Instrucciones para dejar de leer un libro

Cuando interrumpimos voluntariamente la lectura, hay gente a la que le basta alcanzar un simple cambio de página, aunque la frase y el párrafo continúen. Colocan el marcador, cierran el libro y hasta luego. En cambio, hay quien precisa cambiar de página, y además encontrar a continuación un punto y aparte. En el mejor caso, un punto y seguido. Si subimos un escalón, encontraremos a ese otro tipo de lector estricto que no se detiene a menos que alcance el final de un capítulo. En estos ejemplos maniáticos, es inevitable preguntarse cómo afrontan estos lectores novelas, por citar algo rápido, como Cristo versus Arizona, de Cela, en las que no hay capítulos, ni puntos a aparte ni áreas de descanso de ninguna clase.

Si en lugar de ascender, descendemos tres o cuatro escalones, hallaremos a ese lector descamisado y tolerante que se da por satisfecho cuando alcanza un diálogo para detenerse y encender la televisión, o quedarse dormido, independientemente de que se produzca o no un cambio de página. Existen individuos tan cuidadosos e implacables en la elección del momento para interrumpir un libro, que éste tiene que producirse a una hora en punto, por ejemplo la una de la madrugada, y que ese instante coincida con un descenso de la intensidad dramática de la novela, que a su vez debe armonizarse con el final de un capítulo. Esta intransigencia me hace pensar en el celo con el que Thomas Mann planificaba sus personajes antes de ponerse a escribir, hasta el extremo que imaginaba cómo sería su firma.

Naturalmente, hay gente tan condescendiente con la lectura, que cierra el libro repentinamente, harta, sin marcar la página, sin interés en recordar en qué punto de la historia se produce la espantada. Porque ese abandono es una huída, como una maniobra evasiva para escapar de un incendio. La trama o la estructura arden y ellos quieren ponerse a salvo. Tienen miedo. O tal vez, simplemente no están preparados para soportar las temperaturas de la literatura.

Hace años leí que Álvaro Mutis y Carlos Patiño escribieron un poemario titulado La balanza, cuya edición de 200 ejemplares se agotó en 25 minutos. Fueron a recoger la tirada a la imprenta y la dejaron repartida por las librerías de Bogotá. Entonces, estalló el «bogotazo», revuelta popular en reacción al asesinato del líder político Jorge Eliecier Gaitián. Hubo disturbios y muchas hogueras. Casi todas las librerías ardieron, y con ellas el libro de Mutis y Patiño.

En el fondo, la literatura tiene mucho que ver con el fuego. El escritor escribe porque algo en él no anda bien, porque algo arde dentro, y el lector lee porque lejos de los libros hace mucho frío. En ocasiones, el fuego se descontrola y el lector inexperto salta por la ventana, con desorden. En cambio, el lector curtido sabe que conviene aguantar, porque la gracia de la literatura está precisamente en arder.

Foto 1: Camilo José Cela.

Foto 2: Álvaro Mutis.

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