Dan ganas de ser de la Stasi

En el trayecto a Estocolmo, en un avión de Ryanair, no es posible coincidir con uno de esos misteriosos pasajeros que, de improviso, abre el bolso y lee a John Cheever, Méndez Ferrín o Sebald, como de vez en cuando ocurre en un viaje en tren. En Ryanair, si hay suerte, el pasajero que llevas delante saca de la mochila un bocadillo de mortadela y da un recital. Es razonable pensar que los lectores de Cheever, Ferrín o Sebald no pasarían nunca el control de seguridad. Hay autores que, ante el peligro que esconde su prosa, activan todas las alarmas. Están condenados a ser leídos con los pies en la tierra, muy cerca del infierno. Se trata de una teoría compatible con que los tipos que volamos en Ryanair, a diferencia de otras compañías, o de Renfe, estamos desprovistos de la mínima clase. Cero. Somos una versión más de la basura, con habilidades para el movimiento.

No siempre fuimos así. Ryanair es un escalón más de la regresión. Algo que, antes o después, tenía que ocurrir. La mortadela, que en el pasado conoció días de gloria como alimento, ahora resurge simplemente como síntoma. En la nostalgia de los tiempos en los que no éramos como somos, yo siempre recuerdo a un amigo de los años de la universidad, un tío único y extravagante. Cada noche, al dar las doce, vestía una elegante americana de pana encima del pijama, se servía una copa de Four Rouses, y bebía en silencio y lentamente en la butaca, mientras leía algún libro de mierda. Todo era perfecto. El atuendo, el sofá de orejas sucio y gastado, el flexo de luz con el que daban ganas de pertenecer a la Stasi y sacarle la verdad a un detenido a base de trompadas. Incluso resultaban medianamente perfectas las asquerosas lecturas que elegía, adquiridas en la cadena de supermercados Champion. Aquello era clase.

En el tocante a los aviones de Ryanair, creo que sólo echo en falta que de pronto aparezca el piloto y, como colofón de la atroz experiencia de volar con su compañía, te practique un enema evacuante por sorpresa. Tal vez debiéramos protestar. Lamentablemente, incluso en eso nos somos lo que fuimos. Hay cierta tendencia a agachar la cabeza. Leí en un libro de Iñaki Uriarte que Kant no soportaba los ruidos, y en cierta ocasión fue a una cárcel próxima a su casa para protestar por el alboroto que metían los presos al cantar. Así no se podía pensar, alegó. Kant no consiguió que el alcaide prohibiese los cánticos, pero sí que mandase clausurar las ventanas de las celdas. «Ignoro si fue ese mismo día –escribe Uriarte– cuando se le ocurrió la fórmula del imperativo categórico».

Foto: Immanuel Kant.

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