Almuerzo en la iglesia Hedvig Eleonora

En la Iglesia Hedvig Eleonora de Estocolmo, cada mañana, a las doce y cuarto, se sirve un lunch music ligero, para fortalecer el espíritu, que se prolonga durante media hora. Nunca había visto nada parecido, ni siquiera levemente parecido. Debe tratarse de una iniciativa muy sueca, que cuando descubrí anunciada ante la puerta del templo, fue imposible no sentirme concernido por ella. Consulté el reloj, dudé seriamente, porque en el fondo tenía hambre y era hora de desayunar, pero en el último segundo me metí en la iglesia. Enseguida iba a advertir que había sido una buena decisión. Mientras media ciudad cumplía rigurosamente con la hora del desayuno, la base de ensaladas y platos con carne o pescado, allí dentro sonaba una tocata de Georgi Mushel y, según el programa, después vendría la sonata nº 58 en del mayor de Haydn y, para acabar, el Sheep may safely graze de J. S. Bach. Todo, bajo la interpretación al órgano de Daniel Edoff. Nadie rezaba, es decir, no me pareció que, en aquella atmósfera mística, arrebatadora, trascendente, hubiese alguien capaz de caer en la grosería de rezar.

En efecto, cuando salí de la iglesia había perdido el apetito. Probablemente, hay muchas formas de desayunar, y aquel lunch music de Hedvig Eleonora, era una de ellas. Naturalmente, en esto los suecos también iban por delante, haciendo una explotación más inteligente de los edificios religiosos.

Recuerdo que a Elsa Morante le gustaba acudir a las iglesias de Roma para rumiar las historias de sus novelas. Nunca rezaba. Solo rumiaba, con un cuaderno encima de las piernas, en el que tamborileaba con los dedos hasta que aparecía la idea, y anotaba. «Las sombras de las columnas me ayudan a crear cierta atmósfera, antes de pensar en qué va a hacer cada personaje en el siguiente capítulo. El silencio, y como mucho algún murmullo, hacen el resto. Cuando suenan las campanas es el momento de marchar y ponerse a escribir», confesaba en una ocasión a un periodista. Este procedimiento se parece, en la medida que resulta contrario, al de Claude Magris, que cuando necesita de cierta soledad para escribir, baja al bar más concurrido de su barrio, y escribe, porque en mitad de la multitud, al parecer, este autor verifica el aislamiento que requieren sus novelas.

Foto: Elsa Morante, por Sanford H. Roth.

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