El hombre que abrió los telediarios

En mitad del trayecto, el pasajero que viaja a mi lado, de bigote y jersey de cuello redondo, abre la mochila que lleva entre las piernas, y saca el primer volumen de los Relatos de John Cheever. En ese mismo instante es evidente que me ha jodido el resto del viaje. Y no hemos hecho más que salir de Ourense, es decir, quedan cuatro horas para llegar a Madrid. Se trata de una desgracia como otra cualquiera. Lamentablemente, no puedo actuar como si nada delante de alguien que lee a John Cheever. Es como si llevase una carga de explosivos debajo del asiento. ¿Alguien alcanzaría un mínimo de sosiego en esas condiciones? A su manera, Cheever también es material explosivo bajo el asiento, y el lector de sus relatos, un pirotécnico. No estoy tranquilo con gente así en el mismo vagón que yo. No porque me produzca miedo sino porque me contagian una curiosidad que no sé controlar.

¿Quién será él? ¿A qué se dedica? ¿Cómo habrá recalado en Cheever? ¿Qué va buscando? Tengo tendencia a pensar que todo aquel que lleva esta clase de libros en la mochila es un pez gordo. Alguien importante. No tanto importante en el sentido de reconocido o influyente, como de enriquecedor para la gente que lo rodea. Hay lecturas que no pasan en vano, son radiactivas, cambian a los que están en su perímetro.

Pasan las estaciones. A Gudiña. Puebla de Sanabria. Zamora. Medina del Campo. No se me quita de la cabeza que el fulano, bajo la lectura de Cheever, arrastra un gran enigma. En caso contrario, obviamente, estaría leyendo otra cosa, incluso dejando de leer. Una persona sin misterios es preferentemente una persona que no lee. Hace mucho tiempo que me obsesiona la vida de las personas desconocidas con las que comparto espacio durante cierto tiempo, ya en una comida, un viaje en tren o una espera en la sala de un hospital. No reconocerla no evita que piense que puede ser, en secreto, alguien relevante.

En 2001, Eduardo Mendoza, Rodrigo Fresán, Andrés Neuman y Enrique Vila-Matas participaron en una mesa redonda en Budapest sobre narrativa hispánica. Los presentaba un escritor húngaro, que en la víspera había cogido por banda a Fresán y lo había aburrido a preguntas. El día de la mesa redonda, minutos antes de comenzar, Vila-Matas quiso conocer el nombre del moderador. Se llamaba Imre Kertesz, y ese mismo año iba a recibir el Premio Nobel de Literatura. Entretanto, sólo era un desconocido que moderaba una mesa redonda. Es más, Vila-Matas andaba a la busca de un nombre para un personaje chileno de origen judío, de cara a su próxima novela, y le puso Felipe Kertesz, antes de que Imre Kertesz recibiera el Nobel y se volviese célebre.

Nunca acaba de saberse quién viaja al lado de uno. Por si acaso, cuando el acompañante abre una mochila y saca los Relatos de Cheever, conviene ponerse en guardia. Alguien así puede acabar abriendo un telediario. Cuando llegamos a Madrid, guarda el libro, nos despedimos en silencio, asintiendo con la cabeza, mientras trato de grabar su cara en la memoria.

Foto 1: John Cheever.

Foto 2: Imre Kertesz.

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