La ausencia de alcohol causa delirios

Tengo un pariente exalcohólico. No ha cambiado gran cosa su vida desde que dejó el gin tónic, excepto que no bebe. Lamentablemente, continúa siendo un fulano obsesivo. Toda la meticulosidad que ponía antes en beber, ahora la deposita en combatir las bebidas de todo tipo. Casi peor. Esta deriva lo condujo a renunciar incluso a la Coca-cola. No se fía, dice. Nadie entiende esta postura en la familia, salvo yo. Hace diez años dejé de fumar, y eso me obligó a alejarme no sólo del tabaco, sino también a dejar de morder los bolígrafos. Yo tampoco me fiaba de que los bolígrafos no me condujesen, secretamente, al Marlboro. En general, la realidad acusa un problema de confianza. Hace veinte años, cuando aún existían certezas incuestionables, Martes y Trece nos adelantó el futuro jugando al absurdo. Tal vez recuerde usted aquel número en el que aparecía una mujer realizando la compra en el supermercado. Cuando tomaba su detergente habitual irrumpía otra mujer que le ofrecía dos cajas del mismo detergente, por la caja que llevaba en la mano. Era exactamente de la misma marca, el mismo producto. Pero por partida doble. «Ni loca», decía la clienta. «Yo soy fiel a mi detergente». «Estupendo -replicaba la vendedora- pero yo le ofrezco precisamente su detergente, igualito igualito, pero multiplicado por dos». Ni hablar. En vano la vendedora le ofrecía seis cajas, y luego doce, por la caja de detergente que tenía en la mano la clienta. Tampoco así había trato. Lo la diere era lo de ella. Tanta ganga debía esconder un atroz engaño.

Pasaron los años. Pasó la romería. Pasó Martes y Trece. Aquel absurdo, en cambio, se implantó socialmente. Hoy es lo normal. Nadie se fía de nada. Menos aún si resulta gratis o inofensivo. Todo parece indicar que la Coca-cuela no tiene alcohol, y que mi pariente podría beberla sin miedo a recaer en los fantasmas del pasado. Los estudios avalan esta hipótesis… pero quién se fía de la ciencia. A veces pienso que Gary Cross tenía razón cuando sostenía que «la realidad es una ilusión temporal que surge por la ausencia de alcohol».

Lo fantasmas no se ahuyentan con estudios científicos ni renunciando a beber por las buenas. Esa desaparición necesita del misterio, cierto margen para que lo inexplicable ocurra. Bioy Casares cuenta en sus diarios que un día Rosa Chacel iba por la calle Alcina de Buenos Aires con una muestra de género en la mano para comprar un corte y hacerse un vestido. De pronto, a la altura de un escaparate con libros, advierte que está frente a la editorial Losada y decide entrar. Guillermo de Torre está en la puerta. No se fía de la presencia de Rosa y advierte: «Si vienes con un libro de cuentos, ya te prevengo: no te lo publicaremos, no te lo publicaremos». Rosa le muestra el género, y le explica que sólo está de paso. Torre continúa sin fiarse, pero finalmente suaviza su resistencia y concede: «Bien, si me garantizas que no se trata de ningún género literario…».

Foto: Ray Millard en The lost weekend, de Billy Wilder (1945)

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