«En campos de zafiro pace estrellas»

Cada uno busca algo diferente en las ciudades a las que viaja. Se trata de algo concreto, pero suficientemente difuso como para saberlo. En el verbo «viajar», en su uso más vulgar, aún quedan restos de las expediciones de siglos pasados, cuando se iba en pos de algo inaudito. No necesitas saber lo que buscas. En realidad, es común desconocer, cuando visitas otro país, que hay en marcha un proceso de búsqueda. La idea con la que se hace la maleta y se parte de casa es que se visita un país extranjero para observar y experimentar las diferencias, aquello que no se halla en el lugar de partida. En parte, se va a los sitios para recopilar pruebas de que se estuvo allí.

No hace mucho, yo descubrí que cuando viajo busco placas. No se trata de una búsqueda expresa, atenta, inflexible, pero cuando se produce el hallazgo tengo la certeza de que el viaje ha cumplido su misión. Podría regresar, pese a no estar más que al principio. Me ocurrió esta mañana. Yo caminaba absorto en mis silenciosos y vacíos adentros, cuando erguí la cabeza de ese lugar desolado, y descubrí la casa que Descartes ocupó durante su estancia en Estocolmo, después de ser invitado por la reina Cristina, entre octubre de 1649 y febrero de 1650, cuando murió. Fue un alumbramiento, como descubrir la luz de nuevo, en mitad del bosque, fue, en cierta medida, como recuperar de un lugar perdido ideas que, probablemente, nunca había tenido. Hubo un reposo, un silencio repentino de la ciudad en respeto a mi descubrimiento.

Cinco años de estudios de Filosofía, el análisis a fondo del Discurso del método y de las Meditaciones metafísicas, entre otras obras, no me habían hecho tan atractivo a Descartes como el encuentro con el portal de su vivienda en Estocolmo. Aquella sensación de verano en mitad de la invernía sueca tenía que ver con el poder evocador de las placas, algo en apariencia duro y frío, simplemente material. En cambio, para alguien que inconscientemente iba en su busca, resultaba extraordinariamente simbólico y contagioso. Me recordó a las discusiones infinitas que alimenta desde hace siglos el célebre verso de las Soledades, de Góngora: «En campos de zafiro pace estrellas». A Cernuda le parecía una de las metáforas más pasmosas de la lengua castellana, y a Borges una «mera grosería».

Naturalmente, hay placas infames, insoportables, que lejos de evocar escenarios idílicos, son capaces de robarte la sensibilidad acumulada. Hace dos semanas visité la aldea de Melón, para conocer el monasterio cisterciense, fundado en el siglo XI y declarado bien de interés cultural. En un movimiento inopinado, que no significaba nada, me volví hacia una pared, y descubrí una placa gigante, criminal, que dejaba constancia del día que la Diputación de Ourense, presidida por José Luis Baltar, cedía al Ayuntamiento de Melón, dirigido por un alcalde más tarde condenado por prevaricación urbanística, la explotación del monasterio. Naturalmente, vomité.

Retrato: René Descartes, por Jan Baptist Weenix.

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