Siempre desconfío de los calzoncillos blancos

En el edificio comentaban, desde hacía semanas, que había un nuevo vecino en la octava planta que se comportaba como un tipo extravagante, sin entrar en detalles. El adjetivo «extravagante» me parece, en general, lo contrario de extravagante, es decir, algo corriente, en la misma medida que lo anormal, en los tiempos que corren, es precisamente lo normal. Con este punto de partida, no me sentí tentado a hacer preguntas y averiguar quién podía ser ese fulano y por qué se hablaba tanto de él. Pero las cosas cambiaron ayer por la mañana. Por razones que a usted no le interesan, salí de casa temprano, tomé el ascensor, descendí. Cuando se abrieron las puertas encontré un hombre de mediana edad en calzoncillos blancos y lisos, y zapatillas de andar por casa. Estaba abriendo el buzón y sacando el periódico, mientras fumaba tranquilamente, como si ya supiese el día y la hora que se iba a acabar el mundo. Nos deseamos los buenos días, como si nada, y el hueco que dejé libre en el ascensor, lo ocupó él. No movió el cigarro de su sitio, en una clara señal de que algo sabía del final de todo esto. Luego, seguimos nuestros caminos en silencio.

«Hostia», pensé. Aquello me pareció suficientemente extravagante, así que cuando regresé y coincidí con otro vecino, le comenté el caso. «Eso no es nada», dijo. «Hostia», pensé de nuevo. «La semana pasada coincidí con él en el garaje. Iba con dos palomas en una jaula. Y también andaba en calzoncillos», añadió. «¿Calzoncillos blancos?», pregunté intrigado. «No, creo que amarillos». La historia no se repite, decía Twain, pero rima.

Esa misma tarde, como puede suponer, comencé a leer en Internet sobre los colombófilos. Particularmente, de calzoncillos blancos y lisos, incluso de calzoncillos amarillos, ya sabía algunas cosas. En la primera página que encontré decían, remitiéndose a una revista alemana, que no menos del 80% de las palomas están infectadas de la bacteria paratifoidea. No hay que ser un especialista en nada para preocuparse cuando se ven escritas, en la misma frase, las palabras «bacteria» y «paratifoidea». Acudí a otras páginas en busca de tranquilidad, pero sólo hallé desasosiego. En un consultorio para aficionados sobre el tema, alguien preguntaba a un tal doctor Weerd si podía haber alguna relación entre los excrementos demasiado acuosos de sus pichones, y las fiebres que padecía su hija. «Buena pregunta», respondió el doctor, que añadió: «¿Quiere que le diga la verdad? No tengo ni idea, sólo sé que tenemos que averiguarla». Estaba al borde de uno ataque de nervios, una alerta que manda el cuerpo humano de que algo no va mal y conviene huir de Internet.

En estos casos sólo encuentro tranquilidad en un amigo, un amigo que sabe lo que me conviene, y que me recomendó que matase al vecino antes de que las palomas, por una casualidad, acabasen conmigo. Se trata del mismo amigo que ya me sugirió hace dos meses que matase al vecino del tercero por no apagar el despertador, y que asesinase al usuario de la biblioteca que todos los días, a la misma hora, entra, saca de una estantería el primer volumen de La riqueza de las naciones, de Adam Smith, lee durante tres minutos y se  va. No sé… pero por otra parte están esas palomas, esa paratifoidea, esos calzoncillos blancos y lisos…

Foto 1: Roberto Benigni.

Foto 2: Tom Cruise.

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1 respuesta

  1. Yo solo puedo decir que echo mucho de menos mis calzoncillos blancos de soltero. Desde que no los llevo, soy otro hombre, ni mejor ni peor, otro.

    http://minoxidilenelcajon43.blogspot.es/1455477717/

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