A cuatro patas

No vi el semáforo en rojo, lo juro. En cambio, fui capaz de advertir cómo en la acera un chaval comía una bolsa de gusanitos. ¡Gusanitos! Yo pensaba que los gusanitos ya no existían, como los petazetas o el Renault 4L. Descubrir que sí fue una explosión de sorpresa interna, como cuando encuentras en el bolsillo de un pantalón –que hacía meses que no usabas– un billete de veinte euros. Cuando el agente de la policía local me preguntó, algunos metros más adelante, por qué no me había detenido ante semáforo, balbucí. Esto… el caso es que… no me va a creer… En ese instante consideré que era una mala idea alegar que preferí mirar la bolsa de gusanitos. En su lugar, aduje que ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante, aunque ocultando que la frase era de Orwell. Tal vez si le quitamos tres puntos… y trescientos euros, vea mejor, ¿no le parece? Me vino a la cabeza La jungla de asfalto, de John Huston, cuando el doctor Erwing Riedenschneider dice que nunca se fía de la policía. «Cuando menos te lo esperas, se ponen de parte de la ley». No había mucho que hacer y acepté los hechos.

Esto no impide que las cosas evidentes, incluso de un tamaño considerable, no sean las que nos pasen desapercibidas a determinados individuos delante del brillo que emiten las insignificantes, casi invisibles. Hay gente con facilidad para ir a dar a las cosas pequeñas. Pequeñas en el sentido de los gusanitos, por ejemplo. Para mi gusto, el caso más hermoso de mirada descolocada e incisiva es el de Edmond Goncourt. En el diario que escribía a medias con su hermano Jules, recoge cómo siendo un niño irrumpió en el dormitorio matrimonial de su prima. Entró sin llamar, de improviso, y la sorprendió sobre la cama, a cuatro patas, con el culo apoyado en un cojín de festones bordados, a escasos segundos de ser penetrada por su marido. Cualquiera habría advertido que, en efecto, en aquella postura, su esposo sólo podía hacer una cosa. En cambio, sólo Goncourt, o alguien de su capacidad para despistarse de lo evidente, podría reparar en los festones bordados del cojín.

Foto: La jungla de asfalto, de John Huston.

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