Los poetas escriben después de comer

No hay celebración importante, ni siquiera poco importante, que no se manifieste como una comida. Esta provincia es así. Este país es así. No por nada el territorio está plagado de fiestas cuya manifestación cultural no es tanto un concierto o un festival, como las filloas, el cordero asado, la empanada o el pulpo… «¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Y qué hay para cenar hoy?», se preguntaba Woody Allen refiriéndose a las cuestiones cruciales de la Humanidad. Pensemos que con el fin de la II Guerra mundial y la irrupción del estruturalismo, ya Levi Strauss identificó la comida como campo clave de la investigación, a través del cual se puede descubrir la manera con la que la cocina de una sociedad funciona como lenguaje, y como éste expresa su estructura. En el fondo, seguramente, el mundo es así.

No tiene nada de extraño que aquellos que admiran a José Luis Baltar, expresidente de la Diputación de Ourense, o que le deben algún favor, promuevan un banquete que reúna a docenas, cientos, miles de bocas. Lo sospechoso sería que, en la devoción que se le profesa –en el estilo de una Santa Fátima–, los admiradores le rindiesen un tributo acudiendo al Museo Reina Sofía o a la última exposición de Virxilio. Sería sospechoso y snob. Comer no es menos vulgar que escribir una égloga. ¿Qué poeta escribe hoy con hambre? En este sentido, comer debe ser como un paso previo a escribir, de un momento a otro, la tercera parte de El Quijote, al igual que ser ciego ponen a uno en el camino de ser Homero o Borges.

No existió político más próximo y etcétera que Baltar –«etcétera» es, en mi opinión, una palabra clave–, de modo que resulta razonable que haya hostias para comer con él. Por otra parte, la vida de Baltar está muy ligada a la comida, a las fiestas, incluso a los entierros. No se perdía uno, como se sabe. La Escuela Baltariana elevó a cumbres insuperables el mitin-almuerzo, en el que tú acudes al banquete, yo pido el voto, financio parte del menú y tú el domingo de las elecciones haces lo que tengas que hacer. Es cierto que uno puede comer solo de maravilla, hacer dos huevos fritos y mojar. Pero no es lo mismo. La comida es también una cuestión de ruido, banco corrido y baile. Recuerdo que Henri Micheaux prohibió editar sus obras completas en edición de bolsillo pues no quería llegar a más público del que ya tenía. Cuatro mil lectores le parecían más que suficientes, incluso excesivos. Aquí, con cuatro mil comensales, no tenemos ni para empezar.

Foto 1: José Luis Baltar.

Foto 2: Jorge Luis Borges.

(Publicado en La Voz de Galicia).

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