Agencia para el suicidio de la cultura

En condiciones normales la Muestra Internacional de Teatro Universitario, el Festival de Teatro de Ribadavia, incluso el Festival de Cine de Ourense, ya estarían muertos. Muertos en el estilo, ya que hablamos de cine, de Don Lucchesi, el político que controla los asuntos económicos del Vaticano en la tercera parte de El padrino, al que Calo, bajo encargo de Michael Corleone, asesina en el despacho apuñalándolo con sus propias gafas, al grito de «el poder agota a los que no lo tienen». La muerte es una alternativa relativamente de moda a la que se abocan las artes escénicas. En su naturaleza está vivir en la cuerda floja, retando al abismo. Pero nunca se suicidan. A menos que las empujen. En este país, y por país podemos entender provincia, comunidad, incluso país incluso, ciertas manifestaciones culturales están condenadas a que en cualquier minuto aparezca eso que, en términos franquistas, llamaríamos «motorista», esgrimiendo su acta de defunción. Este servicio mortuorio que se facilita a la cultura mantiene ciertas similitudes con aquella Agencia General del Suicidio que aparece en Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas. La Agencia ofrece un medio correcto para abandonar la vida, organizando entierros-expreso, banquetes, desfile de amigos y conocidos, fotografías, entrega de recuerdos, suicidio, ceremonia religiosa, traslado del cadáver al cementerio…

En cierta manera, las administraciones, salvo excepciones, ya sólo aspiran a facilitar la muerte de la cultura. Se trabaja con la teoría de que es un mal menor, como se hubiese que elegir entre comer, o curarse de un enfermedad grave, y mantener un teatro, traducir un clásico… La teoría es aún más atroz, ya que detrás de cada recorte afirma que no hay sino eficacia. Por otra parte, ¿es realmente necesaria la cultura? ¿Moriríamos si no hubiese cultura? Digamos que la muerte de ciertas expresiones culturales no sólo es inevitable, sino conveniente. Contaba Hitchcock que en un cementerio de Londres, junto a la tumba de un compañero muerto en la II Guerra Mundial, se reunieron varios actores. Uno de ellos le preguntó al viejo Charlie Coborn, estrella de music hall: «¿Cuántos años tienes?». «89», respondió Coborn. Su amigo reflexionó y añadió: «¿Realmente, Charlie, te merece la pena volver la casa?». Estamos precisamente en esta fase. Por fortuna, para algunas personas a cultura aún es una cuestión de vida o muerte. Les presta.

(Publicado en La Voz de Galicia de Ourense)

Anuncios


Categorías:Sin categoría

Etiquetas:,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: