso era todo lo que necesitaba para vivir. No importaba de qué estuviese rodeado. «El mejor empleo que jamás me ofrecieron –dijo en una ocasión– fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en el que un artista puede trabajar. Disfruta de perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre la cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas y pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. Por las noches hay suficiente ambiente como para que el artista no se aburra». No me parece Faulkner la clase de persona que necesita exagerar. En todo caso, es público que fue un bebedor excelente, un fumador extraordinario, y autor de Luz en agosto o Mientras agonizo, que, según una leyenda más o menos falsa, escribió apoyando los folios en una carretilla volcada.

Si partimos de este ejemplo, tal vez sea cierto que hoy vivimos por encima de nuestras posibilidades. Nadie sobrevive a base de tabaco, comida y algo de bebida. No, quiero decir, más allá de algunos años, tiempo en el que no parece realista pensar en escribir una novela decente. Faulkner nunca completó estudios, lo que no fue obstáculo para recibir en 1949 el premio Nobel de Literatura, un dato que nos permite confirmar que en la sociedad actual nos educamos por encima de nuestras posibilidades. No sé Faulkner, pero nosotros es seguro que también enfermamos por encima de etcétera.

Ignoro por qué, pero sospecho que probablemente también morimos por encima de bla bla bla. Para estas situaciones, prefiero obviar a William Faulkner y acudir a Scott Fitzgerald, compatriota que también cultivó con maestría el tabaco y la bebida. En sus mejores años llegó a ganar 4.500 dólares por un solo relato, pero cuando murió tan sólo tenía 700 en metálico, de los que 613 fueron destinados a pagar el entierro. El inventario de sus bienes, en el momento de la muerte, incluía un baúl de ropa, otro baúl más pequeño lleno de recuerdos, una caja de cartón con fotografías y cuadernos de notas, cuatro cajas de libros, dos mesas de madera, una lámpara, una radio y un seguro. Creo que murió por debajo de sus posibilidades. De hecho, durante el funeral, la cronista del cinismo neoyorkino y compañera de borracheras, Dorothy Parker, se acercó al ataúd y pronunció un lacónico «pobre hijo de puta!».

 Foto: William Faulkner.

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