Zanetto, olvida a las mujeres

A todos, alguna vez, nos han pedido ayuda para instalar unas cortinas. Es una operación simple, pero también delicada. Especialmente, en la medida que la persona que reclama tu colaboración no ha evolucionado lo suficiente, y vive afectada por el paradigma anterior, en el que rige la obsesión por las simetrías y porque las cosas queden derechas. No aproximadamente derechas, sino derechas en un sentido absoluto. En el sentido, por ejemplo, que el valor del número π (pi) es 3,141592653589… Me parece que ya conoce la clase de gente insoportable de la que hablo. Gente aborrecible, que te resulta muy querida, por la que darías la vida, pero de la que no puedes estar cerca cuando hay que colgar unas simples cortinas. En algún momento se cumple el ciclo de la paciencia y te entra la locura. Te ciegas. Deliras. No lo dices, pero piensas en esa blasfemia tan sabrosa. Naturalmente, mandas a la mierda a toda esa gente. Puede ser al principio, en medio, al final, incluso en todas las fases. Ella quiere que las cortinas queden perfectas, como si fuese a vivir colgada de ellas, o envuelta. No aproximadamente perfectas, sino perfectas, p-e-r-f-e-c-t-a-s. En el sentido, por ejemplo, del David de Miguel Ángel. Pero da contigo, que no eres partidario de Miguel Ángel, ni de la perfección, ni de las cortinas, ni desgraciadamente de ese figura femenina de porcelana que, cuando haces el gesto de mandar a alguien a la mierda, cae al suelo y pierde un brazo. Como estás hasta las pelotas de las simetrías, celebras el traumatismo.

Uno de los ataques más hermosos a la dictadura de la simetría y de las medidas proporcionadas, lo leí en las Confesiones, de Jean-Jacques Rousseau. En el libro séptimo narra un encuentro con una prostituta llamada Zulietta. En los primeros instantes todo marcha a las mil maravillas. El autor francés habla de la frescura de la carne, la blancura de los dientes, la suavidad del aliento… En este tono lírico, y un poco cargante, cae sobre uno de los pechos de la chica, momento en el que observa que le falta un pezón. Inevitablemente, elucubra, y lo que era una hermosa joven, en su fantasía va derivando en un monstruo. Alcanzado un punto, no aguanta más y comenta con Zulietta la extrañeza que le causa esa ausencia. Lejos de sentirse humillada, la prostituta dice y hace cosas «capaces de hacerme morir de amor», escribe Rousseau, pero dado que éste insiste en mostrarse desconcertado porque le falta un pezón, Zulietta se abrocha, se levanta de la cama y se asoma a la ventana. Cuando Rousseau se acerca a ella, lo aparta, y paseándose por la estancia, declara mientras se abanica: «Zanetto, olvida a las mujeres y estudia matemática».

Foto: David, de Miguel Ángel.

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