En caso de duda, yo uso veneno

Un amigo que le robé a mi padre hace algunos años me ha enviado una interesantísima historia del veneno. Creo que esta obra no podía llegar en mejor momento. Hace algunas semanas, un conocido me contó que un sobrino de su exmujer acababa de ingresar en la escuela de hostelería de Sevilla. Lo miré con incredulidad, porque en esa familia todos eran abogados, y, al menos en un caso, ladrón de casinos. Mi amigo sonrió y no supo explicar cómo aquel chaval acabó estudiando cocina. Finalmente, a la desesperada, aventuró que el joven tal vez deseaba estar en buena posición el día que  decidiese a envenenar a una parte de la familia. La cosa quedó ahí. Pero hoy, como digo, ha llegado por mensajería Historia del veneno. De la cicuta al polonio, de Adela Muñoz Páez. En una primera lectura al azar, abrí el libro por el capítulo dedicado al arsénico, y conocí la historia de Hélène Jegado, cuya trayectoria criminal arrancó en 1826, cuando comenzó a trabajar con una de sus tías en la casa del cura de Seglien (Francia), donde fue acusada por primera vez de manipular la comida de forma incorrecta. En aquella ocasión no falleció nadie. En el siguiente destino ya murieron seis personas, incluyendo a su hermana, que había acudido a visitarla. A partir de aquello, inició una peregrinación por un sinfín de casas, en las que dejaba regueros de muertes. En una etapa posterior, se corrigió, y durante ocho años no envenenó a nadie más. Retomó los hábitos en la casa de los Robot, que la despidieron después de advertir que bajaba demasiado a la bodega. Antes de marcharse, según relata Adela Muñoz, Hélène los dejó secos con una sopa marca de la casa.

El veneno representa, entre otras consideraciones, un reto intelectual. No es como una pistola, que se dispara, y ya. Eso puede hacerlo cualquiera. Cualquiera con cierta pasión, quiero decir, puede coger un arma y deshacerse de alguien. Esa maniobra deja un rastro demasiado evidente. Además, mete ruido. Un asesino debiera ser siempre un fulano silencioso, alguien que asume ciertas normas y actúa con una mínima consideración. La historia siempre agradece estas cosas, y las muertes con veneno envejecen mucho mejor. Ahí tenemos los casos de Sócrates, o de Cleopatra, o Rasputín, o más recientemente, Litvinenko. La historia de la literatura, por no hablar de la pintura, está llena de venenos. Aristófanes, en Las ranas, ya hablaba de la cicuta. Qué decir de Shakespeare. Los asesinos de las novelas de Agatha Christie son fanáticos del arsénico, al igual que los George Simenon. Hay veneno en Conan Doyle, en el último minuto con vida de Madame Bovary, en Dashiell Hammett. En este último caso, recuerdo una secuencia de El halcón maltés en la que Sam Spade se ve obligado a abofetear a la protagonista, haciéndola pasear para evitar la muerte por un coma morfínico. Me gusta el veneno porque nunca lo ves venir. Estás feliz, y de pronto muerto. Stravinsky cuenta que su padre, conocido bajo ruso, murió cantando. Sus últimas palabras fueron: «¡Que bien me siento! ¡Pero que bien me encuentro!…»

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