Cómo acabar con un tipo pesado

No aguanto un día más sin detenerme en la figura del pesado. Note usted que nadie, después de siglos de historia, ha logrado aún pararle los pies a estos individuos que le dan la brasa a todo lo que se mueve y respira. Podrían, en un momento de desesperación, dialogar con un río, con un mueble. Sólo hay que tener la mala suerte de pasar por allí. Se trata de una especie irreductible. No existe una llave de karate ni un sortilegio que los inmovilice o haga callar. Son escurridizos. Ganan siempre. Yo pregunto: ¿cuánto más vamos a aguantar? Creo que nunca hemos estado peor. Han hecho nido en  todas partes. Constituyen una plaga. Una amenaza. El pesado ataca en todos los escenarios. En el bar, en la sala de espera, en la oficina, pero también en la boutique, en el Mercadona, en el Congreso, en un cabo de año… No respeta nada. No existe una esquina en la que usted no pueda ser abordado por un fulano empalagoso, indigesto, muy dispuesto a hablarle durante minutos y minutos, años, vidas enteras, sobre las cuestiones que a usted menos le interesan. No le temo más a los relatos de acontecimientos increíbles por los que todos los pesados creen haber pasado, que a la simple narración de las peripecias en el puesto de trabajo. Me temo que estas son las palizas más atroces. ¿Nunca le ha roto la cabeza un periodista hablándole del poco criterio que tienen sus jefes, o un abogado de las anécdotas que depara su existencia en los juzgados, o una madre de la inteligencia que demuestra su hijo cada día? Hablan, y hablan, y hablan sin que se les vacíe el depósito. Cabronazos. No vale de nada recurrir a monosílabos para extenuar la conversación. Ni hacer muecas. Ni siquiera bostezar. Un pesado nunca te presta atención. Está demasiado ocupado hablando contigo.

El pesado jamás se da por aludido, ni por ofendido, ni por supuesto se considera a sí incluso un plasta. ¿Tienes prisa? Te jodes. Una vez que el pesado se acerca a su víctima y le echa el lazo, el martirio es inevitable. La víctima no accederá al oxígeno hasta que haya una explosión, o el dueño del bar anuncie que quiere cerrar.  Si eso ocurre, estamos salvados. En la medida que es posible, aprovechamos para huir a otro país. Nos enfrentamos a un género peligrosísimo, que, mientras lo combatamos a base de paciencia, se volverá indestructible. Se impone una acción conjunta. No sé qué acción. Max Aub, en Crímenes ejemplares, proporciona buenas ideas. Hay un crimen, en concreto, del que soy un fanático: “Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga a hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviese yo donde estuviese, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Tendría que pagarle sus tres meses. Además sería capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callase. No murió de eso, sino de no hablar: le reventaron las palabras por dentro”.

Foto: Fidel Castro.

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