Ayer estuve con James Salter

Esta tarde, comiendo en el Museo de Arte Moderno de Estocolmo, distinguí a James Salter en una mesa vecina. A mí me pareció Salter. Tenía que ser él. No podía ser nadie más, excepto un imitador de James Salter. Hay gente así. En algún sitio leí que Ernest Hemingway tiene más de dos mil imitadores oficiales en todo el mundo. No veo descabellado que Salter tenga, cuando menos, una docena, y uno de ellos resida en la capital de Suecia. En todo caso, a mí me pareció James Salter en persona, el auténtico, natural de New York, ingeniero por West Point, piloto de las Fuerzas Aéreas, combatiente en la guerra de Corea, autor de libros únicos como La última noche o Quemar los días… no una imitación.

La delicadeza de sus gestos, la manera de comer lenta, incluso suave, era totalmente compatible con la sutileza, inteligencia y belleza de su prosa. Eso me pareció una prueba incontestable de que estaba ante James Salter. También me pareció un tipo que, bajo tanta delicadeza, arrastraba fantasmas, como ocurría, por otra parte, con muchos de los personajes del escritor estadounidense, acostumbrados a combinar días de gloria y bebida con momentos definitivos en los que se hundían por sus propias decisiones.

Tenía que ser James Salter. No cabían más opciones. Naturalmente, si me preguntan, diría que no creo que fuese él. Mucha casualidad, ¿no le parece? Abundaba en la posibilidad de que en efecto se tratase de Salter, el hecho de que, en un momento dado, tomase unas notas en el ticket del restaurante del museo. ¿Cabía maniobra más literaria? No podría concretar si se trataba, en realidad, de notas o garabatos. En cualquiera caso, usaba un bolígrafo sobre la superficie posterior del ticket. Ya había acabado de comer, una sopa de primero, de la que dio cuenta con suma lentitud, esperando que se enfriase antes de cada cucharada, y una ensalada de segundo. Por último, un dulce, sin más precisiones. Debía ser James Salter. Tenía su edad, y me recordaba levemente a su aspecto, si bien debo admitir que apenas había reparado en el rostro del verdadero James Salter al verlo en la solapa de sus libros.

Creo que aquel señor no era James Salter. No podía ser Salter. Era imposible. En realidad, era probable. Escasamente probable, para ser precisos. No podía ser que en la misma semana que había leído uno de sus libros de relatos, coincidiese con él en el restaurante de un museo sueco. A lo mejor, era un poco Salter, y el resto, no tenía nada que ver con el escritor norteamericano. Cuando Beckett deambulaba ya como un fantasma por París, en una etapa avanzada de su enfermedad, de vez en cuando se acercaba a él un parisino que creía reconocerlo por el tamaño de su sombra y le preguntaba si era Samuel Beckett: «A veces», respondía al premio Nobel.

Foto: James Salter.

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