Historia de un detective imbécil

Aquella mañana el detective Evaristo Canal recibió una llamada que sacudió el aburrimiento de su despacho, que ya comenzaba a volverse un lugar deprimente. Era la primera vez en semanas que sonaba el teléfono de la agencia y no era o la mujer o la madre de Canal con alguna tripa rota. La voz misteriosa que hablaba desde el otro lado parecía nerviosa, o como mínimo inquieta, y detrás de ella se intuía la presencia de una segunda garganta cursando instrucciones con monosílabos. Probablemente también con gestos. El detective, eufórico porque alguien se hubiese interesado por sus servicios, no cometió el vicio de caer en desconfianzas y concertó una cita con su interlocutor para esa misma tarde. 

Fernández llamó a la puerta de la agencia a las seis de la tarde. La inquietud que había mostrado por teléfono ahora había derivado en seguridad y elocuencia. «No me andaré con gilipolleces», le adelantó al tomar asiento. El detective privado, estableció Fernández sin andar efectivamente con gilipolleces, debía hacer un seguimiento exhaustivo de los movimientos de su esposa, Elvira, cuya conducta, aseguró, manifestaba «anomalías». A Canal le llamó la atención el eufemismo. «No importa qué anomalías», acotó cuando el detective estaba a punto de preguntar por la naturaleza de las rarezas. «Usted limítese a observar –añadió– y a facilitarme un informe semanal bien detallado. ¿Entendido?», preguntó. Allí donde ella fuese debía ir detrás el detective. Canal asintió, y cuando sopesaba sacar el tema de los honorarios, Fernández depositó mil euros con la contundencia y el orgullo que emplea un jugador de tute al arrastrar de as. «Para cubrir los primeros gastos».

Evaristo Canal sonrió, no tanto al cliente como al manojo de billetes, e improvisó unas palabras para hacerle ver a Fernández que estaba en buenas manos. En las mejores. «Su esposa –advirtió– no tomará más aire en los pulmones del que le corresponde sin que usted tenga constancia por escrito de esa maniobra respiratoria anómala». Expuesto esto, acordaron que el seguimiento comenzase al día siguiente. Luego, se despidieron. Fernández, cuya esposa partía mañana hacia Francia a cuidar durante quince días de su madre enferma, se felicitó por dar con la forma de marcharse de vacaciones con su amante, al fin libre de la presencia de su marido, que por motivos de trabajo estaría dos semanas en Toulouse vigilando a una tal Elvira Ibáñez.

Foto: Historia de un detective, de Edward Dmytryk (1944).

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