¿Qué fue primero, la silla o la mesa?

Hablemos de sillas. Este jueves se presentó en el Centro Galego de Arte Contemporáneo el libro Las sillas en la arquitectura. La arquitectura en las sillas, de Luis Gil y Cristina Nieto. Por fin pudimos preguntarnos, entre otras cosas, qué fue primero: la silla o la mesa. Algunos llevábamos años encubando esta duda. Recuerdo la impresión que me causó en su día el descubrimiento de los poetas que escribían a la bombilla, al paraguas, incluso a los calcetines, como Neruda. Fue todo un impacto. Uno venía de la poesía que cantaba al amor, al paso del tiempo, a la muerte, desde las metáforas del Siglo de Oro, del Romanticismo… No concebía que en el poema hubiese sitio para el beato sillón de Jorge Guillén, o el cubo de basura de Rafael Morales. Pero la ignorancia total se cura.

Un objeto que se observa detenidamente durante algunos segundos, o minutos, o semanas, acaba convirtiéndose en algo misterioso, y pronto en una idea. Y las ideas son los objetos más poderosos que existen. Estábamos echando de menos, en este país, reflexiones sobre objetos inanimados. Reflexionamos demasiado a menudo sobre conceptos tan aburridos como el Estado, la nación, la democracia o Dios, que la aparición de dos individuos abriendo el melón de las cosas simples, es un acontecimiento. He estado toda la semana mirando fijamente sillas durante varias horas. Sillas en general y horas también en general. Todo tipo de sillas y horas. Hasta que he sentido miedo, porque he llegado a la conclusión de que las sillas, al igual que los poemas de Mallarmé, si en algún momento liberasen toda la energía que contienen producirían una gran explosión. La silla está cargada de significado. Tal vez su carga metafórica sólo admita la comparación con la puerta.

El asiento es un lugar de paso hacia otros muchos objetos e ideas. Posee una capacidad inagotable para disparar la imaginación en miles de direcciones. Piensen en la imagen de Inocencio X, de Diego Velázquez. ¿Alguien cree que el Papa evocaría la misma hondura psicológica  y emanaría el mismo poder sobre la cristiandad si estuviese de pie? O piensen en las sillas con las que los malos golpeaban a los buenos en los westerns, por ejemplo, de John Ford, mientras el pianista no dejaba de tocar. Qué plasticidad, qué manera de sugerir la violencia, tan pacífica y blanda. Es más, piense en John Ford, sentado en su silla de director. Ya que hablamos de directores, pensemos en Alfred Hitchcock, que explicaba en qué consiste el suspense, y en qué se diferencia de la sorpresa, remitiéndonos a la imagen de un señor sentado en una silla, bajo la que se oculta una bomba de relojería. Nosotros la vemos, sabemos que va a explotar en cualquier momento, pero el personaje lo ignora. Eso es el suspense, y está motivado no tanto por la presencia de la bomba, como por el hecho de que la silla la oculta.

O piense en una silla vacía, y los miles de lugares a los que puede llevar esa imagen a cada uno de nosotros. O piense que es medianoche, llueve y hace frío. Cuando pasa ante un bar camino de su casa, a través del escaparate observa cómo el camarero va colocando las sillas sobre las mesas, patas arriba, para barrer toda la inmundicia de ese día. ¿Cabe una imagen más simple y breve de la tristeza? O piense en Pepe Viyuela, y su espectáculo entorno a la imposibilidad de sentarse sobre la silla de tijera con la que se queda a solas sobre el escenario.

Puestos a pensar, a mí me gusta hacerlo en la silla de Emily Dickinson, misteriosa y desconocida. Nunca había oído hablar a nadie de ella hasta que César Aira me contó que la poeta norteamericana hacía llamar una vez al año a un carpintero para revisar la silla de su habitación, donde pasaba media vida. Aquel asiento sufría un desgaste muy particular, porque a Emily le gustaba pensar sus poemas balanceándose sobre las patas traseras del asiento, en un peligroso e inestable equilibrio. Éste se recomponía firmemente en el suelo sólo en el instante en que el poema estaba en condiciones de pasar de la imaginación al papel.

Como se sabe, Emily Dickinson vivió recluida en su casa durante los últimos quince años de su vida. Fue un aislamiento voluntario. Su vida se organizó en ese período sobre la silla de su dormitorio. En realidad, también su poesía era un secreto, un reducto, del que su familia  sólo tuvo un conocimiento amplio cuando Emily falleció y hallaron escondidos en el armario cuarenta cuadernos que contenían más de ochocientos poemas. Nunca, salvo aquel día con César Aira, he vuelto a oír la historia de la silla de Dickinson. No he encontrado nada en los libros, ni en Internet. De hecho, tengo la oscura sospecha de que Aira pudo habérsela inventado. Pero da igual. Entretanto, la silla ya ha provocado evocaciones. En la misma medida puede ser falsa, y no por ello modificar en nada su verdad narrativa, la leyenda que dice que William Faulkner escribió Mientras agonizo en seis semanas, sentado sobre una piedra, en una mina, apoyando los folios en una carretilla a la que había dado la vuelta.

Foto: Inocencio X, de Diego Velázquez.

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