¿Quién cojones pasa del titular?

Tengo un amigo que tiene un conocido, que tuvo un hijo para poder llamarle Jonás. El resto se fue añadiendo más tarde. Pero primero, el nombre. No estoy muy convencido de que algo así sea cierto. En cambio, pensado fríamente, parece imposible que, con las dimensiones del mundo, no exista gente con las motivaciones que animaron a tener descendencia al amigo de mi amigo. Ahora creo que estoy convencido de que esta historia es real. En literatura, también hay escritores que comienzan sus novelas por el título. Tal vez no sea mala idea. En el peor caso, es una idea más. En una ocasión, Rodolfo Fogwill se encontró en la calle con Sergio Bizzio, que le contó que estaba escribiendo su tercera novela, titulada Más allá del bien y lentamente. Cuando Fogwill le preguntó de qué trataba, su colega le respondió que no sabía porque aún no había salido del primero párrafo. Pero de momento, el título era definitivo. En un sentido parecido, se pronunció hace varios años Enrique Vila-Matas, cuando en una entrevista el periodista se interesó por si estaba trabajando en alguna novela nueva. Primera plana1«De momento estoy escribiendo el título, nada más», respondió. Felipe Benítez, autor de La propiedad del paraíso, afirma tener una relación supersticiosa con los títulos. «Si encuentras uno bueno, acabas escribiendo un libro», asegura.

El periodismo también va de saber titular. Basta ver Primera plana. Ni siquiera toda. Es suficiente esa escena en la que Jack Lemmon, en el papel de Hildy Johnson, le lee a Walter Burns, interpretado por Walter Matthau, la noticia que está escribiendo para el Chicago Examiner: «Mientras los pistoleros del sheriff asolaban Chicago, disparando a inocentes, propagando el terror, Earl Williams acechaba a 60 metros del despacho del…» «¡Espera! ¿No mencionas al Examiner?», pregunta Burns indignado. «Está en el segundo párrafo», explica el redactor. «¿Quién demonios lee el segundo párrafo?», alega Burns.

En condiciones normales de temperatura, presión, ánimo, hambre, ganas de mear… la gente llega hasta el titular, y se derrenga. Eso habla de su importancia. En los dos meses y medio que llevo escribiendo  en este  blog –lo que ya me ha permitido constatar, como decía Millôr Fernández, que la vida sería mucho mejor si no fuese diaria– advierto que los textos más visitados llevan títulos como: «Me cago en…», «¡Yo no soy el Mesías, coño!», «La droga linda, qué rica la droga», «Qué importante es saber escupir», «Si no es eso, ¿entonces qué hostia es?», «Lo que más me gusta es rascarme los sobacos», «Mata a ese fulano, Tallón» o «Antropología del hijo de puta». Tal vez, en el futuro, me limite a titular y dejar el resto en blanco. ¿Quién cojones se fija en la letra pequeña?

Foto: Primera plana, de Billy Wilder.

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